Una sensación de frío y acero

Lázaro es uno de los pocos amigos cercanos que todavía viste el uniforme verde olivo. La mayoría pidió la baja antes de graduarse; dos murieron reventados, en momentos diferentes, por una explosión neumática; cuatro se fueron del país; otro fue expulsado por tráfico de influencias.

Hace unos días me encontré a Lázaro. Su vida es poco menos interesante que sus canas prematuras, que asumo como un principio merecido de des-coloración, de caída gradual en la completa invisibilidad. 

Como siempre Lázaro saltó a hablar de Alejandro, de quien ha sido, desde tiempos inmemoriales, una especie de sombra. Me contó con orgullo que aquel se hizo ciudadano español y emigró a España hace unos cuatro años, donde ejerció como ingeniero y le fue bien, hasta que decidió regresar a conocer a su primer hijo. Se demoró aquí algo más de lo prudente, y su puesto laboral allá fue ocupado por otra persona.

Al retornar a España, Alejandro debió sobrevivir en paro, vendiendo postales, almanaques y predicciones zodiacales.

Un hermano suyo asentado en Ecuador lo invitó a recuperarse allí, y le costeó el pasaje. Bregó un tiempo como mecánico de autos hasta abrir un pequeño negocio de redes de comunicaciones. Visitó Cuba un par de veces hasta que, por fin, logró sacar a su joven familia.

En su última estancia en Santiago Alejandro organizó una fiesta con quienes recordaba. Tras hacer un aparte con Lázaro –único de nosotros que conservaba aquel halo santo de los “camilitos”, y que peor parecía estar– le regaló 20 CUC. A la semana siguiente no regresó a Ecuador, como todos creían, sino que subió con su joven familia a los Estados Unidos.

Creo que esa fiesta fue un enterramiento, pero hacia arriba: un pedestal. Todos habíamos nacido en el 79, todos vivimos juntos épocas de auge, fervor y descalabro. Habíamos sido militantes y militares por voluntad. Habíamos tenido que suministrarnos nuestras dosis personalizadas de honor, resistencia y épica, esas que a la larga mantienen en pie a tantos militantes y militares ante las arbitrariedades y miserias de sus superiores.

Más que fiesta, fue la botadura con honores de un buque inservible y sin tripulación en ese mar muerto de tormentas fantasmáticas del pasado.

En un primer momento me costó imaginar a Alejandro bajo el sol, escondiendo a sus hijos en una camioneta, o sobrevolando en un Cezna la selva centroamericana. Pero recordé otro gesto suyo a finales de nuestro primer año de cadetes, que incubaba quizá una especie de destino en clave. Víctor, otro del piquete, consiguió saber que todos, o casi todos los “camilitos” de Santiago de Cuba, teníamos una deformación por desgaste en las rótulas de cada rodilla. Lo cierto es que nos obligaban a marchar mucho, como sonámbulos, y por consiguiente estudiábamos poco, como burros. Al menos en Santiago lo tenían claro: formaban hombres de guerra.

Alejandro y Víctor se hicieron radiografías, que dieron positivo, aun cuando no sentían nada en las rodillas. Se operaron, recibieron la baja FAR y un boleto de continuidad de estudios en la Universidad de Oriente, sin pasar el Servicio Militar. Un día Alejandro, con ambas piernas enyesadas, me sugirió que no me fuera de la Escuela de Cadetes, él y Víctor tenían hogares solventes, pero yo era muy pobre para regresar a Santiago.

Elegí la ruta larga, pedí la baja sin operarme, me zampé completos los dos años de Servicio Militar y luego hice oposiciones para la carrera de Periodismo. Ese fue nuestro parte aguas.

Lázaro me dice que nadie tuvo mi teléfono para avisarme de aquella fiesta. Creo que en verdad se olvidaron de mí, y doy gracias por ello. Hace poco mi hija, jugando, comenzó a darme voces de mando. Una sensación remota de quirófano acerado partió de mis  testículos y subió por la espina dorsal hasta la base del cráneo. No soy tan memorioso como sensible ante sensaciones de prevención y peligro. 

Al final de la conversación, Lázaro se me queda mirando y me pregunta qué estoy esperando yo también para irme. Le digo que nunca se me ha metido en la cabeza, pero me distraigo en otra pregunta que es acaso la verdadera respuesta a la suya: ¿si algún día decido hacerlo –de una manera menos brutal que Alejandro–, me producirá igual sensación la referencia a Cuba?

