La pregunta de Rosa Elena*

Por Carlos Melián Moreno

Será fácil señalarle defectos a Vestido de novia, de Marilyn Solaya: el maniqueísmo de Lázaro, el inversionista ladrón y homofóbo, que además –vaya ley de gravedad- es bugarrón, dos lugares comunes en uno: detrás de todo extremista-homofóbico sistemático se agazapa un oportunista. Será fácil señalarle ciertos énfasis de queja
generacional en la dirección de arte –como la mayoría de nuestras películas, una plaga-, o un exceso de exposición, y una estrechez imaginativa en el despliegue de los diálogos, etc.
Sin embargo, a nuestro modo de ver, no deja de ser esta una película estimulante e inteligente. Por momentos frente a las cuestiones que plantea, estos defectos formales, que reclaman un coste caro, parecen mezquindades.
Lo más interesante de esta película no es la historia –acaso no tan creíble- de un transexual que ocultó su identidad, y el precio que eso tiene socialmente, sino ir más allá. O sea, -sé que suena desmesurado- lo más interesante es su naturaleza goethiana.
Cuando su protagonista pregunta si ha valido la pena convertirse en mujer, traspasa, por llamarlo de alguna manera, el tema gay, y aporta una reflexión que en su viaje ilumina -solo de paso – el problema de la discriminación y la violencia hacia la mujer, -pero tampoco se queda ahí- y sus luces consciente o inconscientemente viajan hacia lo imposible. Por lo que no son luces precisamente de éxito, no alumbran hacia el éxito, ni hacía ningún objetivo, sino hacia la nada. Considero que esto, por momentos anuncia que a diferencia de otros realizadores con más suerte en lo formal, en lo creíble o no, Marilyn Solaya parece tener algo que decir, que brota acaso de una neurosis propia. Así que fundo mi tesis en una sospecha, lo cual lo hace más interesante. No es cualquier cosa lo que Solaya tiene que decir, sino algo ambicioso, una intuición, una pulsión, precisa, que -de hecho- la supera y la agota en su propio fuego.
El espíritu de Rosa Elena resuelve el problema del cuerpo, se cambia de sexo, pero esto no basta – y es la tesis más interesante de la película-, pues ella parece comprender que esto resulta ser un mero parche en su búsqueda de la felicidad.
En la enjundia social –digamos- la maldad es ardua, profunda y amplia, y la persona ya restablecida en el cuerpo que deseó, comienza a sentirse nuevamente enclaustrada en los muros y en los estereotipos del nuevo y férreo género que esa enjundia social construye. Esta figura de transmigración de un alma ingenua e idealista buscando el sitio ideal, el remanso deseado, que va descubriendo, en su viaje, las mezquindades que la rodean, es antigua, arcaica y está a su modo contenida en el idealismo contrastado del Quijote, Madame Bovary, Lucién de Rubempré, y por supuesto en el joven Werther, y en el Fausto. Es una pulsión arcaica pero poderosamente universal, y crea un efecto poético cuya naturaleza traspasa las marcas circunstanciales de lo que es viejo o nuevo, correcto, chic o kitsch.
O sea, no importa si es Cuba, si son los noventa ni importan los lugares comunes, la pregunta que grita Rosa Elena, no es exactamente la pregunta que se haría una mujer o una transexual. Son las mismas preguntas que nos hacen todavía hoy las mujeres de Ibsen atravesando el tiempo, atravesando la cárcel de los cuerpos, o la cuestión de los sexos.
Pongamos que Vestida de novia trae nuevamente la metáfora del pájaro que en su canto expresa las ansias de libertad. Esto podría ser un lugar común, de hecho lo es, pero acaso la realidad, en su no estar sujeta a formas, no reconoce tal prejuicio y se muestra mucho más generosa expresando, de paso, un cierto desdén hacia nosotros y nuestros criterios estéticos.
La figura de un espíritu que canta proyectando su alma en libertad sin las mezquindades a las que la somete el cuerpo, se repite ya no ahora en la creación de un guionista que está socialmente impelido a hacerlo de forma original, utilizando palabras e imágenes ingeniosas, sino en la realidad real. La expresión de libertad ganada -o perdida- a través del canto o la música a pesar de estar manida es eterna, es tan exacta que se repite el ciclo en que el primer poeta lo descubre, su verdad traspasa la caducidad de la forma, el historicismo de la forma. La pulsión de libertad intenta desplegarse: he aquí un muerto insepulto, un problema, socialmente, no resuelto y posiblemente insoluble, o soluble solo en una forma específica de locura. Esta película está hecha en una cuerda estética similar a la de aquel agricultor que un día escuché cantar mientras viajaba en una guagua. Su canto era diáfano y triste. Cantaba con la mirada perdida en el paisaje, mirando la tarde caer, las parcelas descuidadas o sembradas, el color naranja intenso que teñía las nubes. Media guagua viajaba en silencio escuchando su canto.
Que este agricultor hubiese tenido a bien volverse y decirnos algo similar a lo que dice Marilyn Solaya en su película, revelaría en él una sabiduría profunda. De alguna manera la pregunta de Rosa Elena ya estaba contenida en su canto, y el propio canto –como sabemos- responde.
La pregunta de Rosa Elena no caduca. Es un grito de libertad para hombres, mujeres, niños y ancianos, que se pierde en el firmamento en un disparo, que por inútil y lúcido es más hermoso. Se hizo desde el fondo de un espíritu cuya diana no es su sexualidad restablecida sino la felicidad, el derecho a vivir totalmente desplegado.
Es una pregunta ambiciosa, y hay falta de ambición en las películas cubanas. Digamos que nuestro panorama cinematográfico a veces, salvo alguna excepción, como la obra autista de Molina, parece una tropa atrincherada, alimentada, dada la inoperancia de la red interna, por envíos exteriores. Esos envíos exigen unas pautas que no hemos sabido superar. Incluso esta película no deja de estar enferma de esos tics, pero aun así, los supera.
Lo importante no es lo que yo creo de Mafalda –dijo Cortázar una vez- sino lo que Mafalda cree de mí. Mi experiencia con Rosa Elena ha sido parecida, ante ella estaría tentado a preguntarle ¿qué cree de mí? Ciertos personajes –no todos- de la ficción o de la historia se ganan esta condición de censor moral.
Ajena a las disquisiciones estéticas, Rosa Elena analiza sin sorprenderse que la directora del filme estuvo unos 10 años tratando de contar su historia, y que al parecer no logró hacer un filme perfecto, porque la gente suele mirar más la forma que el contenido, o dicho de otro modo: que la gente es capaz de olvidarse del contenido si la forma la decepciona.
Vestida de novia es una película bastante imperfecta, pero por momentos esto parece un mérito, porque es asumirse, asimilarse, salir del atrincheramiento. Marilyn Solaya -es una corazonada-, debería traernos nuevos proyectos como este, con defectos como este, que tengan algo que decir incluso recayendo en el color local. El pobre soldado suicida, poco dotado por cierto, salió de la trinchera, lo alcanzó una llamarada, y avanza ahora envuelto en llamas, sin futuro.

