Archivo mensual: noviembre 2012

Los trenes llegan III (y final)

Probablemente una de las cosas que más ha variado el paisaje es la ausencia del verde. Santiago era una ciudad muy verde con un permanente y fornicador olor a todo, a cesped recién cortado, a maleza, a grajo. Ahora cambia su color a un pardo de hojas secas y buque oxidado. Los aromas se han replegado y la silueta de la ciudad al atardecer, con todos esos árboles desojados y amputados, hace evocar espectros o dioses menores caídos en desgracia.

Barrios que fueron creciendo en silencio bajo las copas de los árboles y en las faldas de las lomas, pueden ser vistos ahora donde menos uno se lo imagina. Mi zona, un distrito casi suburbano que comienza en las alturas de Quintero, ahora parece una ciudad plagada de luces y casas bajas; por el día son casas sobre casas, estilo favelas o cerros caraqueños pero a la cubana, es decir, exentos de violencia o amenazas. La ciudad está rala, triste como un pubis de anciana, y se nota ya porqué es el municipio más poblado de Cuba.

La ciudad que Lázaro Expósito, el primer secretario del PCC, y un ejército de obreros y funcionarios sacados del letargo, habían logrado hacer florecer con una vistosa red gastronómica y de servicios, tendrá que volver a comenzar. Suerte que algunos de esos nuevos establecimientos, como la arboleda, (coopelia santiaguero) quizá por razón de estilo, tenían coloridos techos de lona que aunque volaron no se dañaron, fueron recogidos, y ya están puestos nuevamente.

A propósito del dirigente, y sin ánimo de hacerle procelitismo, puedo decir que los días siguientes a la recuperación un rumor que circulaba junto a las anécdotas y las exageraciones, daba cuenta de cómo, por tv, le rogó con énfasis, digamos que casi de rodillas, a la población evacuarse y no confiar en la aparente calma; tomarse en serio a Sandy, dado a que llegaba con grado dos.

Y es que el santiaguero debía escarmentar en carne propia. Nunca había tenido una vivencia igual. Mi padre con 78 años la niega, y tampoco la recuerda de sus padres. La frase más utilizada en la calle es “quién hubiese imaginado que”. La ciudad, habituada a los temblores de tierra, a construir con sólidos cimientos, por primera vez miraba hacia arriba, comprendía la importancia del techo, y desconfiaba de la mítica protección de la Sierra Maestra.

Pero quizá el huracán no se lo llevó todo. Una mujer que salía de una oficina gritó de pronto !ojalá y que pase otro y se lleve a tos estos singaos!. La gente lo cogió a risa, pero sabíamos a qué y a quienes se refería.

La banda sonora aun es de motosierras. La tropa que ha cargado con la peor parte de la resaca, la ardua limpia de las calles, arboles, hojas, y basura de todo tipo, está compuesta casi completa de soldados de la EJT, cadetes y tropas especiales. Pasé al pie de tres hombres uniformados y el más fuerte, un mayor, le decía al más joven, probablemente un soldado: “es verdad que usted es un caballo pinchando, pero como militar es una mierda”. Sé lo que siente un soldado lejos de su casa y metido hasta la mierda, pero también sé lo que siente un oficial lejos de su casa y metido hasta la mierda.

Final

Tres días después, mientras secábamos los colchones, y limpiábamos escombros y matojo, salí a la calle a rescatar mi evento de cine. No es tan descabellado como parece, rescataba una posibilidad de progreso para el movimiento audiovisual de mi ciudad. El evento consistía en ponernos a filmar con equipos de última tecnología. No me resistía a perder, porque probablemente, si uno trabaja más de lo habitual, sea posible salir del agujero.

Regresé a reconectar el compromiso de los hostales y a hablar con los funcionarios, mis amigos decían que era una locura pero quise intentarlo, lo único que me podía suceder era hacer el ridículo. Fui a la Universidad a buscar apoyo de Extensión Universitaria. Tenía un nombre y fui en busca de ese nombre y contra todos mis pronósticos, entre los árboles caídos, la humedad de mierda, los cristales rotos, el cierre de clases, lo encontré. A pesar de todo era mi día de suerte. El sujeto, un vicedecano, iba cargado de pomos, colchas, escobas plásticas y se detuvo cuando le pregunté si él era Leonides.