Tomado de https://eltoque.com/blog/una-sensacion-de-frio-y-acero

Carta abierta a mi amigo B

Querido B, ayer me preguntaste cómo me sentía o algo parecido y siento que no fui lo suficientemente claro. Me siento muy mal, pero no he podido decirlo completamente. No quiero que ningún Medio Alternativo sufra las consecuencias de cargar con la angustia que siento yo ahora, porque estos tienen un papel mucho más abarcador, y una misión a largo plazo. Me gustaría describirte todas las fuerzas encontradas que chocan en mi alma. Me siento realmente afiebrado, como muy pocas veces me he sentido en mi vida. No me hace sufrir la muerte de Fidel. Me hace sufrir cómo sobrevive precisamente a esa muerte, como si estuviese más vivo ahora. Y temo que sea lo peor de su legado lo que quede, como a veces ocurre.
Como otro hijo de familia pobre, Fidel significó la oportunidad de vindicarnos. Gracias a la Revolución que el lideró con mucha astucia y voluntad (un rubro intangible, inmedible) mi madre, por ejemplo, pudo sobrevivir a dos eventos cancerígenos. Gracias a su obra yo estudié como estudiaron mis otros seis hermanos. Estoy seguro que gracias a él tenemos casa, techo y un patio, ahora. Creo mucho en el aporte de un solo hombre, en su capacidad para insuflarle fe a una gran masa, que de otro modo permanecería dormida o hundida en el caos. Ningún burgués nos iba a regalar nada, como ninguno de los burgueses cubanos que hay ahora, que enarbolan un profundo buen gusto, me han regalado nada a mí, a Carlos Melián en persona, sino en el marco de concursos, con el carácter de retribución política, de capital político, que ese gesto genera para ellos. Ahí hay una fuerza que me empuja a llorarlo.
Pero hay otra fuerza que no está en paz con Fidel. Y que me envenena el alma. Justo ahora acaba de ser censurado el filme “Santa y Andrés” del realizador Carlos Lechuga. Como sabes, además de periodista soy realizador. Y además de periodista y realizador soy un ser humano, que defeca, llora y tiene hijos. Este acto de censura no fue solo a un colega con el cual he conversado poco menos que 20 minutos en toda mi vida. El bloqueo que le han hecho a su filme también me lo han hecho a mí, como si yo fuera él, como si su piel, sus vísceras, su corazón indignado, su dedicación al guion, su libertad de opinión fuera la mía.
Me calienta mucho el hecho de que una buena parte de Cuba llore ajena a que estas cosas pasen. Y que a esa parte de Cuba le sea imposible sentir por Lechuga y por mí. Una buena parte de los realizadores cubanos ahora mismo, en estos funerales colosales, están padeciendo este mismo dolor encontrado que siento yo. Lo padecen cada vez que escuchan una generalización de santo para Fidel. Minuto a minuto. En todos los canales de televisión. Todo parece un gran circo kafkiano. Que solo unos pocos comprendemos. Sinceramente los envidio, envidio que puedan llorarlo porque se fue. Yo lo lloro ahora mismo, con el dolor de mi alma, porque sigue vivo, porque no se ha ido, por esos obstáculos que todavía su legado coloca ante proyectos de compañeros míos, que son también mis proyectos.
En Cuba ahora mismo hay una gran insensibilidad hacia los proyectos y emprendimientos personales. No por mala fe -soy incapaz de pensar que alguien es malo malo- sino por ignorancia. Durante mucho tiempo todas las grandes iniciativas eran de Fidel, no precisamente porque fuera el más inteligente, sino porque acumulaba todo el poder para poder realizarlas. La Revolución Energética por ejemplo, con los grupos electrógenos aislados de la red eléctrica central, fue algo que se le ocurrió a él, pero ya esa solución existía desde hacía décadas en el mundo. Seguramente otro cubano con su poder, o con una pequeña porción de su poder y el derecho a ejercerlo, hubiese implementado esa idea mucha antes que él.
Y así una larga lista de aportaciones, y otra larga lista de fracasos colosales. Como visionariamente concentraba todo el poder, por supuesto eran enormes sus fracasos. La Zafra de los 10 millones, la Crisis de los misiles, donde más de 40 ojivas se plantaron en una islita como la nuestra… Da un poco de risa ver a un cubano con 40 misiles atómicos en el patio de su casa y luego declararse a favor del desarme. ¡Qué entusiasmo, cojolla!, y qué irresponsabilidad. Millones de cubanos vestidos de milicianos, atrincherados en hermosas y patrióticas trincheritas, sin saber que iban a morir, borrados, hechos cenizas en la primera explosión a nombre de una exhibición geopolítica soviética. Cuba no ganó nada con esa crisis. Pero Fidel, solo ante su pueblo, pudo convertir otro revés en victoria, lo cual, si nos fijamos bien, es un ejercicio magistral de retórica.
No me siento cómodo hablando de esto, ni de cuestionar cierta parte del legado de Fidel en este momento, pero hay muchas verdades dolorosas que he tenido que asumir en mi vida, justo en los peores momentos, en los momentos menos indicados. No me interesa echar por tierra su enorme obra, porque soy beneficiario de ella. Me interesa que sepas que en Cuba existe ese imaginario apenas desarrollado de lo que puede ser el gran aporte de un individuo a su sociedad. Se conoce del mínimo aporte, el de ese trabajador humilde que busca ingeniosamente la solución para una pieza de repuesto que el bloqueo americano no nos deja comprar en el exterior. Y que por eso recibe una paga que apenas le da para comprarse un par de zapatos, lo cual lo hace, a mi modo de ver, más hermoso. Para muchísimas personas el reconocimiento basta. Un poeta nunca reclamaría pago por convertirse en poeta. No se trata de percibir un pago, sino de canalizar una pulsión. Pongamos que no es una carrera, sino una enfermedad del espíritu, un padecimiento del alma similar al que lanzó a Fidel hacia la política.
Pero poco se conoce del aporte individual de personas como Lechuga y Claudia Calviño, su productora, que no desean específicamente tener un Instituto de Cine que monopolice la producción nacional, sino hacer una película. ¡Una película! Una película, donde afortunadamente puedan dar su pequeña opinión sobre algo. Porque sienten la necesidad de aportar algo. Gracias a ese legado que no comparto de Fidel, estas iniciativas no pueden ser posibles.
¿Se le quedaron en el tintero, no le alcanzó la vida? Mi opinión es que no, no se le quedaron en el tintero. Él las asumió. Asumió combatirlas, reprimirlas. En la película de Lechuga hay un ejercicio de la opinión que él bloqueó en sus opositores al principio de la Revolución, y que nunca restableció ni a ellos ni a la sociedad. Y los opositores son parte de esa sociedad, son personas honestas o deshonestas como cualquier honesto y deshonesto partidario de la censura y el control férreo sobre la libertad de opinión.