*Pongo esto que escribí para la para web de la AHS porque sigo orgulloso de esta peli. He reescrito, he tratado de explicarme mejor de lo que pude cuando salió este artículo, pido disculpas a la editora que tuvo que meter esto en cintura.

La Habana siempre de ida y vuelta*

Carlos Melián Moreno

El avión se retrasó la penúltima vez que viajé a la Habana y llegué al barrio del amigo que me daría albergue a una hora avanzada de la noche. En algún lugar que no recuerdo agarré un taxi con dos tripulantes, -el chofer tenía un cuello de toro y el copiloto era una especie de fisiculturista- que hablaron todo el tiempo de apuestas de gallos y los escuché con tanta curiosidad que olvidé preguntar a tiempo por la dirección que llevaba, y cuando lo hice el
fisiculturista me miró de arriba a abajo con cierta aprehensión y me dijo que se me había pasado hace un rato, y que mejor cogiera otra máquina de vuelta.

Me bajé en Tropicana, y no cogí otra máquina de vuelta ni un carajo por otros 20 pesos que es lo que cuesta de madrugada y comencé a caminar. Y a caminar. Y puse el reproductor del móvil. Y de pronto la avenida 41 que es grande y espaciosa, y no está mal iluminada, comenzó a crecer, y a crecer con Cerati, y luego con Spinetta, y luego con el son oscuro del Adalberto Álvarez de aquel Son 14 de los ochenta. Y fui levemente feliz y de alguna manera el propietario de todo lo que me rodeaba.

A la altura de una esquina donde había un teléfono pasó por la senda contraria un patrullero de policía y los tripulantes me miraron, y casi los saludo, y el patrullero pasó, y yo me saqué la billetera del bolsillo. El patrullero rechinó las ruedas a mis espaldas y cuando me bloqueó el paso espectacularmente ya yo los esperaba con mi carnet en la mano y los audífonos quitados.

Uno de ellos, más joven que yo, puso una bota lustrada en el asfalto, se bajó, se acomodó el cinturón, y se me acercó. Que para dónde iba y qué llevaba en el maletín, le dije que estaba medio perdido y que en el maletín había dos aguacates y un par de botas. El policía se extrañó, miró a su compañero. Se inclinó, metió la mano y en efecto, adentro había dos aguacates con un par de botas. Se incorporó, le hizo un tacto a la mochila que yo llevaba a la espalda, y a la otra que llevaba colgando al pecho y me dijo que qué llevaba ahí, le dije que una computadora porque era periodista.

Me pidió el carnet y leyéndolo me preguntó que si yo era de Santiago, le dije que sí, lo llevó a su compañero, que lo examinó en la oscuridad sin prender la luz de la cabina y lo devolvió, el agente se me acercó nuevamente y me lo entregó. Entonces, mientras le daba la vuelta al auto, le pregunté dónde estaba la dirección que yo buscaba. Balbució algo que ya yo sabía. Y se alejaron.

Cerré el zíper, dejé la avenida y me interné en una selva oscura y erótica, de casas bajas, gatos, maricas y putas sobremaquilladas que me observaban pasar trepadas en los árboles y en el tendido eléctrico. Más adelante, barrio adentro, otro patrullero se atravesó
espectacularmente.

El socio mío salió a buscarme un rato después porque yo no daba con la dirección. Los aguacates eran para su mamá, las botas para otro socio que no tenía zapatos. La madre y mi amigo me observaron comer, y yo hice algunos comentarios sobre Oriente porque me preguntaron cómo estaba Oriente, y les dije que hacía unos meses, cuando tenía trabajo, me habían encargado hacer un reportaje sobre Servicios Comunales en Santiago, y que yo había salido para la calle para hacerlos trizas y caminé y caminé, y me di cuenta que todas las calles estaban limpias, y que eso –los miré sonriendo con la boca llena- me había decepcionado un poco.

Al otro día salí a lo que iba: dos horas de asesoría de guión. Luego recogí mis cosas y me fui para Villanueva, que es ahora la nueva terminal de lista de espera de Ómnibus. Estaba repleta. Solo para anotarme estuve una hora y media. Fui a la AHS a que me reintegraran el dinero del pasaje del mes pasado, y allí me dijeron que me habían conseguido un boleto en avión. Hice añicos el papelito de la lista de espera y esperé mi vuelo un par de días en los que visité a amigos que me habían tirado el salve en otras ocasiones y gasté 50 pesos, que era buena parte de lo que tenía.

