Los trenes llegan I

Cada vez que se escucha el tren, los niños vecinos de las Petrocasas corren por la carretera, atraviesan el camino de polvo y se detienen a observar desde lo alto de la colina. Cargado de techos y alimentos dobla aquella curva y avanza poco a poco, frenando, mientras un operario se apresura a hacer el cambio de línea. Una hora después “radio bemba” dispersa el parte de qué llega: viandas, techos, vigas, para la recuperación.

Llegué a Santiago 48 horas antes que Sandy, y pasadas dos semanas seguí allí cortando troncos y acopiando basura. Fui por dos razones. Para amarrar un taller de realización con cineastas de Canadá, México y Cuba, y porque a mi hija de tres años le tocaba la visita mensual a sus abuelos paternos. Luego de haber considerado que no era el mejor momento para llevarla, el huracán amenazaba, mi madre me dijo que descuidara, que era una débil tormenta tropical y que en última instancia, como sabíamos todos, la Sierra Maestra acababa con cualquier cosa.

El día anterior al paso del meteoro, el cielo había estado tapado, pero con lluvias esporádicas y poco viento. En general, por decirlo de alguna manera, el evento climatológico demostraba indolencia, como una compañía de infantería magra y mal pertrechada que entre bostezos se prepara para una maniobra de poca monta. De hecho, en las horas primeras del día 24 de noviembre –mis padres celebraban 42 años de casados- y hasta un poco después el mediodía, pude salir y hacer gestiones importantes para la estadía de los delegados nacionales y extranjeros. En mis conversaciones con los funcionarios del cine y la empresa de hostales, no saltó el tema huracán y la jornada que organizábamos iba viento en popa.

Me atrevería a decir que una buena parte de los habitantes de la ciudad se había preparado, como en huracanes anteriores, a tirarse bajo una frazada, dormir, o hacer el amor escuchando el rumor de la lluvia matizada por algunos mangazos de viento.

Cinco horas antes de que comenzara a trotar una extraña caballería sobre el techo, me observaba ponerme un horrible pijama rosado y embargado por esa sensación de agrado y seguridad miraba a la pequeña Gio tomarse la leche en las piernas de su abuela. El rumor de la lluvia sobre nuestro techo de zinc seguramente la dormiría temprano. Por cierto, Gio había ocupado el televisor casi toda la tarde con Dora la Exploradora y a Manny Manitas, y en doce horas vimos acaso solo dos pases de Rubiera o la Defensa Civil. El tema huracán sonaba lejano.

Telefoneé a mi novia a Holguín a eso de las diez y media de la noche. A las once caía una lluvia cerrada y celebrábamos la inexistencia total de goteras. Vivimos por más de treinta años vigilando chorritos por toda la casa y ahora sentíamos la eficiencia de una membrana fina pero segura, mucho más simple y tecnológica que el pesado y primitivo armatoste de madera, comején y cerámica que habíamos podido sustituir hace solo tres meses.

A la media noche creímos que sucedía lo más grave, la lluvia era escasa y comenzaban a sentirse algunas arremetidas de viento. Por el techo pasaban arrastrándose quizá alambres, gajos, algún trozo de cartón. Estábamos atentos a estos ruidos, adivinar a qué pertenecía cada cosa.

Como cuando armábamos la nueva cubierta y mi papá planteaba que otra fila de grampas era innecesaria, recordaba los destrozos que dejó Ike en techos de zinc y fibro en Gibara y los poblados que visité a orillas de la bahía de Nipe. Grandes piezas como la que estrenábamos ahora, que cubren mayor superficie, volaron como parapentes, en contraste con la resistencia de las cubiertas de piezas tradicionales: pequeñas tejas francesas y criollas.

Media hora después, se acentuaba la amenaza, las rachas eran más fuertes y ya no llovía. Las largas tejas de tres metros fijas con grampas en forma de garfios, daban pequeños salticos, unos detrás de otros, como si una gran manguera las aspirara desde arriba. Luego los saltos se volvieron pronunciados dejando entrar partículas de polvo inyectados a gran velocidad entre los breves intersticios de las tejas. La palabra de orden era resistencia, nos preguntábamos si resistirían las grampas.

Un rumor grueso, como el bajo de un audio muy potente comenzaba a tomar un plano importante al fondo de las rachas. Este primer síntoma sonoro, inédito en mi experiencia en huracanes, comenzó a persuadirme de que era solo el comienzo, y que entrábamos en zona verde. Los minutos a partir de este momento comenzaron a estirarse, y mi descuido de no resguardar a Gio bajo un techo de hormigón me pareció la última torpeza de una cadena de errores que comenzó con mi decisión de traerla a un Santiago amenazado.

A la una de la madrugada ya no había rachas sino un solo cuerpo, una sola barriga de serpiente que arrastraba con todo, con un ensañamiento impersonal y sin un blanco específico. Se escuchaba un ruido de miles de camiones de guerra prometiendo lo peor por una carretera situada al norte, al sur, en todas partes. (Continúa)

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Una respuesta a “Los trenes llegan I

  1. Espero que el segundo tren llegue pronto, me he quedado en “esa”, anganchada de tu historia. Oye, lo de no caber es un buen síntoma, casi siempre le pasa a los que escriben bien, porque los que escriben bien suelen padecer también de excesos. Igual acá te leemos más de muchos lados, así que publica pa nosotros, que en esta calle tuya no hay fronteras. Un abrazo pa los tres.

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