Un Tambor de Muerte

Mi principal enemigo en Holguín ha sido la falta de esperanzas. Esta ciudad, esta provincia, con todos sus eventos culturales, es provinciana. Por supuesto, me he preguntado muchas veces qué significa ser provinciano. Bueno, puede haber muchas explicaciones, la que más me satisface es la gira alrededor de las esperanzas.

Por ejemplo, cuando vivía en Santiago y escuchaba hablar de todos los eventos que acontecían y se inventaban en Holguín, me daba risa, los veía ridículos. Y me decía: pobre tipos, sé lo que quieren y no lo van a lograr. Mi actitud era la de un típico provinciano. 

Luego el azar me hizo caer aquí. Y descubrí que en algo me equivocaba, los tipos que le habían dado peso a esta provincia no eran holguineros, venían como yo desde otras provincias y con mentalidad de inmigrante, es decir, desarraigados, sin casa, sin nada, lejos de la familia y con muchos sueños, muchas esperanzas.

Posiblemente ni los inmigrantes ni los judíos son provincianos. Tienen plena conciencia de su desventaja, de su maldición, una maldición que les pisara los talones toda la vida y los condicionará, los animará a no quedarse quietos. Ellos generan por inadaptación.

Esta es una ciudad light. La gente tiene una vida light, y aspira a una vida light. Supongo que lo mismo pase en otras provincias y ciudades del mundo, pero ahora vivo aquí, y es de ellos de los que puedo hablar.

El sacrificio, justamente es lo que  parece no estar dentro de sus planes. Quizá confundan sacrificio con infelicidad, sin saber que la felicidad más intensa, como el orgasmo, solo se logra con una preparación previa lo suficientemente larga. Claro, conozco a algunos holguineros por ahí que son buenos púgiles: uno entre miles. Otros que tienen buenas espuelas para la lucha prefieren echarla en otra parte donde se esté “más cerca” de la gloria.

La Playa, así le dicen a un gran complejo hotelero con playas al Océano Atlantico es el principal succionador de esperanzas de esta zona. Es solo un ejemplo de lo que pasa a otras escalas. He visto músicos, bailarines perder su esencia gracias al poder hipnotizador de La Playa. Y todos ellos, por supuesto, agradecen, y hasta se sienten afortunados de haber nacido en el radio de acción de La Playa. Detengámonos en esta oración inolvidable: La Playa.

Ves toneladas de gente marchando hacia La Playa como verdaderos zombis. Son un verdadero poema. Marchan a esa muerte al toque de un tambor. Tum tum tum. Una muerte “obrera”, una muerte “digna”. Les ves las caras, son grises, los uniformes los reducen a cero. Tum tum tum. Y caen en aquel gran  agujero negro que los devora y los hace desaparecer. Tum tum tum.

La gente que, sin sacrificarse, prefiere ganar dinero en los hoteles de La Playa abandonando un proyecto, pero también los que prefieren hacer lo que da dinero seguro y a corto plazo con espectáculos chatarra, tienen es esa esperanza provinciana y cotidiana de todos los días, la del animal.

Sus esperanzas se han reducido a la distancia que hay entre el sujeto que paga y él, y entre el artículo que comprarán luego para tener esa “vida digna” dentro de aquel ataúd de cemento llamado casa.

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