Entonces pasó aquél huracán justo el día en que me iba y cuando llegué al aeropuerto me dijeron que se había cancelado el vuelo por razones “de causa mayor”, y cuando sucede esto –causa mayor- no reponen el vuelo. Me dijeron que podría reembolsar pero mi pasaje era
institucional, devolví el billete a la AHS y regresé a Villanueva, coloqué los bultos en el suelo menos la mochila de la computadora, me senté, me amarré el asa de la mochila grande en un tobillo por si me quedaba dormido y me puse a mirar a la gente.

Entonces se me acercó un policía de allí vestido de civil. Me dijo que si no me acordaba de él y le dije que sí, claro. Hicimos algunos comentarios amables y se alejó.

El mes anterior yo le había preguntado por qué me había pedido el carnet. Me dijo que lo hacía porque yo era sospechoso. Entonces las manos me habían comenzado a temblar, las miró y dijo: “¿ves?” Y me condujo.

Yo andaba en camiseta porque hacia un perro calor y en aquella oficina estaba puesta la consola creo que a menos de 15 grados. Y yo temblaba de frío. Y realmente tenía mucha curiosidad. Me preguntaron que quien yo era, saqué mi carnet de identidad y dije que periodista. Y me preguntaron que si podría probarlo. Entonces recordé que el día anterior había salido una entrevista a mi persona en el Granma. La saqué estrujada y sucia del fondo de la mochila y se las mostré. Vieron la foto, vieron mi rostro. Y después de hablar del concepto de represión y de fuerzas represivas, me dejaron ir.

Doce horas después amanecí acostado en un sillón y conversé con un hombre barbudo y sudado con rayas de sal en la camisa que iba para Bayamo. Me contó que la noche anterior un policía vestido de civil lo había levantado del sillón por dormir como yo había dormido, y se lo había llevado para una estación, y que lo sacaron al día siguiente y que en ese tiempo se le había pasado la lista de espera. Le pregunté que si se le había fresqueado al tipo, y me dijo secamente que no. Entonces suspiró y dijo: la Habana está mala.

Y nos pusimos a hablar de la basura que había por donde quiera, y le dije que Santiago estaba limpio, y él que Bayamo también. Y él asintió. Y yo le dije que era mejor vivir en un lugar limpio, e hice un énfasis para que la palabra limpio trascendiera, y que quizá por eso un socio mío de San Miguel del Padrón pensaba que se acercaba algo así como el fin de Cuba y había decidido irse. Luego me paré, me dolían los glúteos, desayuné un huevo hervido y me puse a caminar.

Un par de horas después, regresaba a bordo de una Yutong, y durante un rato, mirando la llanura de Matanzas y vacas flacas que pasaban, recordé la hermosa madrugada caminando por 41 con la Habana para mí, escuchando, como si de mí se tratara “yo seguí a la estrella más voraz/ nunca me llevó tan lejos/ para qué creer en el azar/ yo nací/ para esto/ yo nací para esto-o…” de Cerati.

*Tomado de http://www.progresosemanal.us

Una profesora de Historia*

Carlos Melián Moreno

Por pura casualidad encontré en mi librero un tomo de Patrick Modiano, recientemente condecorado con el premio Nobel de Literatura. No sabía de la existencia de este escritor hasta que escuche la noticia, busqué y encontré Calle de las tiendas oscuras (Anagrama), un título que además ganó el Goncourt de 1978.

Un hombre pierde la memoria, vive como Guy Roland, identidad que él asume como provisional y se enfrasca en encontrar su origen, es decir, su pasado, extraviado en algún momento en la Francia de Vichy, durante la segunda guerra mundial. La pesquisa va obteniendo frutos hasta que conoce que tuvo una novia, un padre, unos amigos, y que en un cruce furtivo de la frontera francesa hacia Suiza, es timado por sus guías que los separan, y lo dejan a él en medio de la nieve. En este punto la novela, un tanto fría, sobria, se vuelve conmovedora. En ese punto él y su hermosa acompañante se dejarán de ver para siempre, se perderán las pistas. El pasado luego se hará jirones, una especie de rompecabezas chamuscado.

Aparentemente se habla de la ocupación nazi en Francia, de la persecución que sufrieron los extranjeros en aquel país. Pero el sedimento es la importancia de la memoria, y el pasado. Conocerlo, volver a él, dice quiénes somos, de qué somos capaces, qué clase de criatura duerme en nosotros y en nuestros semejantes, y nos salva de cometer esos errores a los que sin embargo volvemos, cíclicamente, como vacas idiotas.

Pero bien, lo curioso es que mientras leía la novela sucedió un episodio que pareció ser su continuidad. En una exposición de innovadores veo a una muchacha muy guapa, hay algo familiar en su rostro. Me doy cuenta que la recuerdo, la he visto muchas veces y no sé por qué, ni de dónde. Sigo en mi trabajo, hago algunas entrevistas, la olvido completamente y un rato después vuelvo a verla, pero solo a un metro de mí. Como le sucede al personaje de la novela de Modiano, comienzo a recordar con nitidez todo, por qué la conozco, por qué me es tan cercana.

Fue cursando estudios en la secundaria básica. Su madre, mi profesora de Historia Universal, será el eje de la historia. Paneábamos la segunda guerra mundial. Nos explicaba las consecuencias sociales, de la ocupación nazi en Europa, y en el clímax de la explicación, describiendo a detalle el holocausto, la situación de cada familia separada y humillada, comenzó a llorar.

Esta escena, naturalmente, quedó grabada en mi memoria, podría decir que no he vuelto a vivir algo parecido. Quise decirle eso a aquella muchacha, un pequeño homenaje, un acto de vindicación, -imaginé que su madre no la pasó bien, materialmente, siendo maestra toda su vida atrapada acaso en una vocación y en asumirlo o no con honor-. En fin. Me movía la fuerza de aquella escena escolar en los 90s.