A muchos los encarceló solo por eso. Dispuso de la libertad de otro hombre no solo de opinar, sino de poder besar a sus hijos, verlos crecer y aprender. Separó a esos hijos de sus padres, y a esas esposas de sus maridos. Y a esos maridos de sus escritorios, sus libros y el aire puro de la libertad. Por opinar los envió a padecer el aislamiento y el hambre. A no poder hacerle el amor a sus parejas. Eso me parece terrible, porque no solo ha hecho padecer a unos pocos cientos de hombres cuyos gritos el pueblo -aislado- no oirá, sino que hizo padecer también a los ideales de izquierda. Como si a las ideas de izquierda, emancipadoras, les fuera inherente lo contrario, el germen de la falta de expresión y de libertad.
Ahora mismo muchos matices de su manera de proceder siguen en el sistema como actos reflejos: los cineastas cubanos están de acuerdo con que esa película se exhiba y por supuesto compita en el Festival de La Habana, pero el imaginario que construyó mi amado Fidel, mi Fidel paradójico, no permite que sus dirigentes acepten que esta historia salga a la luz. Ellos son los elegidos para pensar por el pueblo. Ellos saben lo que el pueblo desea ver, porque el pueblo no sabe en verdad lo que quiere ver. Es decir, el pueblo es incapaz de saber lo que es bueno para sí mismo. Solo la Vanguardia Dirigente tiene luz para eso. Son visionarios, personas especialmente dotadas que la visionaria capacidad de Fidel eligió.
El caso de Lechuga y Claudia Calviño no es el único. Está el caso de otra gran emprendedora como Elaine Díaz, que hizo su propio medio de prensa Periodismo de Barrio (aún en pie contra viento y marea), con lo básico que requiere un proyecto para hace sostenible el formato y el pago a sus colaboradores (este último un elemento que la gestión de Fidel satanizó). Una muchacha con un coraje del cual nunca se hablará en Medio Día en TV, o en la revista Mujeres, o en Cuando una mujer. Ni en Granma ni Juventud Rebelde.
El gran aporte del individuo, que levanta una idea desde cero y es capaz de hacer interactuar masivamente su pequeña idea con millones de otros individuos, fue borrado de nuestro mapa de opciones por ese imaginario que creó Fidel. Tuvo todo el poder para ahogarlo o estimularlo. Y se encargó personalmente de lo primero en la mayoría de los casos, principalmente si podían estar bajo control. Redujo a la Revolución cubana a una fórmula sanitaria, alimenticia y educativa.
Honestamente me siento muy orgulloso de los cubanos que hacen cosas como estas quedándose en su país y enfrentando todo lo que se les viene encima. Mi solidaridad con Elaine, Claudia y Lechuga, y con otros cineastas y emprendedores bloqueados por los cuales mi corazón tiene la suerte de sentir. No la deben estar pasando bien ahora. No solo por no ver una mirada objetiva del ser humano que fue Fidel en tantos reportajes televisivos, sino por no verse representados en ninguna opinión, porque tal andanada ideológica les hace temer por su futuro en la isla, por sentirse cero, despreciados.
Muchos de ellos, como yo, no quieren ser lanzados al frío exilio con sus familias, a un país desconocido entre gente, lenguas y hábitos extraños, a ejecutar trabajos que no tienen que ver con lo que eligieron estudiar gracias –por lo menos en mi caso- a la propia obra de Fidel. Muchos de ellos, como yo ahora mismo, temen por esa posibilidad, porque el emprendimiento en sus espíritus es como una enfermedad, vinieron al mundo a sufrir esa enfermedad.
La idea de que la emigración cubana es meramente económica, o en su mayoría económica, es una reducción retórica. Un acto de presdigitación política. Nada es simplemente económico. Si Marx lo dijo estaba equivocado. Hay un empeño espiritual en todo emprendimiento que por nada del mundo es solo económico, sino una necesidad de expresión. Se expresa un cineasta como se expresa un ingeniero informático, como se expresa un emprendedor de las aplicaciones para móviles. Todas son formas de expresión y de canalización de pulsiones humanas creativas. Pero la creación, ay, principalmente la creación a gran escala, es un estado del espíritu que solo una minoría de los cubanos conoce.
Como dije en un artículo, y como le he dicho a muchos amigos, yo me siento orgulloso de ser testigo de esta revolución que ahora mismo está aconteciendo en Cuba. He visto cómo por primera vez se autorizó a los ciudadanos a tener computadoras personales sin que mediara la autorización de un ministro; a que se les vendieran equipos de reproducción de audiovisuales sin tener que obtenerlos por contrabando; o al uso de la propia internet, aunque a precios enormes, donde circula la opinión libre. (La) Mi opinión libre, y pequeña, como esta que ofrezco en mi blog.
Todas estas son conquistas enormes de la libertad de expresión, aunque no las notemos, por aparentemente normales o por risibles. Sumaría la posibilidad ahora mismo de estar yo en libertad luego de publicar en medios que no son controlados (o no totalmente controlados) por el Estado. No sé si Fidel en el poder lo hubiese permitido. No lo permitió nunca. Nunca se vendió una videocasetera en las tiendas de recaudación de divisas. No se vendió nada que discutiera la hegemonía de la televisión, los otros medios de información y el cine nacionales. Él acaso nos hubiese hecho felices de otra manera, aislándonos más. Una idea razonable, pero inaceptable después de haber mordido la manzana. Fidel nunca confió en los jóvenes, ni en los universitarios, quizá porque vio el reflejo de lo que él fue cuando universitario. Fue el padre que nunca nos escuchó, pero que aun así amamos.
Estoy orgulloso de vivir en un país donde mi hija podrá ir a la universidad y atenderse gratuitamente en sus hospitales, dos conquistas también enormes que van en retroceso (por falta de estímulos materiales y acaso morales, soluciones creativas que Fidel no pudo crear y hacer sostenibles para que le sobrevivieran). Pero sobre todo estoy orgulloso de ser testigo del fin de ese lado indefendible del legado de Fidel. Y de poder construir un país más tolerante -no solo por la tolerancia en sí, una entelequia que nada aporta- hacia el emprendimiento, esa expresión personal ingeniosa que multiplicará por cien la calidad de vida de los cubanos, con ideas ambiciosas que los impulsen a mejores condiciones de trabajo, de paga, de vida, haciéndolos menos dependientes de la humillante ayuda de familiares y amigos en el exterior.
Para un individuo como yo, que no puede concebir siquiera esa magnitud de santo que se le otorga a Fidel (juro que querría tenerla y vivir en inocencia), el Comandante es un emprendedor que me inspira tanto como Elaine y Claudia Calviño. Veo lo que pudo hacer con su lado creativo y sobre todo con su voluntad olímpica, como veo lo que pudo hacer con sus limitaciones humanas e intelectuales. Las mismas que dos mujeres como Claudia y Elaine, si concentrasen todo el poder, las conducirían a errores similares. Me pregunto si habrá espacio para ellas y para mí en esta nueva sociedad que desarrollaremos. Creo que sí. Creo que lo lograremos gracias a esa voluntad olímpica que el Comandante tuvo y que nosotros deberemos hacer nuestra.
Bueno, B, me ha hecho mucho bien escribirte esto. Ahora me siento optimista, aun cuando mi proyecto inicial, en esta carta, fue demostrarte por qué sentía ayer tanto miedo y angustia.

