Los trenes llegan II

Dentro del closet con Gio, el único sitio que tenía cubierta de hormigón en la casa, escuchaba los gritos de mi papá diciendo que se volaba todo al carajo. Así que todavía no logro saber cómo hizo lo que hizo: encaramado en la meseta de la cocina sujetaba con las manos la primera teja que se desprendía, sabiendo que si se iba, seguirían las demás. Entonces le fallaron las fuerzas, tiene 78 años, y se puso a improvisar alguna protección para los equipos.

Las placas de zinc se desprendían poco a poco y volaban hacia alguna parte. Abrí una hoja del closet y vi el cielo, los árboles de fuera doblarse, el cuarto repleto de hojas y gajos, y mi biblioteca a merced del agua. Una de estas enormes tejas llegó volando y cayó doblada como un papel sobre una de las viguetas del cuarto.

Gio reía, jugaba a los estornudos con los abuelos y yo me apabullaba por el remordimiento. Caía en un registro paternal completamente nuevo: la noción de no poder cuidarla; tus brazos, tu espalda, o tu ingenio, no bastan. No sé si lo notan pero hay algo muy humillante en eso.

Hay una situación que casi todo el mundo ha tenido en sueños: algo te amenaza y no puedes avanzar o hacer algo para salvar el pellejo. Esta pesadilla te informa sobre un miedo fundamental que tenemos los hombres. El estado de bienestar, la clase media, los Blakcberris, son parches que promueven la supuesta superación de ese miedo.

Gio, mientras tanto, era el alma del momento, no sabíamos si llegaríamos vivos al final y ella solo reía, jugaba, se tomaba lo del closet como un juego. A las tres y cuarenta comenzaron a distanciarse las rachas con breves treguas de agua, y el closet comenzó a mojarse por dentro. Nos preparamos para sacar a la niña, y di una primera salida de reconocimiento. Sobre la sala habían caído dos tejas, abrí la puerta de la calle y afuera vi otro paisaje, un nuevo mundo, otras sombras y cosas, como despertar en la habitación de un hotel pensando que es tu cuarto pero viendo que ya no hay armario, ni ventana inmediata, ni librero.

El contador eléctrico flotaba, y había cantidad de follaje por todas partes. Rodeé la copa de un viejo mango de biscochuelo y vi que el camino hacia los vecinos podría salvarse sin mucho peligro. Envolvimos a Giovana en una capa, y salí con ella entre la ventolera -ya mucho más benévola- hasta la casa vecina, toqué fuerte en las ventanas y nadie abrió, comencé a molestarme y a dar fuertes golpes de puño para que me abrieran hasta que vi a unos diez metros de mi una superficie blanca casi del tamaño de una cancha de básquet. Todo su techo, también nuevo, había volado. Seguí con mi hija en brazos hacia la otra casa y persuadidos por mis golpes y las frases que lanzaba, ya nos tenían la puerta abierta. Más de 10 personas dentro nos miraban asustados, nos calmaron y secaron rápidamente. Lloré, pensando en Gio, durante unos cinco segundos. A veces soy muy duro, y a veces soy muy flojo.

Uno sacó una linterna y me alumbró el camino a casa, mis padres ya venían sorteando gajos, a ponerse a salvo. Seguí hasta mi cuarto y me paré frente a mis casi mil libros. Todavía no llovía e intenté colocarle una teja encima, imposible, me despedí de ellos en silencio, evacuarlos me tomaría una hora. Transporté todos los equipos de mis padres hasta el bunquer de hormigón de nuestra vecina.

A las cuatro de la mañana, aun oscuro, la gente comenzó a salir de sus casas a recoger tejas o a hacer turismo de catástrofe. El primer sentimiento era de agradecimiento por estar vivos, uno sentía que había purgado toda vanidad, e incluso comprendía la futilidad y naturaleza fugaz de la cosas materiales, pero, por otra parte, la conciencia más espontánea se aferraba a la cuantiosa perdida, al miedo de no poder recuperar tantas cosas obtenidas a cuentagotas o por esa cosa furtiva de la suerte. Mi vecina destechada, despertando del agradecimiento, comenzó a llorar a pecho limpio, y contagió a la vecina que nos alojaba, a su hija, y a otra señora. Ni mis padres, ni yo lloramos, todavía agradecíamos.

Se veían más faroles, y escuchábamos voces, llantos, arrastre de tejas. Mirando las luces de faroles, pensaba que nunca lo hubiese creído: estar en el lugar de esa gente que por la TV perdía todo y lloraba de desesperación. Qué vanidad ¿no?

Fuimos a investigar si algunas de nuestras tejas habían traspasado el patio. La luna estaba oculta tras las nubes pero alumbraba con tal intensidad, que el cielo parecía una gran pantalla de papel cebolla. Dejaba ver siluetas y hacia brillar algunas cosas de colores claros. Nuestras tejas, tendidas sobre la maleza, brillaban como sábanas. Durante aquellos primeros días de recuperación el astro siguió alumbrando para todos, y para felicidad de Gio, que no se cansaba de evocarla y señalarla.

Nuestra barriada, de casas humildes y muchos asentamientos ilegales, quedó bastante afectada. No pude salir a observar la ciudad el primer día pues lo ocupé junto a mi hermano y mi papá en restablecer el techo. No había comunicaciones y el mundo se hizo muy pequeño, nadie a mi alrededor escuchaba radio por falta de baterías o porque quedaron inservibles con la lluvia. A eso de las cuatro de la tarde, cuando amarrábamos temporalmente las últimas tejas, llegó el rumor de que venía otro huracán por el mismo punto. Tranquilamente dejamos de trabajar y pensamos que lo más correcto sería desmontar todo, el techo completo, y poner a salvo incluso los colchones mojados. Llegó un auto con radio y escuchamos el mentis de Rubiera: que era común aprovechando la falta de comunicación y la desesperación, escuchar bolas de ese tipo.

Nuestro techo estuvo restablecido seis horas después del huracán. Otras familias no fueron tan afortunadas. Algunos pasaron el desastre bajo las mesetas de la cocina, la cama, o la mesa del comedor; otros, que observábamos desde mi patio -nos rodean lomas- no sé qué hicieron para salvar el pellejo, pero estaban sanos y al mismo tiempo que nosotros, levantaban nuevamente sus techos e incluso paredes, y sobrevivían. La brisa constantemente traía un rumor de martillazos que venían de todas direcciones. Y era agradable escucharlo. La gente luchaba, volvía a la normalidad. No dejaba que el mono le cayera encima. La gente de este barrio en el que nací tiene un rostro especial, son muy pobres, han dejado sus casas en el campo y han venido a asentarse aquí, y comenzar desde cero. Eso se ve en sus ojos, están dispuestos a aguantar lo que sea pero a regresar para atrás jamás. Están derrotados ya, así que lo único que les queda es sacudirse el trasero volverse a levantar.

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Una respuesta a “Los trenes llegan II

  1. me bebí de un tirón los dos trenes, no me canso de disfrutar tus escritos. Gracias por ser a veces tan duro y tan flojo, de otra manera no hubiéramos podido vivir contigo la experiencia.

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