Me decidí a hablarle. Para abrir le pregunté algo que ya sabía, si su madre era maestra, asintió, y luego qué estaba haciendo ahora. Había muerto hacía apenas unos meses, dijo. Y tuvo un pequeño estallido de llanto. Como tengo ese problema de emocionarme sin control, traté de alejarme lo más rápido posible y en la huida me preguntó si yo había sido su alumno. Escuché la palabra “alumno”, y sonó especial. Como si conociese a su madre, y me situara en ella, en escenas similares a aquella en que lloró en el aula, y a esta.

Y recordé aquel día en el aula, el rostro atribulado de la profesora, sus arrugas tempranas, su ropa zurcida, sus gafas de ver de cerca con una pata remendada. La habíamos hecho calentar por algo y nos burlábamos de ella, separada y con dos hijas, empequeñecida frente a los cortes prolongados de luz, la inflación horrible, la falta de alimentos.

Recordé el silencio en el aula mientras la profesora lloraba, sola, para sí misma, como un árbol que se quema porque sí, porque es combustible, olvidándonos. Y recordé que entre lo que fueron las familias cubanas antes y después de los 90s, había igualmente un campo de batalla y fracaso, con cuerpos esqueléticos, cenizas y ascuas humeantes. Familias separadas, y escombros. Silueta de barricadas justo después de una arremetida en el frente. Y cuerpos destrozados. Y olor, especialmente, olor a carne quemada.

Alejándome de la exposición, sin mirar hacia atrás, volví a Calle de las tiendas oscuras. El personaje perdió la memoria no se sabe por qué, no se explica el incidente. El golpe que lo separó de su vida y pasado, fue la guerra, pero una guerra nunca será definitiva, al menos mientras sigamos vivos. Él se enfrasca en retornar pero ¿por qué? Pues porque somos esa memoria, el barrio, la casa, los objetos, los amigos, una mancha en la pared que miramos durante años. Somos lo que regresa a nosotros, algo que, efectivamente, una bomba, un conflicto armado, un cataclismo natural, una distensión puede interrumpir, pero solo temporalmente.

*Este texto fue publicado en la Jiribilla, pero lo he revisado.

Respuesta a una encuesta sobre qué yo creo acerca de lo fino

Carlos Melián Moreno

Lo fino. Yo lo vinculo a la elegancia. La finura es femenina. Una mujer fina se sienta con la espalda estirada, y casi nunca parece cansada. Cuando parece cansada, agotada se vuelve muy atractiva, erótica. Estas mujeres se cuidan el pelo, no siempre usan tacones. Usan poco maquillaje y perfumes. Que una mujer se planche el pelo, al menos en Cuba, se sale ya de la línea de lo fino, y entra en la de “lo miki”. Poniéndome sincero, prefiero a las mikis. Las mujeres finas tienen un valor agregado secular, hay que saber apreciarlo. Las mujeres mikis pretenden lo fino de una manera inmediata y fallida, pero parecen menos problemáticas, parecen portar con menos exigencias. Lo cual es falso, y pura apariencia. Quizás las mujeres finas no les importe tanto el sexo como a las mujeres fiznas del universo miki, lo cual probablemente es otra generalización engañosa. Yo soy un hombre y la mayoría de las veces los hombres pensamos con el pene. Me disculpo por ello.

Ahora bien, lo fino en cuanto a arquitectura, a indumentaria, ¿qué significa para mí? Cuando viajo a la Habana siempre trato de quedarme en casas de mis amigos pobres. En esas casas todo es precario, uno puede encontrar a menudo equipos y objetos remendados. Esa
remendabilidad, o condición de remendados, los hace para mí objetos entrañables. Tengo muchos zapatos inservibles en mi casa porque me cuesta afectivamente botarlos a la basura. Casi todos han sido remedados por mí. También sé elaborar pantalones, y le tengo afecto a esos pantalones que he cosido. Así que esos espacios pobres, a medio hacer, remendados, me hacen estar en confianza, me son cálidos. En esas casas de gente pobre, por demás, me atienden mucho mejor que en las casas donde he visto, de un modo casi obsceno, lo fino. Lo fino de veras.

Pongo un ejemplo. Hace un tiempo visité la casa de un arquitecto bastante célebre en Cuba. Las paredes estaban llenas de cuadros de los mejores pintores de Cuba. Para ver a ese señor, al que conozco y me conoce desde que yo era un niño tuve que hacer una cita. Fue amable conmigo, pero era una amabilidad de azafata, de buenos modales. En esa casa me daba miedo sentarme, o estropear algo. Los que habitaban la casa me trataban de una forma nerviosa, yo estaba importunándoles, quitándole su preciado tiempo, alejándolos de sus responsabilidades (que les permitían poder adquirir a precios elevadísimos esas obras de arte de los mejores pintores cubanos del momento). En esa casa había una sirvienta, y esa sirvienta me miraba como si no tuviera una opinión sobre nada. Era una casa ideal, la que todos queremos tener, pero acaso es una casa tiránica. El tipo de casa que tipos como yo no quiere habitar.

Hace un tiempo en una cola vi a dos haitianas (vienen mucho a Santiago de Cuba a comercializar ropa) estaban mal vestidas, a una le nacían pelos encaracolados en la barbilla. Eran tan pobres o más pobres que las mujeres cubanas, sus cuerpos eran feos, gordos, toscos y hablaban en ese francés creole. En un primer momento percibí aprensión, una aprensión consciente, económica, nacionalista, fascista, en un segundo momento comencé a escuchar una segunda señal: cercanía. La señal de mi corazón era afectuosa.

Un amigo mío, muy culto, siente aprensión por los colores vivos conque pintan las calles de Santiago y de la Habana. En momentos de lucidez dice que pintan edificios que no deben ser pintados, pero sé que no es eso lo que en el fondo le molesta. Le molesta el color, pero tampoco es el color lo que en el fondo le molesta. Mi amigo se viste con colores fríos que escoge puntillosamente como toca a la gente fina. Mi amigo, si lo dejan, pintará de colores grises y europeos toda la Habana y todo Santiago; lo escucho a a menudo reprochar las fachadas recién pintadas de colores chillones, y la arquitectura precaria de las casas que la gente hace por esfuerzo propio. Veo en mi amigo el reflejo de lo que son nuestras personas finas. Si nuestras personas finas son las que al final determinan el alto gusto dominante, ¿qué seguiremos siendo nosotros en los próximos 100 años?

