Sobre mí, sobre Camarero, sobre el parque Vidal y etc.

No me imaginaba a Camarero como es Camarero. Mi cabeza traía al sujeto con apellido de funcionario –al final no era su apellido- que nos pudo pagar y reservar los pasajes a todos. Ahora me avergüenzo de esta reducción, debí matizarla más, pero lo imaginaba aparecer en aquel parque de la Terminal, optimista, triunfador, apuesto; uno de esos tipos con olor a gel de pelo, adherido al poder del universo, con un Orient automático de pulsera metálica y con recios y arbitrarios criterios sobre todo.

Y así también llevaba a Santa Clara. La que recibió a mi padre amenazado de muerte a principios de los sesenta. Aquel día, regresando del Nicho destino Holguín, sin casa sin pincha, y apestando a todo eso junto, cuando me bajé del panelito, aspiraba encontrar algo diferente. Estaba predispuesto a la alegría, una de esas alegrías de turistas a los que todo les maravilla y alegra. Bueno, yo era un turista y espera un antidoto al paisaje que portaba entre ceja y ceja, y que contagiaba todo lo que miraba.

Ya sé que estuve en el Vidal dos o tres horas -esperaba a mis amigas Yaniuris y Marbelís-, y luego rondé un rato por ahí, Glorieta, calles aledañas, fauna y compañía del parque. Puede ser que en otro momento, un día de semana, la ciudad con hervidero de gente fuera otra cosa, pero el par de ancianas negras, curdas o locas, que se abalanzaban hacia todo lo que pareciera turismo, o en los bancos, aquellas silenciosas parejas de cuarentones o jóvenes tirándose pedos, viendo caer la tarde y extenderse las sombras, o aquel jardincillo marchito de personas, de pie o sentadas sobre trozos de acera o cartones esperando algún ómnibus, fueron el cuadro que encontré.

Entonces recordé un pasaje de mi vida. Todavía no había nacido Gio, y nos habían ofrecido un campismo a un lugar llamado Playa blanca, no solíamos tener economía para esto, pero la oferta era una ganga. El lugar era uno de esos plan fulano o mengano. Es decir, cada plan era un complejo de cabañitas que pertenecía a un organismo estatal. Aquellas cabañitas estaban muy juntas entre sí. Los colchones estaban sobre percudidos, pegajosos, y olían a algo dulzón. El suelo del baño tenía esa especie de musgo muerto, gangrenado, que crece en donde hay agua estancada y no da la luz. Eran el estímulo que recibía el trabajador del central azucarero Fernando de Dios, pero como no siempre podía estar ocupado de azucareros, entonces lo ofertaban a otros organismos.

El cielo estaba indigesto, llovía todo el tiempo o mejor dicho, cada cinco o diez minutos como en Elpidio Valdés y la Campaña de Verano. Y no salía el sol. Recuerdo la humedad por todas partes. Los charcos de agua que había que saltar. El fango en el que se me encajaban las chancletas. La porquería negra que se le adhirió a aquel jabón blanco que se me calló en el baño. Que me sonaba el estómago de hambre y no había ofertas baratas en ninguna parte. Que el congrís del almuerzo estaba echado a perder. Y que el mar estaba picado, y algunas personas se bañaban en él. Hay dos tipos de personas: las que renuncian a bañarse en un mar así y las que se bañan porque el mal tiempo les importa un pito. Decía que el mar estaba de mal humor, pero de alguna manera hermoso en su furia y su amargura, como si nos dijera ¡qué coño hacen aquí!, como si fuera Niestche y se diera cuenta del error profundo y estructural que cometíamos, y se cagara en lo que derivaba la cultura occidental, y nos lanzara obscenidades que evidentemente ninguno de nosotros podría comprender. Pobre mar, ahí solo en su amargura.