Los suicidas

Un hombre que sale a la calle dispuesto a suicidarse encuentra una reafirmación en todo lo que ve. En una pareja que discute, en una anciana que cae al suelo y patalea bocarriba como un insecto, en un carretonero que arremete a palos contra su caballo. El entorno inmediato se le vuelve un texto alegórico y contundente a favor de la desesperación, de la asfixia.

Pero hace una semana, un año, o apenas unas horas, ese hombre tenía otra visión del mundo. Comía, copulaba, defecaba como una bestia, y se echaba a la calle con igual apetito. De irrebatible su decisión de morir pasa a paradójica, y hasta cómica y se cumple aquella observación de Borges de que se lee según una predisposición.

Según el argentino, el lector de poesía está mejor dispuesto, y abierto ante las elipsis, los súbitos rompimientos del nivel de realidad, las fugas metafóricas y acaso el caos del género. Y de forma ejemplar aconsejó leer el Ulises de Joyce como si fuese un poema.

Del contenido acumulado previamente en esa buena disposición o predisposición del lector depende también el éxito de la lectura. Uno no arroja un libro a la basura porque no lo comprende, sino porque no comprenderlo le humilla. Del mismo modo existen predisposiciones de lectura hacia todo lo que le rodea a uno.

Pero dicha enjundia está provocada digamos por una curiosidad compulsiva (que acaso de forma colateral va dejando una huella humanista en el lector), un respeto por la voz del otro como se respeta la voz del sol, la respiración de un hijo que agoniza.

Ante la locura, ante el caos natural y encontrado de las cosas, se desvanece nuestra zona conquistada, nuestro patrimonio, y ese algo que nos cuelga entre las piernas, vale decirlo, se vuelve poco menos que una verga. Así que al menos por esta vez podríamos admitir que la lectura es poco más que leer, la lectura es algo así como una educación.

Siguiendo la misma cuerda simbólica podríamos plantear que el gran competidor de la lectura es ahora mismo el cine y otras experiencias audiovisuales. La empresa de consumir el contenido de un libro dura digamos que una semana. La de ver una película una hora y media. El libro necesita una predisposición al detenimiento en pequeños indicios, el esfuerzo de construir un universo con ese lego de piezas que son las palabras, las oraciones, las subordinadas, el diccionario, que el cine -salvo excepciones de cine-lectura que consume apenas una minoría- trata de superar.