Para terminar esta encuesta, hice lo siguiente, leí desde el principio hasta el párrafo anterior, examiné todo eso como una patología, como una deriva, y estas son mis conclusiones: lo fino para mí expresa el individualismo más tremendo, un individualismo, por demás, fallido y patético por ajeno e importado (ya sé, ya sé que suena mal, lamento decepcionarte). Lo tosco y lo pobre, lo kitsch, expresan esa cultura de la pobreza de la que provengo, cultura popular: las taras económicas, culturales, y educacionales, etcétera, etcétera.

Esa -digamosle- “pobreza” expresa una zona oscura a la que no mira usualmente la gente que podría hacer algo edificante con ella. Este no es un mundo precizamente de valientes. Bueno, mi tesis -nada original por cierto- es que en esa zona obscura está totalmente virgen lo que podría ser nuestro verdadero destino americano, lo que podríamos sacar afuera para construír para bién. En esa zona esta la locura – que en definitiva es lo que nos mueve, ¿no?-, pero le tememos por supesto a la locura y a la pobreza. Nada de lo que tenemos es genuino, incluso nuestros Dioses son importados (ya se nos fue ese tren por cierto).

El resultado de todo esto es la solidaridad y calidez que en ciertos grados de precariedad surge entre las personas. El resultado de todo esto va a algunos buenos poemas, que se asumen luego como finos, como alta cultura. Yo defiendo sobre todo, porque es lo que nos va quedando acaso de la locura, esa solidaridad. Esta solidaridad es cálida para mí. Implica mucho más fidelidad que la que observo y percibo entre la gente fina, emprendedora, exitosa, enfocada. Incluso los nuevos ricos, con sus ventiladores de techo, con sus colores chillones, con sus columnas dóricas y paredes enchapadas de lajas, me caen bien, me despiertan ternura. Me generan cercanía.

Cuando me atrae una mujer fina sudada, orinando, o llorando, quizá me atrae verla en un estado de precariedad. Todos somos precarios. Quizá lo fino pretende hacernos creer que nada es precario. Que el ser humano venció sobre el caos, y la precariedad.

Un amigo mío dice que la mejor manera que existe de sacarse a una mujer, idealizada, de la cabeza. La mejor manera de comenzar a olvidarse de ella, y bajarla de un pedestal es imaginársela cagando. Pensémos bien en esto, creo que por ahí va la cosa. Hagamos algo con eso.

Ver proyecto http://www.finotype.org/blog/, de la investigadora Jacqueline Loss.