El quid de la historia era que yo solo decía por favor dios mío, sácame de aquí, sácame de aquí. Y explico por qué. Me estaba leyendo El poder y la Gloria, una novela de Grahan Greene que transcurre en un México miserable y nublado de supersticiones, donde llovía todo el tiempo y todo estaba cubierto de lodo. La atmósfera de la novela era evidentemente una metáfora: en el espíritu del protagonista y de la época también llovía, también había lodo, también se empantanaba todo. Así que yo, entre aquel campismo de recreo y el libro, estaba bajo el influjo de aquella metáfora, o me sentía atrapado en ella. A Chely le entristecía que yo quisiera irme y la muchacha que nos acompañaba no hacía más que fumar porque probablemente su novio, que estaba allí pero con la mente en otra parte, no la quería.

Ahora recuerdo otro episodio de mi vida: cuando vivía en Santiago, gastaba todo mi dinero en libros, siempre estaba arrancado, así que siempre hacía una cosa “romantica” y barata: llevar a una aspirante a novia al coopelia. La cola era tan larga que cuando llegábamos a sentarnos y tomar helado ya mi relación con la muchacha era vieja, es decir, habíamos envejecido, estaba cansado de tener que lidiar permanentemente con las diferencias; como un lento partido de badminton en el que la pelotica, o como se le llame a esa cosa liviana, se tardaba mucho tiempo flotando, es decir, horas completas flotando, y yo tuviera que estar todo el tiempo con dolor de nuca mirando hacia arriba, con la raqueta en la mano, esperando a que bajara, entonces !que mierda! dejaba caer la cabrona raqueta y comenzaba a ser honesto y a decir cosas realistas, y ella se cansaba de mí, de mi arrogancia, de mi estupidez y yo me hartaba de todo. Y en eso paraba la ida al coopelia.

Ahora regreso a Villa Clara: doy aquel rodeo por el parque Vidal y me siento en un banco junto a dos parejas. Una llegando a los cincuenta y otra algo contemporánea conmigo. Tenían a una niña, dos años lo sumo, que vino y les arrojó el refresco a la cara y sobre la ropa; el padre de la niña, manchado del refresco, retenía paciencia; la mujer se hacía la desentendida y continuaba contando que su hermana templaba con su hijastro. Ya sé que esto parecen exageraciones mías, pero todo lo que cuento es real, sucedió así mismo.

Bueno, me hicieron recordar cuando salíamos con Gio: sacarla un rato al parque, estar corriendo tras ella pendientes de que ningún otro niño con bicicleta o corriendo la atropellara. Gio a veces cooperaba, la mayoría no. Daba perreta al irnos y casi siempre regresábamos con la cara que aquel hombre, el marido de la muchacha, embarrado de refresco, ponía: la salida fue un fracaso, quería descansar, trabajar menos y vivir más, que las aceras fueran más anchas, el cielo más alto, tener casa propia, una casa espaciosa y ventilada, y recibir bocanadas limpias puras, en fin, quería algo imposible si eres pobre y tu niña tiene dos años: espantar al mono.

Por último la niña se empecinó en agarrar el bolso blanco y remendado de la mamá. Lo dejó caer y les hizo trizas el litro de leche que llevaban dentro, discutieron frente a la otra pareja: “solo a ti se te ocurre darle el bolso”, “¿ah, yo? por qué” pero pasaba una guagua repleta de gente que igual desistía de encontrar un paraíso y la pareja decidió, literalmente, huir.

El padre, cargando a la niña, corrió a la calle haciendo señas, y el chofer les paró. La mujer, sonriendo, se dio lija al correr para no perder clase, una clase que ya no tenía, que dejó de tener, probablemente, dos años después de terminar el preuniversitario o el técnico medio en fín, que se alejaba sonriendo contoneando el culo, y les dejaba la botella de ron a mitad a la otra pareja de cincuentones, que al verse solos, se levantaron para terminarla en otra parte. Un típico domingo, todo detenido y envejeciendo rápidamente.

Apático, sin rasurar, con un repertorio de fachadas arquitectónicamente caótico, el parque Vidal no es alegre, no usa ropa de buen gusto, los pantalones le quedan cortos o largos y tiene zurcido el trasero. En una taberna bodeguera situada al cruzar la calle tocaba un conjuntico sonero: el maraquero, el trompeta, los tres cantantes, no ofrecían virtuosismo ni entusiasmo, le daban al instrumento con la mente viajando hacia otra parte.