¿En última instancia el cine pudiera tener la capacidad de salvar al mundo? ¿No será el cine una deriva, una aberración, la espuma que se genera en la cresta de la ola y no más que eso? Espuma. 

El esfuerzo triplicado que debe hacer un realizador, en comparación con otro artista para ver concretada su obra –la búsqueda del financiamiento necesario, el pago a actores y actrices sobrevalorados, la alta tecnología-, no se traduce como norma en una pieza de lectura donde el usuario debe volverse activo ante la comprensión del universo sugerido en letras y enunciados, sino en un espectáculo que busca deslumbrar y recuperar con creces la cifra invertida.

El cine último, con sus salas Imax y 3D, -necesarias para captar la atención de una audiencia que cada día prefiere quedarse en casa viendo series- expresa una elefantiasis, el ingenio rebosado del hombre que finalmente, a fuer de la competencia mercantil, redunda en un eterno hacedor de parches, una entelequia, un fin en sí mismo. 

Si utilizáramos la hipótesis de que la lectura supone idealmente una predisposición activa ante un paisaje, una sociedad, el cine se configura idealmente como constructor de una pasividad, un cumulo de frases y consignas pre-elaboradas e intuitivas, cómodas de recibir que alimentan prejuicios preexistentes. Un potencial reduccionista que como norma utiliza el Poder más conservador para perpetuarse.

Pero como todos sabemos, el ritual de la lectura, de la curiosidad compulsiva, suele tener escapes siniestros de vez en cuando. Grandes científicos, humanistas, filósofos y escritores, curtidos en una insaciable curiosidad -grandes por el tamaño de su obra no porque en sus fueros fueran menos vulnerables que el más inútil ser humano-, justificaron y empujaron como cualquier iletrado durante décadas regímenes perversos como el nazismo o el stalinismo.

La lectura en este caso se había vuelto un dispositivo de confirmación de miedos y no en puntos de superación. La lectura en todo caso había dejado de ser lectura. Dicha curiosidad se había convertido en un fin tecnológico en sí mismo. En espuma. Una debilidad nuestra hacia la tecnología, los retos, las circunstancias, hace que tanto política, economía, literatura o medicina se deshumanicen y deriven en entelequias, fines en sí mismos. Nos pasa a todos. Suicidio y Espuma.

Tomado de https://eltoque.com/blog/los-suicidas

Libros de viajes para cubanos

A caballo entre la industria editorial y la turística existe el libro de viajes, un subgénero que, como el periodismo, alimenta a miles de escritores malogrados o en ciernes. Estos, supongo, se la pasan tomando cafés irreales bajo carpas reales en cada ciudad del mundo, desdeñando prostitutas, reclutando nativos para que les muestren como se maduran y pudren la cosas, e incluso de vez en cuando se toman el digno trabajo de volarse la tapa de los sesos. Yo quiero imaginar ahora a un improbable escritor de eficientes libros de viaje… para cubanos.

Su principal premisa debería ser derrumbar la falsa idea de que el viaje es un engaño. Más bien debería asumir el viaje como la piedra de toque que probará hasta qué punto el viajante mismo es o no un engaño.

Ryszard Kapuscinski habló en algún lugar de su método de viajero-escritor. Defendía llegar a una aldea africana y despojarse de la mayor cantidad de vínculos y accesorios occidentales que le alejaran de una comprensión minuciosa del universo de estudio.

El gran periodista vivió tras el Telón de Acero el tiempo suficiente para  saber que existían capas de realidades; que tras los hermosos ojos de una aseada polaca se ocultaba una habitación obscura, despojada y sin ventilación, con olor a ropa musgosa y sudada a la que hubiese preferido no regresar jamás.

¿Cómo sería un libro de viajes escrito para un cubano atrapado en su archipiélago? El ejercicio del escritor sería arduo, no faltaría un diálogo difícil con su conciencia porque fue educado en un ideal de izquierdas. Sería propiamente un libro para anti-turistas, porque, además, no habría mucha demanda para uno de turistas.

Sería el libro para un viajante, llamémoslo así. Pero qué demonios es un viajante. Bueno, supongo que un hombre que viaja para regresar con algo de peso. He viajado solo una vez fuera de Cuba, y me sentía portador de una obligación. No sé decir exactamente cuál. Como si al regreso me esperara un consejo de ancianos que examinaría con miradas alertas hasta qué punto mi cerebro era resistente frente a las tentaciones de un pueblo fascinante y poderoso. Más que regalos, más que anécdotas, esperaban mi integridad.

Uno siente curiosidad por conocer qué hay del otro lado del mar como mismo de adulto sabe qué hay exactamente entre las piernas de una mujer en tacones, y aun así cree que ahí hay algo maravilloso. Hay una erótica del viaje pensando también en la ansiedad que embargaba a Colón cuando miraba al océano y suspiraba. Nuestro escritor ideal de libros de viajes para cubanos debe situarse en esa curiosidad.

