Pizza de jamón, otro mundo bajo nuestros pies*

Entrevista a Carlos Melián

Por Miryorly García Prieto

Carlos Melián (Santiago de Cuba, 1979), convencido de que no solo en La Habana se puede hacer cine, debutó en la 9na edición de la Muestra Joven con el corto de ficción 5 minutos. Ahora regresa con un mediometraje, Pizza de jamón, que el año pasado había sido uno de los proyectos ganadores en la sección Haciendo Cine.

Aunque Pizza de jamón es un mediometraje de ficción, te inventas un reportaje y un spot televisivo y los insertas en el marco de la historia contada. ¿Son estos fragmentos recursos de confrontación para representar diferentes niveles o formas de acceder a una realidad?

Uno conoce que la TV y las noticias radiales usan la noción de forma, de belleza, de acabado, así que suelen recrear realidades bonitas, agradables y, al mismo tiempo, lejanas, utópicas, que en verdad no le pertenecen a uno de una manera real. Por ejemplo, el spot refleja un umbral de realidad que contrasta con los lugares grises y magros en los que se mueven Lupe y Jamonada. Por otra parte, quería decir que habría una cumbre en Santiago de la forma más rápida y barata posible. Hitchcock ha dado ejemplos muy elegantes de cómo hacerlo.

Cualquier género es insuficiente para acceder o representar la realidad. La realidad es frecuentemente mal localizada, porque las personas no quieren ver realmente su realidad, se tomarían asco de sí mismas. La realidad es incompatible con el arte por algo que no queremos aceptar de una vez y por todas, y es que todo creador da solo una versión: la suya.

En Pizza… todo es inventado, salvo los agujeros. En Santiago siempre se ha corrido la bola de que la provincia está hueca; cuando tiembla muy seguido, la gente piensa en recoger e irse. La idea me la sugirió además otro hecho real. Mi hermano arreglaba el baño de la casa, había puesto todas aquellas lozas blancas y mi mamá estaba radiante de felicidad, al fin veía su sueño de tener un baño de esos, todo azulejeado, como las casas decentes. Entonces faltaba poner las puertas. Él utilizaba una barreta de acero para abrirle espacio a los marcos, y cuando dio el primer golpe la barreta se fue de largo,. El suelo estaba hueco, y estuvo hueco durante más de veinte o treinta años, existía otro mundo bajo nuestros pies. Yo salté sobre ese piso, recuerdo que hacia barras colocando un tubo entre las paredes de los cuartos –es una casa de tejas sin falso techo-, me dejaba caer sobre el piso, y nunca ocurrió nada. ¡Era un milagro!

¿Lupe, Claudia, Jamonada y Pedro son víctimas o villanos?

Son las dos cosas. Parece una frase hecha pero todos somos víctimas y villanos, como todos somos monstruos tiernos, tenemos razones especiales para actuar de esta u otra manera. Podríamos comprender o aceptar el móvil de un asesino si nos lo explican bien, o si estamos en su propia carne. Pero sucedía también que el personaje me lo pedía, se esforzaba por ser real. El personaje imita a la realidad. Y la realidad es muy contradictoria, a veces más de lo que podemos tolerar. Por ejemplo, Pedro, el padre, pugnó mucho por aparecer en la historia, tenía cosas que decirnos. Rompió en alguna medida mi control sobre la forma. Y me pareció bien que así sucediera.

En cuanto a la producción, esta película tuvo una larga lista de colaboradores. ¿Cuáles fueron los fundamentales y cuánta ayuda te aportaron?

Todos fueron fundamentales, hasta la más mínima ayuda puede sacarte de un gran aprieto. La Gran historia comenzó con el premio CINERGIA, dinero en efectivo, aunque muy poco. Se sumó la EICTV, cuando estaba Tanya Valette, gracias a la comprensión de Maria Julia Grillo. Y luego entramos en la sección Haciendo Cine de la 10 Muestra Joven; ahí la Quinta Avenida puso una parte indispensable, y el ICAIC, el sonido directo. Además, utilizamos todo el dinero del premio que obtuve con el Último brindis, del Concurso Jameson en corto. Esa es la Gran historia; la pequeña, está llena de innumerables tropiezos, victorias pequeñas, desvelos, lejanía, rompimientos. A mí me interesaría más contar esta última, se aprende más de ella, pero es demasiado larga. Sobre todo tuve un colchón tras de mí todo el tiempo compuesto por la AHS, y la Dirección Provincial de Cultura en Holguín, que se toman en serio el trabajo de los creadores.

¿Qué ventajas y desventajas tienen para ti que descansen en tus manos no solo la dirección, sino también el guion, la producción general y la edición?