Entonces no sé con qué cara le dije vengo a hablarle de un evento de cine, pero sí sé la cara que puso él dejando caer la escoba en el piso, o contando hasta diez o leyendo que delante de él había un idiota que por cosas de esta vida no solo fue parido y criado sino que logró salir vivo del huracán. Me respondió, que qué cine, ni películas, ni festival, y que por lo menos él estaba EN-RE-CU-PE-RA-CIÓN. Y bueno, sentí sus palabras como sopapos, pero comprendí que estaba embotado, que en verdad NO COMPRENDÍA a que venía yo, y que la balanza podía hacerle tener razón. Y pensando en esta balanza y creo que a partir de ahí, comencé a sentir que le había pasado algo grave a la ciudad. Pero seguí intentándolo, y seguí llamando a gente por teléfono, hasta quedarme solo, o casi solo, y si evento de Cine.

Los trenes llegan II

Dentro del closet con Gio, el único sitio que tenía cubierta de hormigón en la casa, escuchaba los gritos de mi papá diciendo que se volaba todo al carajo. Así que todavía no logro saber cómo hizo lo que hizo: encaramado en la meseta de la cocina sujetaba con las manos la primera teja que se desprendía, sabiendo que si se iba, seguirían las demás. Entonces le fallaron las fuerzas, tiene 78 años, y se puso a improvisar alguna protección para los equipos.

Las placas de zinc se desprendían poco a poco y volaban hacia alguna parte. Abrí una hoja del closet y vi el cielo, los árboles de fuera doblarse, el cuarto repleto de hojas y gajos, y mi biblioteca a merced del agua. Una de estas enormes tejas llegó volando y cayó doblada como un papel sobre una de las viguetas del cuarto.

Gio reía, jugaba a los estornudos con los abuelos y yo me apabullaba por el remordimiento. Caía en un registro paternal completamente nuevo: la noción de no poder cuidarla; tus brazos, tu espalda, o tu ingenio, no bastan. No sé si lo notan pero hay algo muy humillante en eso.

Hay una situación que casi todo el mundo ha tenido en sueños: algo te amenaza y no puedes avanzar o hacer algo para salvar el pellejo. Esta pesadilla te informa sobre un miedo fundamental que tenemos los hombres. El estado de bienestar, la clase media, los Blakcberris, son parches que promueven la supuesta superación de ese miedo.

Gio, mientras tanto, era el alma del momento, no sabíamos si llegaríamos vivos al final y ella solo reía, jugaba, se tomaba lo del closet como un juego. A las tres y cuarenta comenzaron a distanciarse las rachas con breves treguas de agua, y el closet comenzó a mojarse por dentro. Nos preparamos para sacar a la niña, y di una primera salida de reconocimiento. Sobre la sala habían caído dos tejas, abrí la puerta de la calle y afuera vi otro paisaje, un nuevo mundo, otras sombras y cosas, como despertar en la habitación de un hotel pensando que es tu cuarto pero viendo que ya no hay armario, ni ventana inmediata, ni librero.

El contador eléctrico flotaba, y había cantidad de follaje por todas partes. Rodeé la copa de un viejo mango de biscochuelo y vi que el camino hacia los vecinos podría salvarse sin mucho peligro. Envolvimos a Giovana en una capa, y salí con ella entre la ventolera -ya mucho más benévola- hasta la casa vecina, toqué fuerte en las ventanas y nadie abrió, comencé a molestarme y a dar fuertes golpes de puño para que me abrieran hasta que vi a unos diez metros de mi una superficie blanca casi del tamaño de una cancha de básquet. Todo su techo, también nuevo, había volado. Seguí con mi hija en brazos hacia la otra casa y persuadidos por mis golpes y las frases que lanzaba, ya nos tenían la puerta abierta. Más de 10 personas dentro nos miraban asustados, nos calmaron y secaron rápidamente. Lloré, pensando en Gio, durante unos cinco segundos. A veces soy muy duro, y a veces soy muy flojo.

Uno sacó una linterna y me alumbró el camino a casa, mis padres ya venían sorteando gajos, a ponerse a salvo. Seguí hasta mi cuarto y me paré frente a mis casi mil libros. Todavía no llovía e intenté colocarle una teja encima, imposible, me despedí de ellos en silencio, evacuarlos me tomaría una hora. Transporté todos los equipos de mis padres hasta el bunquer de hormigón de nuestra vecina.

A las cuatro de la mañana, aun oscuro, la gente comenzó a salir de sus casas a recoger tejas o a hacer turismo de catástrofe. El primer sentimiento era de agradecimiento por estar vivos, uno sentía que había purgado toda vanidad, e incluso comprendía la futilidad y naturaleza fugaz de la cosas materiales, pero, por otra parte, la conciencia más espontánea se aferraba a la cuantiosa perdida, al miedo de no poder recuperar tantas cosas obtenidas a cuentagotas o por esa cosa furtiva de la suerte. Mi vecina destechada, despertando del agradecimiento, comenzó a llorar a pecho limpio, y contagió a la vecina que nos alojaba, a su hija, y a otra señora. Ni mis padres, ni yo lloramos, todavía agradecíamos.