Carne de cañón, la tradición

Bueno Jon*, te respondo con más tiempo. Para actualizarte sobre Cuba, sobre mi proyecto, sobre la Esperanza. No sé si has leído sobre lo que pasa en Costa Rica, bueno, ahora hay una crisis migratoria allí, lo bastante coherente como para creer que ha sido orquestada, o estimulada, muy inteligentemente por un dramaturgo. El fin: derogar una Ley. La famosa -para nosotros- Ley de Ajuste. Esa ley permite que cualquier cubano pueda entrar a los Estados Unidos y automáticamente es admitido por un programa de reincorporación a ese país, que incluye, incluso, subsidios. Es una ley básicamente de politiquería, pues más que la emigración estimula la deserción, la salida ilegal, la desmoralización. Es una ley populista, hecha para una puesta en escena. Lo más importante para esa es que el cubano de a pie huya del socialismo, se arroje al mar, sea creativo.
Como sucede en la política, el ciudadano, el vecino, es la carne de cañón, y en este casopues, la gente se ha tirado al mar de forma bastante espectacular; ya sabemos que para buena parte del mundo -la que sabe que Cuba existe- los cubanos somos algo cercano a balseros de nacimiento o algo así. Y si en parte el mundo tiene razón es, en parte, por esta ley. Se ha muerto gente en el mar, pero también hay otra gente que no ha muerto, y le ha ido mejor en Gringolandia gracias a esta ley, en comparación con otros emigrantes tercermundistas, y en comparación con los propios cubanos que se quedan en la isla, (mucho de los cuales medianamente visten, medianamente calzan, o construyen sus casas, gracias a las remesas). Se dice que le estado de bienestar americano fue la respuesta americana a la alternativa soviética. La Ley de Ajuste, guerrafiísta por antonomasia, parece la misma figura política.
Es decir que para mucha gente en Cuba, en la cual me incluyo, esa ley es una especie de puerta de salida alternativa: si el agua te llega al cuello en Cuba, si crees que no tienes futuro y no estás dispuesto a dilapidar tu vida así, o si crees que se acerca un futuro negro, una guerra civil, u otra catástrofe como fue el Periodo Especial en los 90s, el cubano piensa que tiene un lugar alternativo, relativamente cálido y ese hogar es los Estados Unidos, y sobre todo Miami. La Ley de Ajuste viene siendo, agregaría, otra coartada paternalista –ya te hablé de eso, ¿recuerdas?-, de origen también Estatal (en definitiva es pagada por el contribuyente americano) que acaso nos impide enfocarnos en crear un sociedad sólida, próspera que definitivamente construyamos todos sin arrojar culpas a nadie, sino a nosotros mismos. Así que una buena parte de Cuba, del cubano de a pie, o del cubano que no es de a pie, sino de nuestra particularísima clase media, no quiere en el fondo que quiten la ley, un poco por esa propia inercia y los maloshábitos que por defecto ha generado nuestra precaria y
accidentada ruta de construir un país alternativo sin desigualdades al menos escandalosas.
Ahora bien, ¿por qué ahora se habla de desarticulación de una red de trata de cubanos de la cual se beneficiaban medianamente miles de traficantes en Centroamérica, y miles de cubanos que iban por ese canal hacia el sueño, o la estabilidad Americana? Pues porque la Ley de Ajuste quizá es un problema menor, soluble, en la hoja de ruta de eliminar el embargo económico que anunció Obama. La Ley de Ajuste, por su arbitrariedad a voces,  es una de las cosas que más entorpece ahora mismo la eliminación del embargo, y esta situación en Costa Rica precisamente parece justamente una jugada de laboratorio salida de una mesa de conversaciones migratorias a través de medias frases e insinuaciones.  Como es regla en la política, hacía falta un pretexto, y lo han encontrado en el cuello de botella de Costa Rica. La Ley de Ajuste por otra parte ensucia el propio proyecto Americano de resolver su propio problema migratorio, que es bastante grave ya, y Obama -apostillado por Raúl Castro como un “hombre decente”- parece una especie de moralista burgués al que le interesa ganar conflictos de la forma más limpia posible.
Esto no solo lo sabe el gobierno y la gente de Cuba, lo saben todos los Gobiernos que -acaso por solidaridad- quieren que quiten en bloqueo, o los políticos de Latinoamérica que a través de sus ciudadanos sienten aunque sea un poquitín de amor propio: ¿por qué a un cubano sí y a un mexicano no? ¿De contra que tienen que tragarse nuestra arrogancia de izquierda, nuestro heroísmo de izquierda, también tienen que tragarse una situación migratoria preferencial?Una ley, por demás, insoslayable frente a un gran tema ahora mismo de escala internacional: la Inmigración.
Así que la carne de cañón siguen siendo esos 4, 5 o 6 mil cubanos varados en Costa Rica. Ellos, sin saberlo, son la soldadesca que se desbarranca en esta amarga comedia política, que ya está dando resultados: Ecuador anunció que exigirá visas a los cubanos (la TV cubana, aficionada a la protestas foráneas y alérgica a las protestas internas,le dio cobertura a una de cubanos en la embajada de Ecuador en la Habana). Asimismo Costa Rica dijo que no otorgaría más permisos temporales que incrementen la crisis. Por otra parte el New York Times sacó un editorial exigiendo que quiten la Ley. Una puesta en escena que se parece demasiado a la que precedió al anuncio del 17 D. El castillo de naipes se resiente, es demasiado frágil.
He tratado de hacerte el cuento completopara caer en lo de la Esperanza y en lo de mi proyecto. El grado de Esperanza aquí lo da la cantidad de gente que se va de Cuba ahora mismo. Ven una esperanza fuera de Cuba, lo cual puede ser bueno en la desgracia, pues esa opción nos salva de cualquier forma de suicidio; o puede ser malo, en cuanto a que todo se vuelve mucho más inestable de lo que normalmente es: entre los que se van hay mucho potencial, fuerza calificada, gente valiosa, que podría –aunque parezca un lugar común- quedarse a presionar por un país que responda en todas las direcciones a los sueños de sus ciudadanos y no a los sueños de una dirigencia. Mi proyecto se accidenta en esta circunstancia: mi compañero de tándem que se encargaba de la Producción emigró también a los Estados Unidos. Y ahora, como el personaje de mi guión, me he quedado solo, empujando.  Lamentablemente la secreta o manifiesta reticencia de muchos cubanos de a pie a que quiten la Ley de Ajuste–y yo todavía soy uno de ellos-, revela cuanto nos falta aún para asumir de una vez por todas una lucha limpia.  La mayoría lloramos y pusimos grandes esperanzas en lo que sucedió hace un año el 17 de diciembre, pero la mayoría, ofuscada a veces por necesidades aparentemente primarias, no parece asumir que quitar la Ley de Ajuste es, a priori,  necesario,  primario. Esta perspectiva nos deja mal parados: no nos hace tanto un país de héroes, como un país demasiado permeado
de retórica, charlatanería, autocompasión.
Tú, Jon, que defiendes un país vasco independiente, toma nota del precipitado que queda luego de cinco décadas de un sistema económico, cultural, educativo –todavía-altamente politizado. Imagina, Jon, la política en el centro de la vida social de un país, y que un país de políticos puede convertirse a la larga en un país básicamente de aire.

*Jon es vasco, lo conocí en el carnaval santiaguero del 2015.

Entonces recordé a Flaubert

Portada del proyecto "El Caso Nolberto."

Portada del proyecto “El Caso Nolberto.”