Está por hacerse una colección de estos libros. Imagino textos llenos de tiernas y asombradas apreciaciones. Por ejemplo, si se trata de Berlín: el alivio frente la puntualidad del transporte masivo, el google maps, el descubrir la existencia todavía de zapateros remendones, ver maravillado como un enorme operario, bajo la lluvia, moldea a puro brazo el asfalto caliente de una calle valiéndose de un rodillo. O el indiscreto timbre de alarma que suele activarse en las sex-shops cada vez que entra un usuario. Y que en esas sex-shops se muere gradualmente un empleado. Y que las sex shops tienen algo de provincianas, porque son algo menos y algo más que una tienda. Y que al entrar en ellas uno se siente algo menos -y nunca algo más- que un hombre.

Por ejemplo, en plan de compras, ir a Primark en Alexanderplatz. Allí buscar pulóveres color entero de 2,50 euros y paquetes de medias -para regalar- de ocho pares por apenas 3 euros. Nunca comentar con un alemán que compraste en Primark, te dirá, entre otras cosas terribles, que esos pulóveres son hechos por niños analfabetos de Bangladesh, sin derechos, lanzados a la calle por sus familiares. Los silenciosos y resentidos turcos vestidos de negro, como sombras, que doblan las piezas que la gente deja tirada, te inclinan a darles algo de razón.

No arrojarás tus compras al canal, sólo te preguntarás deteniendo el gesto de llevarte una taza de té a la boca, si la prosperidad se debe sostener necesariamente sobre millones de cuerpos, luego sorberás la infusión y lo olvidarás. ¿Cada loza que pisa tu amigo alemán, cada horrible puerta de metal que abre, es un cadáver que cae? Hace poco un amigo extranjero me dijo que el problema de las islas, era que estaban condenadas a comerse su propia mierda.

Sería un best-seller diarreico el libro de viaje para el emigrante cubano que atraviesa la ruta centroamericana hacia USA, o la fascinante y terrible vía rusa hacia Alaska por el estrecho de Bering. ¡Cómo no se le ha ocurrido a nadie antes!

Tomado de https://eltoque.com/blog/libros-de-viajes-para-cubanos

La caída ajena

A propósito de las Olimpiadas… hace unos meses intenté escribir un post sobre el boxeo. Comenzaba indicando que Google me había sicoanalizado y me había enviado solo videos de boxeadores. Por problemas de espacio publiqué sólo el prólogo y no abordé el detonante, el plato fuerte. De pronto, entre el resto de los videos apareció uno titulado “Algo que no quieren que tú veas”. En ese video el protagonista es Teófilo Stevenson con treinta años, en la plenitud de su carrera.

El amigo que me acompañaba y yo nos pusimos a ver qué demonios le sucedía a Stevenson. Estaba sobre el ring a sala abarrotada, se enfrentaba a un contrario de piernas largas y corte afro. La reproducción era pésima, una transferencia de videotape a digital, un samizdat manoseado, un resto guerrafriísta revalorizado por nuestra propaganda oficial, triunfalista e intolerante al fracaso. Si este era un video que nadie quería que viéramos, era porque al gran ícono y aglutinante universal de la gran multitud cubana que fue Stevenson le tocaba caer, derrumbarse, sobre el encerado.

Nos comíamos la uñas de eufóricos, deseosos de ver al gran árbol caer. Fueron unos largos y absurdos quince minutos esperando que el árbol cayera. Dios, queríamos verlo caer, era en lo único que pensábamos en ese momento. Verlo caer. Cae Teófilo. Cae de una maldita vez. Pero ya casi se acababa el video y Teófilo no caía. Teófilo mayoreaba. Se extendía demasiado el desarrollo, pero sabíamos que quien sea que fuese el aficionado que había colocado el video solo intentaba acrecentar nuestra euforia al verlo caer. Sudábamos literalmente. Estábamos allí, solos, deseando con todos nuestro sistema nervioso que Teófilo cayera. Iba a caer, lo necesitábamos.

En los últimos once segundos uno de los contrincantes alarga una derecha limpia que cruza la noche, las lloviznas de sudor, los flujos vaginales, los besos de amor, las diarreas, las derrotas y las victorias, las cartografías estelares, y da en la quijada del contrario haciéndolo caer, como un gran árbol, en el encerado. Stevenson se agacha y recoge al caído como la Virgen María recoge a Jesús, y se lo entrega a los paramédicos. Mi amigo y yo nos quedamos fríos.

“Algo que no quieren que tú veas” ¿Qué era lo que no querían que viéramos? ¿Quién había colgado este video en YouTube? Propongo dos variantes. Podemos creer que lo colgó un funcionario del INDER ultraizquierdista o un informático instrumentado por su comité de base o un emigrado cuyo corazón se quedó para siempre en Cuba y en el socialismo, y la lejanía y la impotencia ante la lejanía, lo ponen en situación de querer hacer algo. Algo. Lo que sea. Su modesto granito de arena. Lo que le toca a cada quien con lo poco que dispone.

O podemos creer que lo colocó un nihilista. Un provocador, un incendiario, un discípulo tardío de Nietzsche que  quiere decirnos algo muy especial sobre nosotros mismos. Sobre nuestra deriva. Sobre el producto seriado que hemos venido siendo a lo largo de una larga y pobre guerra fría instrumentada por un grupo de ideólogos con exitosas carreras profesionales que ya murieron o que están a punto y en cuyas lápidas podría aparecer con razón algo así como aquella frase de Neruda: “Confieso que he vivido”. Que es lo mismo a decir “confeso que les he cogido el culo”. Qué tal si este nihilista sólo nos ha aplicado un test de conductismo en cuyo lecho observa una vieja figura, un viejo patrón de autocomplacencia: que en el fracaso ajeno el ser humano confirma el fracaso propio.