Se veían más faroles, y escuchábamos voces, llantos, arrastre de tejas. Mirando las luces de faroles, pensaba que nunca lo hubiese creído: estar en el lugar de esa gente que por la TV perdía todo y lloraba de desesperación. Qué vanidad ¿no?

Fuimos a investigar si algunas de nuestras tejas habían traspasado el patio. La luna estaba oculta tras las nubes pero alumbraba con tal intensidad, que el cielo parecía una gran pantalla de papel cebolla. Dejaba ver siluetas y hacia brillar algunas cosas de colores claros. Nuestras tejas, tendidas sobre la maleza, brillaban como sábanas. Durante aquellos primeros días de recuperación el astro siguió alumbrando para todos, y para felicidad de Gio, que no se cansaba de evocarla y señalarla.

Nuestra barriada, de casas humildes y muchos asentamientos ilegales, quedó bastante afectada. No pude salir a observar la ciudad el primer día pues lo ocupé junto a mi hermano y mi papá en restablecer el techo. No había comunicaciones y el mundo se hizo muy pequeño, nadie a mi alrededor escuchaba radio por falta de baterías o porque quedaron inservibles con la lluvia. A eso de las cuatro de la tarde, cuando amarrábamos temporalmente las últimas tejas, llegó el rumor de que venía otro huracán por el mismo punto. Tranquilamente dejamos de trabajar y pensamos que lo más correcto sería desmontar todo, el techo completo, y poner a salvo incluso los colchones mojados. Llegó un auto con radio y escuchamos el mentis de Rubiera: que era común aprovechando la falta de comunicación y la desesperación, escuchar bolas de ese tipo.

Nuestro techo estuvo restablecido seis horas después del huracán. Otras familias no fueron tan afortunadas. Algunos pasaron el desastre bajo las mesetas de la cocina, la cama, o la mesa del comedor; otros, que observábamos desde mi patio -nos rodean lomas- no sé qué hicieron para salvar el pellejo, pero estaban sanos y al mismo tiempo que nosotros, levantaban nuevamente sus techos e incluso paredes, y sobrevivían. La brisa constantemente traía un rumor de martillazos que venían de todas direcciones. Y era agradable escucharlo. La gente luchaba, volvía a la normalidad. No dejaba que el mono le cayera encima. La gente de este barrio en el que nací tiene un rostro especial, son muy pobres, han dejado sus casas en el campo y han venido a asentarse aquí, y comenzar desde cero. Eso se ve en sus ojos, están dispuestos a aguantar lo que sea pero a regresar para atrás jamás. Están derrotados ya, así que lo único que les queda es sacudirse el trasero volverse a levantar.

Los trenes llegan I

Cada vez que se escucha el tren, los niños vecinos de las Petrocasas corren por la carretera, atraviesan el camino de polvo y se detienen a observar desde lo alto de la colina. Cargado de techos y alimentos dobla aquella curva y avanza poco a poco, frenando, mientras un operario se apresura a hacer el cambio de línea. Una hora después “radio bemba” dispersa el parte de qué llega: viandas, techos, vigas, para la recuperación.

Llegué a Santiago 48 horas antes que Sandy, y pasadas dos semanas seguí allí cortando troncos y acopiando basura. Fui por dos razones. Para amarrar un taller de realización con cineastas de Canadá, México y Cuba, y porque a mi hija de tres años le tocaba la visita mensual a sus abuelos paternos. Luego de haber considerado que no era el mejor momento para llevarla, el huracán amenazaba, mi madre me dijo que descuidara, que era una débil tormenta tropical y que en última instancia, como sabíamos todos, la Sierra Maestra acababa con cualquier cosa.

El día anterior al paso del meteoro, el cielo había estado tapado, pero con lluvias esporádicas y poco viento. En general, por decirlo de alguna manera, el evento climatológico demostraba indolencia, como una compañía de infantería magra y mal pertrechada que entre bostezos se prepara para una maniobra de poca monta. De hecho, en las horas primeras del día 24 de noviembre –mis padres celebraban 42 años de casados- y hasta un poco después el mediodía, pude salir y hacer gestiones importantes para la estadía de los delegados nacionales y extranjeros. En mis conversaciones con los funcionarios del cine y la empresa de hostales, no saltó el tema huracán y la jornada que organizábamos iba viento en popa.