Por Carlos Melian Moreno

ZZZZ nunca puedo leer las cosas que me envías inmediatamente, abro el correo, lo copio y cierro inmediatamente para economizar, -es caro el servicio- y lo leo luego en la casa. Tus observaciones, tus sombrerazos me han servido, no tienes que disculparte. Es cierto todo lo que dices, uno se da cuenta de cuan complicado es, uno comienza a entrever los límites, las fronteras. Escribir con la pinga es fácil, con el pecho es otro el lío. Entonces heme aquí, creía que el cine era un arte que requería de un esfuerzo mayor, de altura, que era un arco bastante hermoso cuyo privilegio hay que merecer, sin embargo no solo es el cine como no solo son los manuales y esa especie de caligrafía aceptada que son las reglas dramatúrgicas, no son ellas ni el hecho de ser pobre y de provincia quien define si estás metido en una pelea grande o pequeña, o si estas, vamos a plantearlo con todas sus letras metido en una verdadera pelea. Escribir este guión me ha puesto en un ring real, nunca me he sentido tan solo, tan a expensas de mis propias fuerzas, justo cuando sé que no tendré un pretexto real para abandonarla. Aun subidos en la cresta de la ola se va deslindando quien es quien. Aun subidos sobre la cresta, deslizándonos por una delgada tabla de surf, hay apuestas aun superiores, que no se ven, que no están definidas, digamos que la cresta termina en Aristoteles, Comparato, Field. A partir de ahí comienza otra dimensión, otra ola, otra playa, desconocida aun para mí. Con este guión ya he remontado la cresta, ya estoy de pié sobre la tabla, y tu precisamente, quizá porque me conoces, o porque te conoces, me estas diciendo que hay otra ola, que me fije bien. Y es por lo que justo ahora estoy aspirando: la otra ola. Pues me resulta difícil verla porque quizá uno no la ve, uno creo que solo la siente. Que tal si se trata de una búsqueda. Que tal si mi personaje es una búsqueda y no una certeza. Que tal si es ahí donde terminan los Aristoteles, Field y Comparato, y se apagan las luces y solo quedas tú contra ti mismo. Evidentemente desde mi primer cortometraje siempre los hechos sociales me han dejado insatisfecho, que hay detrás de un hombre corrupto, no son los hechos sociales los que determinan, hay algo anterior a ellos, que tampoco es Dios. Muy pocos políticos lo comprenden. ¿Qué determina que un hombre mate? ¿Los hechos sociales? No lo creo, hay algo anterior, hay una angustia, una predisposición a la angustia, hay algo erróneamente canalizado, o estimulado por la educación social digamos, que no tiene que ver con lógicas externas. Otra cosa es la que jala el gatillo. Y esa otra cosa, está en la otra ola. Los libros te enseñan a escribir con la pinga, la vida con el pecho. No sé si seré capaz, de atrapar ese espectro qué hay allí, sin embargo afinar el oído en esa dirección purifica. Le dije a un socio que estaba pensando dejar esto, colgar la toalla y meterme al periodismo -algo que en verdad apesta no tanto por la profesión sino por la decisión- y él me dijo que no me sintiera mal que en verdad ¡¡¡¡yo nunca había sido tan bueno!!!!, hijo de puta, como si se tratara de ser bueno o malo. Entonces sentí lo de siempre, me sentí yo mismo, ¿sabes?, esa ha sido mi historia: un prurito de vindicación. Creo que uno se revela contra esas cosas que constantemente intentan situarlo, que le dicen “donde le toca estar”. De ahí, de esa zona de angustia, se sabe que saca el escritor su material aun cuando no lo haga, como yo, por una pulsión de vindicación. Entonces dormí como un bebé (hace como 15 días que me despierto a la 2 de la mañana sin poder pegar ojo). Y amanecí como siempre, con ganas de pinchar, con un pistón indiferente, de acero, inoxidable, entre el pecho y el pecho. Entonces recordé los fracasos de Flaubert, y esa escena suya tan buena, la del carruaje que pasea por Paris, dentro va Madame Bobary templando con su amante, Flaubert no describe lo que sucede dentro, solo describe el recorrido del coche, los barrios por donde pasa, dedica miles de palabras, cuartillas enteras a eso, -puro guión cinematográfico- la escena comienza a extrañar y a generar sentido y a crecer y crecer y crecer, la escena supera la hoja, y al pobre Flaubert lleno de dudas sobre sí mismo, y cruza océanos, cruza el tiempo y llega a este teclado y yo describiéndotela. Una idea arriesgada que solo podría venir de un hombre que dudaba de su propia forma, que no sabía cómo escribir porque quizá no se sabe nunca cómo escribir, quizá hay una raza de escritores que no saben exactamente de qué escriben, comienzan creyendo que lo saben quizá, pero llega el momento en que el propio personaje se lanza su propio anzuelo. Solo el hecho de salvar frases hechas, revela un deseo mineral, digamos, de búsqueda, un deseo de soledad. Todas las novelas de Flaubert son asimétricas, tormentosas, uno puede imaginar el ceño fruncido del escritor que evita entrar por la puerta del vulgo y busca un agujero en la pared, o saltarla. Esa pulsión natural, del propio escritor es la que lleva a un hombre a matar. El escritor exigente y ambicioso quiere armar su propia épica, se detesta a sí mismo, al hombre vulgar que es. Mira que hablo mierda. Bueno ZZZZ espero que no te hartes de mí. Esta forma de escribirte retorna a mí, tú me las devuelves, es precisamente lo que quiero. El teléfono de mi casa es ZZZZ, pero no creo que sirva de mucho hablar por teléfono, no es cómodo para mí hablar a larga distancia y menos entre países. Ya estoy mejor, ya tengo el tono, me has reseteado, lo pierdo, lo pierdo, ah que fula.