Mi amigo y yo nos separamos de la mesa, decepcionados, hicimos un par de breves comentarios estúpidos, cerramos la oficina, y nos fuimos a comer una pizza sintiéndonos tremendamente pequeños.

Tomado de http://eltoque.com/blog/la-caida-ajena

Coro vacío

En Santiago de Cuba, la mayor parte de la transportación urbana se da en camiones y camionetas privadas. Los muelles no amortiguan. Se suda copiosamente. Cuando el vehículo frena la gente se lanza hacia adelante, y cuando acelera se lanza hacia atrás. La vista hacia el exterior trascurre a través de un estrecho rectángulo entre el techo y la pared de la caseta, y por las bocinas casi nunca se escucha otra cosa que reguetones estridentes y taladradores. El viajante no convive, se repliega. Se limita a tratar de sujetarse bien hasta que llegue su parada. Rara vez sucede algo digno de contar salvo que el chofer fue un hijo de puta, y tal.

Pero hace unos días, presencié algo conmovedor. Subí a un camión en la Plaza de la Revolución rumbo a Ferreiro, y aparecieron dos muchachas de la nada, sudorosas, descompuestas. Una de las dos, la jabaíta, exclamó: “¡ñoj! caballero, ¡la Mendive…! la Mendive va a ser el último lugar, ¡qué vergüenza!” La muchacha se plantó a mis espaldas y comenzó a rogar a toda garganta: “profe Socorro, por favor, disculpenos, disculpenos profe Socorro.”

La jabaíta me parecía grande, un pequeño milagro, una conquista humana. La Mendive es el preuniversitario rival del Cuqui Bosch. No se sabe cuál de los dos Centros tiene el cuerpo más guapo o inteligente de muchachas y muchachos, y la emulación ha sido eterna, permanente y absurda.

Socorro – justo a mi lado- no se inmutaba, a su edad, unos 45 años, ya no se estalla, ya no se cree en arengas de arrepentimiento. Parecía promotor cultural o profesor de cultura física. Pero por la pinta, por la clase de actividad que les impartía allí, una tabla gimnástica, yo diría que profesor de cultura física: zapatos Adidas, pulóver y pantalones deportivos Puma de tejido sintético, cadena de oro y mochila. Un luchador. Profesor aún, pero sobre todas las cosas un luchador.

Si algo aprenden los profesores de educación física que salen del Fajardo es que con el salario que recibirán no les alcanzará ni para mantener la pinta deportiva. Que es, de hecho, una buena pinta: el deporte es tecnología en tejidos, pero también voluntad; el deporte es lucha, virilidad; es levantarse cada mañana a trabajar por conseguir la mejor marca. Eso, disciplina, aprenden los graduados del Fajardo, tanto hombres como mujeres, y está bien que así sea, pero esto no es lo que aprenden los pichones de Mendive.

Ay, todo está perdido, se reirán de nosotros. Y probablemente Socorro estaba pensando en ello, en la falta de entraña, cuando les plantó el “terminé con ustedes”.

La jabaíta, en general, parecía la única verdaderamente afectada. La mulatica que la acompañaba demostraba más esfuerzo por creerse el drama que firmeza. Cuando aquella dijo que sentía “vergüenza” –una palabra digamos de “alta cultura”- se ganó toda mi simpatía, aun sabiendo yo, porque tuve esa edad, que probablemente ninguno de esos muchachos se merecía ni el esfuerzo del profe Socorro ni el radio moral que despliega la palabra vergüenza.

Miré hacia la explanada de la Plaza y venían corriendo casi medio millar de muchachos hacia el camión. Lo rodearon y no lo dejaron avanzar hasta que no bajara el profe: ¡So-co-rro, So-co-rro! Gritaban. Y Socorro parecía de piedra. La jabaíta desfalleció y dijo algo demasiado literario como: “Ay, todo está perdido, se reirán de nosotros”. Subieron cuatro muchachos, y las hembras bajaron. Los muchachos lo trataban de persuadir con el lenguaje de cómplices de la calle: “asere qué bolá, te vas a poner en esa; asere Socorro, que bolá”. Pero Socorro se mantuvo firme, incluso mandó arrancar el camión, y que les pasara por encima si era necesario: “yo terminé con ellos”.

La multitud coreaba, y yo, -ah que personajillo melodramático-, me emocioné. Era fácil ver que la mayoría se divertía de lo lindo, y que a muy pocos les importaba un bledo realmente el profe Socorro y la ridícula tabla gimnástica. Solo a tres o cuatro que podían concebir el mundo en términos de vergüenza les removía algo aquello. A mí me emocionaba que precisamente esos dos o tres no fueran más que dos o tres. La jabaíta me parecía grande, un pequeño milagro, una conquista humana. Pero, digamos, había  una figura superior, que me cosquilleaba por debajo, alegóricamente. La Cuba actual, digamos, se parece demasiado a esa escena. Somos esa multitud que corea a veces sin entraña, sin hígado, sin verdadera franqueza, por algo que pudo ser, que todavía es en esencia, y que nos supera con creces en términos morales.