Me atrevería a decir que una buena parte de los habitantes de la ciudad se había preparado, como en huracanes anteriores, a tirarse bajo una frazada, dormir, o hacer el amor escuchando el rumor de la lluvia matizada por algunos mangazos de viento.

Cinco horas antes de que comenzara a trotar una extraña caballería sobre el techo, me observaba ponerme un horrible pijama rosado y embargado por esa sensación de agrado y seguridad miraba a la pequeña Gio tomarse la leche en las piernas de su abuela. El rumor de la lluvia sobre nuestro techo de zinc seguramente la dormiría temprano. Por cierto, Gio había ocupado el televisor casi toda la tarde con Dora la Exploradora y a Manny Manitas, y en doce horas vimos acaso solo dos pases de Rubiera o la Defensa Civil. El tema huracán sonaba lejano.

Telefoneé a mi novia a Holguín a eso de las diez y media de la noche. A las once caía una lluvia cerrada y celebrábamos la inexistencia total de goteras. Vivimos por más de treinta años vigilando chorritos por toda la casa y ahora sentíamos la eficiencia de una membrana fina pero segura, mucho más simple y tecnológica que el pesado y primitivo armatoste de madera, comején y cerámica que habíamos podido sustituir hace solo tres meses.

A la media noche creímos que sucedía lo más grave, la lluvia era escasa y comenzaban a sentirse algunas arremetidas de viento. Por el techo pasaban arrastrándose quizá alambres, gajos, algún trozo de cartón. Estábamos atentos a estos ruidos, adivinar a qué pertenecía cada cosa.

Como cuando armábamos la nueva cubierta y mi papá planteaba que otra fila de grampas era innecesaria, recordaba los destrozos que dejó Ike en techos de zinc y fibro en Gibara y los poblados que visité a orillas de la bahía de Nipe. Grandes piezas como la que estrenábamos ahora, que cubren mayor superficie, volaron como parapentes, en contraste con la resistencia de las cubiertas de piezas tradicionales: pequeñas tejas francesas y criollas.

Media hora después, se acentuaba la amenaza, las rachas eran más fuertes y ya no llovía. Las largas tejas de tres metros fijas con grampas en forma de garfios, daban pequeños salticos, unos detrás de otros, como si una gran manguera las aspirara desde arriba. Luego los saltos se volvieron pronunciados dejando entrar partículas de polvo inyectados a gran velocidad entre los breves intersticios de las tejas. La palabra de orden era resistencia, nos preguntábamos si resistirían las grampas.

Un rumor grueso, como el bajo de un audio muy potente comenzaba a tomar un plano importante al fondo de las rachas. Este primer síntoma sonoro, inédito en mi experiencia en huracanes, comenzó a persuadirme de que era solo el comienzo, y que entrábamos en zona verde. Los minutos a partir de este momento comenzaron a estirarse, y mi descuido de no resguardar a Gio bajo un techo de hormigón me pareció la última torpeza de una cadena de errores que comenzó con mi decisión de traerla a un Santiago amenazado.

A la una de la madrugada ya no había rachas sino un solo cuerpo, una sola barriga de serpiente que arrastraba con todo, con un ensañamiento impersonal y sin un blanco específico. Se escuchaba un ruido de miles de camiones de guerra prometiendo lo peor por una carretera situada al norte, al sur, en todas partes. (Continúa)

El nicho

Entonces mis pies se acercan, miro bien donde piso no vaya a haber un musgo. No está muy resbaloso, pero la corriente no te deja tener el dominio. Según el salvavidas son unos siete metros de caída, y allá abajo, cuatro de profundidad, una profundidad turbia e indiferente, como todo en este río. El río del Nicho. Que no duerme. Quiero decir que por las noches no hay nadie que cierre la llave. El agua cae y cae permanente, destruyendo huevadas, peces o camarones a los que es imposible asirse o remontar la corriente. Y yo también soy muy pequeño en todo esto. Y encima de mí hay quizá un par de kilómetros más de caídas y pozas y más caídas y pozas. Y ya he tenido suficiente, dos líos más, el puñetazo y una mandada a la pinga a mis jefes de alcance internacional, y ahora estoy aquí al pie de la cascada, el Salvavidas también me dijo que te puedes tirar de cabeza si lo deseas. Pero conozco y no le creo. Lleva careta y snorkel, mira, pregunta si no hay yumas y se va. Ahí, detrás de sus ojos no veo a un hombre, sino un pico negro y un par de ojitos de cuervo. Un cuervo que pudo ser hombre, y que mira a los hombres ser hombres. Sigue leyendo