Supongo que tiene más desventajas que ventajas. No es recomendable. En mi caso no tenía a nadie que me hiciera la producción, convoqué a más de tres personas, ya ni me acuerdo cuántos fueron, pero terminaban por no creer en lo que hacían, y los comprendo. Aprendí a usar el Excel yo solo, me hacía falta, y yo mismo desarrollé –con la ayuda de Claudia Calviño siempre, vía email- mi propio modelo de producción. Pero todo eso al final me abrumó, y tuve momentos muy, muy negros. En cuanto al guión, bueno, hasta ahora solo he tenido la oportunidad de rodar guiones míos. La edición también me gusta, en esa etapa uno siente que toca con las manos a sus personajes.

¿Consideras que los jóvenes realizadores deben abordar la realidad que les circunda desde una perspectiva crítica?

Deberíamos comenzar por ser críticos con nosotros mismos. Deberíamos irnos un par de años a una montaña a meditar, y cuestionarnos sin darnos cuartel, luego bajar y ponernos a hacer películas desde un ángulo crítico.

¿Cuánto te ha significado la Muestra como espacio para insertarte en el ámbito cinematográfico joven?

La Muestra representa la posibilidad de un cambio decisivo en mi dimensión como realizador. En aquella última reunión de la 9na Muestra, dedicada a la producción, hablaron Inti Herrera, Claudia Calviño, Ivonne Cotorruelo, y todos dijeron más o menos que nadie les había enseñado el camino, y que estaban boqueando y aprendiendo de sus errores. Estos muchachos tenían más o menos mi edad, hablo como promedio, porque Ivonne y Claudia son mucho menores que yo. Ahí supuse que algo andaba mal conmigo. Mientras yo veía que el cielo se cerraba sobre mí, ellos acopiaban información, se hacían preguntas y trataban de contestárselas. No era muy diferente a lo que yo venía haciendo, pero me faltaba tenerme menos lástima, y apuntar hacia arriba. Kapuscinski, el periodista polaco, decía que una de las cosas que aprendió en África era ver como en aquellos pueblos miserables en donde vivió largas temporadas, se había extinguido la esperanza, un pueblo sin esperanzas no puede avanzar. Pues en las provincias se ha extinguido un poco la esperanza, en algunos aspectos nos han dejado solos, y nosotros tampoco hemos hecho mucho para cambiar esa situación. Parece una locura querer hacer cine allí, pero a mí particularmente siempre me ha resultado incómodo y ridículo creer que solo en la Habana se puede hacer esto o lo otro. Entonces el cambio que experimenté allí pudo ser creer que no era una locura, no importa cuán lejos o cerca estés de los centros de poder, debes al menos intentarlo. Allí, en aquella reunión de la 9na Muestra, conseguí esa confirmación: seguir trabajando y mirando hacia arriba. Por eso reclamo que la Muestra debe ser predominantemente inclusiva. Puede hacer que otros jóvenes salgan de su contexto y aislamiento, y rocen con otros muchachos con ganas de hacer y de compartir información. La brecha está ahí, en la información.

Tu ficha en el sitio web de la muestra te describe como autodidacta. ¿Cuáles han sido las fuentes no académicas y los medios de aprendizaje que te permitieron acceder a la realización audiovisual?

Cuando uno no ha pasado escuela sabe que le faltan instrumentos teóricos, pero eso no puede detener a nadie. Eres un pescador de apnea, estás tras un gran pez, se te acaba el aire, y vas a la superficie por una bocanada que no puedes desperdiciar. Se trata de esa bocanada, por ahí te entra una cantidad enorme de información. Entonces, de alguna manera, tu desventaja no es en relación con los demás, sino en relación contigo mismo. Trabajo desde cero, y cuando te digo desde cero hablo de que no tengo ni una computadora para escribir; convenzo a la gente de que hacer una película es mejor que no hacer nada, y creo que tengo razón. Hay muchas personas por ahí que tienen medios, pero no tienen ideas, aunque sí grandes deseos de hacer cosas. Hay que complementar estas dos partes, y sacar algo bueno.

Para lograr armar y organizar una producción hemos usado mucho el sentido común. Por ejemplo, para hacer 5 minutos, el corto con el que participé en la 9na Muestra, tuvimos que confeccionar un plan de rodaje sin saber que eso se hacía así, y mi novia me hizo la asistencia de dirección sin saber que eso era hacer asistencia de dirección.  Luego, cuando pasé un taller en la EICTV, vi qué tan cerca habíamos estado de las rutinas profesionales de organización. Es decir, había que darle un orden prioritario a todo aquello para que entrara en 5 días de rodaje. Había que aprovechar los interiores para ahorrar exteriores, y cosas por el estilo. Cuando estábamos a punto de fracasar, surgía una alternativa. Así que yo creo que la mejor fuente de acceso y aprendizaje para hacer audiovisuales, y para hacer cualquier cosa, es la voluntad. No dejarte derrotar, no tienes otra opción que convertirte en un muchacho atento a lo que se hace.

 *Tomado del Bisiesto, órgano impreso de la Muestra Joven del ICAIC.

 

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