El profesor Socorro se bajó dos paradas después y atravesó el parque de Ferreiro. Los pasajeros lo vimos alejarse como aleccionados. Yo, en particular, me sentí miserable, o sea, me sentí parte del alumnado bellaco.

Tomado de http:// https://eltoque.com/blog/coro-vacio

Cavar tu entierro

Compro un libro de poemas de Néstor Perlongher, (un poeta que inspiró a Pedro Lemebel, un poeta chileno que inspiró a Roberto Bolaño), y en el prólogo encuentro esta frase a propósito del autor: “Su homosexualidad [la de Perlongher] es más bien una cuestión política, la avasalladora decisión de presentar credenciales del deseo ante la fragilidad del Poder”.

¿Es frágil el Poder? Hay pocos desencuentros más elocuentes que los de la homosexualidad y el Poder. El homosexual disiente como pocos contra todo lo que representa el Poder. Pone en solfa su solemnidad, su verticalismo.

El Poder vigila por el bien común. Pongamos el bien común de la reproducción eficiente. Y la homosexualidad, aunque no atenta directamente contra la reproducción, sí turba el mecanismo natural (heterosexual) de la fecundidad. El Poder, que piensa en grande, en multitudes, en términos platónicos, se dice para sí: ¿qué será de la especie si promovemos esto?

El Poder, desde su panóptico, se asume como la figura ejemplar: si sale con una camisa verde a la calle, todo el mundo creerá correcto usar camisas verdes.

El Poder es viril, activo; el homosexual flojo, pasivo. El Poder es grave y pesado; el homosexual ligero y carcajada. Son tan antípodas que uno parece necesario del otro.

El Poder tiembla ante la presencia de un alfiler, es tan duro, tan patéticamente rígido, sordo y consciente de su propia gloria, que un alfiler, en efecto, puede quebrarlo.

Así pues “el homosexual” como figura, ha existido siempre ante cualquier esbozo de cristalización del orden en un aparato centralizado.

El homosexual está condenado, no hay remedio para él: asumirse a sí mismo es asumir plenamente su disidencia. Como cualquier otro excluido va reconociéndose y armándose a sí mismo en la exclusión. Y si algún día, como decía Bukowski, su vida se hace demasiado normal, podría quemarlo todo por volver al camino. Así que la homosexualidad, podría asumirse también como la piedra de toque ante nuestra tentativa inútil de ocultar el caos y la complejidad.

Que Cuba aún no logre pasar esa página, que no logre poner en leyes derechos específicos y operativos de los homosexuales, es, por supuesto, sintomático. Cuba es lo que hace, no lo que pretende. 

Cuando alguien la emprende contra la izquierda diciendo que es floja, que es cómplice, o mojigata, pienso que se le han otorgado propiedades a esta que la alejan, al menos, de ser propiamente izquierda. O que se toma por izquierda algo que no lo es.

La izquierda no es el Poder, la izquierda se comienza a desnaturalizar desde el momento en que comienza a consolidarse o identificarse con algún Poder.

Cuando esta se ha hecho con el control de una sociedad aun cuando sea el presunto Poder de los obreros, o el Poder de los campesinos ha comenzado a contraer compromisos estructurales que le impiden ser izquierda.

El Poder termina, pues, desencantando a su motor impulsor, y de hito en hito  mira con envidia, con nostalgia, a esa izquierda que otrora fue, dando sombrerazos y  muestras de coraje, inteligencia y juego limpio.

Ah, cuanto daría el Poder por volver al camino. Cualquier cosa: tropas, por ejemplo, ejércitos, a sus mejores hijos. Lo daría todo. Menos el Poder.

Un patrón común de los gobiernos de plataforma izquierdista convertidos en Poder es su dificultad para concebir relevos generacionales. En consecuencia surge su desesperada decisión de convocar a referendos -que pierden- para mantenerse por más años en el Poder.   

Joven y lozana, entonces, la izquierda es esa otra corriente que transita sin detenerse, paralela  a un Poder que se consuela dándose con el canto en el pecho de decir que en definitiva él agarró al toro por los cuernos, él hace, no dice.

La izquierda a veces le presta oídos e intenta consensuarse pero deserta al convertirse en bloque, en satélite obediente. La izquierda no debería ser teniendo a la derecha como referente, sino al ser humano. Esa debería ser su unidad sumergida, en vez de programática. Está ahí para devolverle carne, tripas y fragilidad al hombre y por supuesto, para seguir intentando ese hermoso Poder donde no se debería temer ante las credenciales de deseo de nadie.

Volviendo al poemario de Perlongher, en la primera página, en la esquina superior derecha donde suele venir garabateado el precio, se lee la descomercialización sufrida por el libro: la cifra inicial fijada fue de 12 $, bajó luego a 5 $, luego a 3 $, luego a 1,50 $.

El poeta de izquierda que fue Perlongher (y Lemebel), no se redime, cava su propia tumba temprana en recorrido inverso al del Poder, que suele cavar su inmortalidad.

Tomado de https://eltoque.com/blog/cavar-tu-entierro