El peligro de trabajar con gente que no cobre un centavo

Hace poco un amigo de Santiago reunió a toda la gente y la locaciones para filmar un corto. Estaba contento por que sin pago alguno los actores se habían comprometido lo suficiente para asistir a los ensayos. Se sentía algo seguro y optimista con los resultados obtenidos en las escenas montadas previo el rodaje.

La empresa marchaba bien, el tipo que le iba a poner los medios técnicos le dijo “sí, el lunes”. Todos estaban citados. Mi amigo había gastado ya trescientos pesos de los fondos de la producción –un trato leonino con una productora extranjera que te pone 1000 pesos, es decir 40 usd  y te reclama luego el 55 por ciento de los ingresos-, había comprado una merienda y otras cosillas.

¿Y qué sucedió el lunes?  Pues el tipo que iba a poner los medios no se apareció. La noche anterior, el domingo, le había dejado dicho con la vecina que había tenido que viajar. Conozco a ese tío. Me hizo casi lo mismo cuando me disponía a filmar mi corto “5 minutos”

Gracias a que me había molestado su manía de productor de hollywood de meter las narices en mi historia insinuando no apoyarme, lo mandé silenciosamente a la m…, pues uno no debe cerrase puertas, aunque como en su caso estén salpicadas de excrementos.

Me la olí con ese tío. Quedé en ir a su casa a amarrar las cosas y no fui temiendo que iría a perder el tiempo. No me equivoqué. Lo llamé por teléfono justo a la hora de la cita para disculparme e inventar cualquier pretexto y saben qué: nadie atendió. El tipo había salido por ahí dejándome potencialmente plantado. Y lo más gracioso, una semana después, oí que decía que yo le había dejado plantado.

El mundo está lleno de tipos como ese. Para la producción de mi “5 minutos”  busqué  gente allegada. Mis grandes amigos, aunque el cine no fuera su fuerte, fueron los que me tendieron su mano.  Con vehemencia o con burla, convencidos o no de lo que hacían, pero estaban allí conmigo.

Rolando Leyva Rolo, Dtor de Arte, Halislán Fernandez, Producción y Maikel Michelón, asistía para cualquier cosa. Estos trabajaron por convicción cinemátográfica. En general tuve mucha suerte al encontrarlos. Foto: Miguel Angel Rodríguez Romero.

Rolando Leyva Rolo, Dtor de Arte, Halislán Fernandez, Producción y Maikel Michelón, asistía para cualquier cosa. Estos trabajaron por convicción cinemátográfica. En general tuve mucha suerte al encontrarlos. Foto: Miguel Angel Rodríguez Romeo.

Con los actores también fui especialmente cuidadoso. Aunque desconfié, no tuve problemas con ellos, pues en Santiago de Cuba -quizá me equivoque, uno no para de equivocarse- las personas están lo suficientemente asfixiadas para saber que para levantarse y salir del hueco de vivir en provincias hay que mover los músculos y no vivir de bonitas esperanzas.

Pero que quede claro: trabajar con alguien al que no le voy a pagar no me enorgullece. Primeramente no se promueve el cine de esta forma. La voluntariedad no construye nada de forma sostenible. El hacer por amor al arte, la voluntariedad como panacea, aunque muy hermosa, es ilusoria y falsa, pues los seres humanos son humanos y no máquinas de caracteres sentimentales inalterables. Aunque se supone que en un momento determinado te ayudarán con todo el amor, no lo harán siempre con todo el rigor que necesitas, pues desgraciadamente no hay un incentivo superiror que los motive y mecanice (o responsabilice) de la misma forma que se motiva, por ejemplo, el cabeza del proyecto (el director). Y creo que mucho más hermoso que la voluntariedad es  la posibilidad de poder vivir de hacer lo que se quiere.

Cuando uno trabaja bajo el principio de la voluntariedad, la mayoría de las veces -con contadas excepciones- sucede que el proceso de producción tiende a anarquizarse. Es decir, como te trabajan por amor al arte la mayoría se siente con el derecho de que sus ideas sean puestas en el resultado final.

Eso no es democracia sino anarquía. No todos los que te ayudan tienen siempre el suficiente sentido común para convertir sus opiniones en actos que sirvan al todo, y hacerte el trabajo más fácil. No siempre comprenden que has escrito historia y que ellos en cambio defienden esa película que con mucha pasión han imaginado en súper elucubraciones – película-.

No siempre encuentras tipos que saben hacer su trabajo con todo el talento e ideas verdaderamente buenas. Pero los hay. Incluso si les desapruebas ésta o aquélla solución no pierden el incentivo.

El que trabaja sin pagar debe tener el olfato activado y saber discriminar, desde el principio, a quién se le ve con el ego demasiado subido, o un poco flojo, o trabajar sin la convicción de  que aquello, si no le va a cambiar la vida, al menos sí va a representar algo especial en su gris rutina cotidiana. Y que de cualquier forma saldrán enrriquecidos.

El gran Alipio. Halislán Fernandez me hizo la producción gruesa. Me consiguió tres motos, un autobus, meriendas. Es un gran amigo, pero ¿ven esa cara, el ceño fruncido? es justo lo que vemos: ese tipo nunca ha hecho nada sin deceos.

El gran Alipio. Halislán Fernandez me hizo la producción gruesa. Me consiguió tres motos, un autobus, meriendas. Es un gran amigo, pero ¿ven esa cara, el ceño fruncido? es justo lo que vemos: ese tipo nunca ha hecho nada sin deceos. Foto: Miguel Angel Rodríguez Romeo.

Aunque, bueno, siempre hay dos o tres a quienes sí les gustaría hacer cine de verdad. Pero esos son dos o tres. Alcanzan los dedos de la mano. Hay otros que irán porque les interesa ser cineastas, la fama, toda esa mierda y es el caso del  amigo  productor que mencionamos al principio.

Estos tipos, son los que más me molestan, suelen atrasarte con unas “sugerencias”  que diplomáticamente debes escuchar; suelen comerse las meriendas y los almuerzos y, la mayoría del tiempo, sentarse a mirar, bostezar y conversar en medio de la filmación.

Pronto descubren que no hay nada más aburrido que un rodaje y desaparecen un par de dias. Luego regresan a ver como va todo y correrán la voz de que hiciste mal muchas cosas y que no eres muy apto.

No me interesa trabajar con gente que no cobre un centavo. Es una necesidad a la que le entro como el perro a la m… Pero sin esa opción, por supuesto, me ahogaría.

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