Cuando voy al zoológico de pronto me siento infeliz

Carlos Melián Moreno
Desde la poza de la piña hasta el campismo el Yunque hay más o menos un kilómetro. Se puede ir caminando por tierra de un punto a otro, o nadando por el cauce del río Duaba. Cuando propuse ir por agua me di cuenta que nadie valoró esa posibilidad. Y me pareció absurdo. Así que esta vez, fuimos solo cuatro: Chely, Yondainer, Raúl (que se incorporó después) y yo. En una parte del tramo el fondo es muy profundo, y en otra es demasiado bajo: un pedregal insoportable para la planta de los pies, un calvario que al final uno prefiere sobrellevar flotando a costa de rayarse un poco el pecho.
Era una escena absurda, sin nada de gloria, vernos allí como cocodrilos que la corriente despoja de dignidad y son puestos bocarriba, encallarse en una piedra o dar vueltas. Pero en general fue una de las experiencias más finas que tuve en esta versión de la guerrilla. Hay muy poco peligro en este tramo, incluso yo que ando imaginándome siempre bichos bajo el agua, me sentí muy confiado porque el Duaba es un rio de montaña, no una ciénaga. La montaña es primigenia, sincera, ingenua; la ciénaga es cínica, pragmática, tierra de pícaros. Sé que suena fula, inflado, idiota pero la montaña, el monte y yo, siempre seremos esa gente que se aparta buscado un tono común, un poco de silencio, que de solo mirarse ya sabe lo que piensa uno y otro.
Bueno, la cuestión es que nadando por el tramo profundo comienzo a oír, -pues no hay nada más que oír- el choque del río contra la orilla, el discurrir del agua y su murmullo, algunos bichos que se adelantaban a la noche – el cielo iba poniéndose mate y todo se teñía de un tranquilo gris. Y le explico a Yon que ese murmullo del agua en primer plano, me hace recordar una de mis escenas cinematográficas preferidas, la del estanque en Luz Silenciosa de Carlos Reygadas. ¿Por qué es hermosa esta escena? En ella, no pasa absolutamente nada aristotélicamente hablando. Una experiencia pequeña, incluso sin consecuencias: unos hermanos pequeños con sus padres, pecosos, rubios, se bañan tranquilos, enjabonándose la cabeza, sin sobresaltos en una especie de piscina de rio, natural, represada. Escena que no estallará nunca, al menos no de forma causal. Una pequeñez que reflexiona sobre la pequeñez misma: el espectador se da cuenta que en ella no sucede nada en un marco cinematográfico contemporáneo donde por lo general suceden cosas extraordinarias o simples que deberán crecer o estallar después, como la famosa regla de Chejov: una pistola que aparece en el primer acto debe disparar en el último. En Luz Silenciosa la misión es otra: una historia de amor, extraordinaria no por su valor formal o sociológico, sino por su búsqueda documental aun siendo ficción. La del estanque es una escena que anuncia lo que pretende Reygadas en todo el filme: la expresión de Goethe: “detente momento eres tan hermoso”, es decir, hacer un alto y mirarnos vivir, latir a nosotros mismos.
Cuando vi Luz silenciosa por primera vez en 35 milímetros, creí en la intención de simular la mirada de un dios menor -es decir, acaso un alienígena- que visitaba la tierra y se maravillaba mirándonos. Criaturas que viven, inhalan y exhalan. Que viven y mueren, se alumbran y se apagan al mismo tiempo. Digamos que el dios menor en ese safari didáctico por el universo descubría en nosotros la grandeza de la Naturaleza. El no-actor es expresión máxima de este enfoque: se deja filmar, no posa, no actúa, no se enciende, porque cuando se actúa -bajo cualquier método- se pierde a ese hombre despojado y de bajo perfil que en verdad somos. Solo al no-actor lo podemos ver vivir y morir frente a la cámara. Mucho mejor si el que lo filma lo sabe. El que prefiere al no-actor le hace sobre todo un culto a la Naturaleza. Bueno, pretendí explicarle a Yon que la del estanque, era una escena valiosa por la misma razón, o predisposición sensible que nos impulsaba a nosotros a flotar lentamente, sin sobresaltos, por el Duaba. Nadando hasta el campismo por el cauce perseguíamos una experiencia poética -eso no se lo dije-, estética, épica, ingenua, despojada. En general queríamos inyectarle, y generarle valor al tiempo insulso que dedicaríamos en el traslado de regreso al campismo. El tiempo muerto, el sonido de las aguas, generaban la necesidad de detenernos sobre su simplicidad, sobre la simplicidad, y generarle un sentido. Haberlo hecho juntos propició la posibilidad de compartirla entre nosotros -Yon, Chely, Raul y yo- o en último caso con los que leen ahora este blog.
Pero que viajemos juntos a un campismo, a un safari de atracciones colectivas o personalizadas, no quiere decir que estemos juntos y en disposición de compartir. Mientras más atractivas son las vivencias menos posibilidad tenemos de generarle sentido, nuestro propio sentido, o mirar hacia un lado. No por gusto aquel viaje al Nicho, donde solo teníamos casas de campaña, un río, una comunidad vecina a la que tuvimos que abordar para sobrevivir, fue una de las más intensas y donde más nos conocimos unos a otros. En el mismo tono del río Duaba, y la escena del estanque de Reygadas, y Yon íbamos descubriendo algunos puntos en común: orinar de cara al monte; trabajar de madrugada y en silencio; la deliciosa celulitis que la mujer comienza a criar a medida que madura.
La experiencia de flotar por el rio, asistir a esa galería natural de grandes palmas, árboles de cacao, murmullos que nos miraban, pero indiferentes, tiene sentido para mí, pero no por ellos mismos, sino por la necesidad de compartirlos. La naturaleza, los lugares que visitamos, las proezas locales, estas son en última instancia, igualmente indiferentes, frías, enfocadas cada una en lo suyo. Una de las cosas que más me molestan de los zoológicos, lugar que detesto tanto como los circos, es la indiferencia trascendente de esas bestias encerradas. La forma oblicua en que me mira la hiena o el tigre que van de aquí para allá, me hacen sentir idiota. Solo piénsenlo: hay algo profundamente idiota en eso que hacemos, algo profundamente angustioso en el acto de encerrarlos y luego visitarlos. Me pregunto si el animal no lo siente, hablo en serio, solo es un sentimiento, no digo una idea, el animal debe sentirlo, es una pequeña sensación de vacío, al menos una vez en su vida. Siempre tuve ese sentimiento visitando un zoológico, desde niño: “hay algo mal en esto que hacemos, sí, hay algo mal en poner a ese gorila ahí -los patos no, todos saben que se lo pasan de maravilla-, pero los gorilas no”. Cuando voy al zoológico de pronto me siento infeliz. Para esas criaturas solo somos sombras. Cuando paso por la Plaza de la Revolución y veo a todos esos ancianos blancos, occidentales, tirándonos fotos, me siento un animal en su reja, y siento que lo prefiero, sé que harán con esas fotos, y que harán luego mañana y pasado mañana. Puedo sentir que sentirán ellos al llegar a sus casas y cerrar la puerta tras de sí. Entonces prefiero ser hiena, y mirarlos ajenos a esta catedral de contenido que soy capaz de generar en apenas cinco o seis metros cuadrados de jaula.