Los independientes hablan y la industria escucha

Por: Carlos Melian Moreno / 2009-04-19 17:26:36

El Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica (ICAIC), único representante del cine industria mundial en este VII Festival Internacional del Cine Pobre de Humberto Solás, luce como un hincha alemán en las gradas francesas. Y tal circunstancia es fácil de comprender si se tiene en cuenta que a este festival asisten esencialmente obras cuyo presupuesto no llega a los que suele mover regularmente la industria.

Precisamente los creadores que compiten, o forman parte de las muestras fuera de competencia, son hombres y mujeres, jóvenes en su mayoría, rebeldes en su mayoría, que se rebelan contra los modelos, los obstáculos, y condiciones que suele levantar cualquier institución que se ocupe de producir películas, como se ocupan las fábricas de autos a fabricar autos.

Pequeñas productoras dentro o fuera del país, que nacen a veces como buscadoras de financiamiento para la obra de un solo director o un grupo creativo, se abren camino más fácil por sí mismas que a través de los métodos burocráticos o, en ocasiones, comprometedores de las productoras-industria.

Ernesto Daranas -por ejemplo- mencionó que Los Dioses Rotos, rodado en digital y por los recovecos del cine independiente, pudo haberse filmado con la calidad del 35 mm si ponían dentro de los protagónicos a algún personaje alemán. Daranas, guionista y director de la obra, se negó y siguió por su cuenta con un grupo de amigos que en ocasiones trabajó a riesgo. Es decir, al te pagamos si aparece con qué hacerlo.

El cine pobre -pero independiente- representa la libertad de creación, la pasión, la inmediatez. La industria todo lo contrario, los obstáculos, la lentitud, la indiferencia de sus funcionarios.

El ICAIC, como industria, escuchaba sentado entre el grupo de realizadores que todas la mañanas se concentraba en la Casa de la Cultura. El foro esta vez era para los independientes, los que no tienen voz.

En verdad, la cincuentenaria institución no ha hecho otra cosa que promover precisamente un cine alejado del entretenimiento, un cine más cercano al cultivo del espíritu que a la recaudación de ingresos, un cine que no ingresa millones, al contrario, pierde en cada inversión auspiciada por el Estado. Y aunque sigue enclaustrada en un esquema, de cuyo laberinto y sueldos fijos aún no sale, seguramente envidia las rutas de producción “en línea recta” con que suelen bailar, con cierta ventaja, los independientes.

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