Aparecieron Yaniuris y Marbelis, y me llevaron al famoso Mejunje, era mi primera vez. Arriba, una expo de fotos sobre un club lesbico-gay en escandinavia. Abajo, según me describieron, tarde de trova tradicional, bugarrones, maricones de cárcel, criminales acomplejados… mierda, me dije, igualito a Santiago, no quiero entrar ahí, así que nos fuimos, preferí pasar la tarde conversando con ellas, Yaniuris negativa o positiva tiene siempre ideas estimulantes.

Me señalaron el Hotel Santa Clara, verde, descascarado, y con esa carpintería de aluminio blanca de manicomio que ahora le ponen a todo. “El monstruo verde” dijo Marbelis. Y tenía razón, imaginaba otra cosa. En general algo feo y triste sucede con el artdecó cubano, no por feo, sino por provinciano y falto de proporción. Ahí trabajó mi papá durante su exilio. Tendió camas, limpió pisos, hizo de barman, vió a Benny Moré a quien le servía, de desayuno, un trago doble de añejo.

Por la calle encontramos a un escritor, a un fotógrafo, a un editor de revista, al director de cultura, todos una misma tribu, salían de sus cuevas e iban en una sola dirección: a una expo de fotos. Y fuimos también: una expo de imágenes sobre el mausoleo al Ché.

La sinceridad, el gusto de los pobres, la transparencia de esta ciudad desganada y poco pudorosa; gruesa, prosaica, desencantada y a la vez aferrada a la Historia, al Che Guevara instalado aquí para siempre, me trajeron de vuelta a Santiago, también grueso y prosaico, desbordado de Historia y de músicos raídos que tocan con la mente trabajando en otra parte. Ambas ciudades, feas, apretadas, sin el narcisismo blanqueado con cal de Cienfuegos u Holguín, no te esconden el bicho; si la tomas o la dejas es tu problema.

Todo esto tiene que ver con el solitario Camarero, su relación amor odio con esta ciudad a la que ensalza y noquea en una misma frase, su preferencia por Sabina, su disposición a llorar si hay que llorar y emocionarse si hay que hacerlo. Su manera de vestir; su sorprendente ingenuidad y sabiduría, su insistencia en que debía armar su tienda de campaña allá en el Nicho porque había pasado mucho trabajo en llevarla.

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5 Respuestas a “Sobre mí, sobre Camarero, sobre el parque Vidal y etc.

  1. jajajajaa me he reido mucho, oye Charlie estas escapao , cada vez que sacas algo me estremeces . un saludo viejo amigo

  2. Oye Cronomalián, a Camarero lo conocí este martes, en un viaje relámpago a Santa Clara. También conocí a Santa Clara… fue un día de conocimientos. Me falto el tiempo que tuviste tú para conocer más gente y despacharme sus historias. Y para entrar al Mejunje. Creerás que es mentira, pero me acordé de ti en un momento específico, fuimos al monumento del Che y cuando entramos a la parte donde están los nichos de los guerrilleros, pues resulta que entramos por la puerta que no era, y cuando caminábamos todos ceremoniosos hacia su figurilla en la pared, irrumpió una señora Washoski y nos hizo salir y volver a entrar por la puerta que era… te recordé con tu teoría de la mierda que uno recopila para luego sacarle lazca, literariamente hablando. Sé que voy a escribir de eso como tú de Santa Clara. Al Camarero lo descubrí como tú, un tipo bueno, muy bueno, el mismo que una vez sin conocerme me llamó a mi casa pa decirme que el post que yo había tenido que quitar él lo había subido en su blog para apoyarme, el mismo que al borde de un encuentro no concertado para darnos el primer abrazo se apareción con un disco de música rock como presente. Lo (d)escribiste bien.

  3. Carlos: Siempre admiré tu forma de escribir, desde que estábamos allá en Santiago, en El Universitario. Ahora leo tu blog y siento que la sinceridad cruda, a veces ingenua de tan sincera, a la que nos tienes acostumbrados, no es sino la punta del iceberg de lo que llegas a calar cuando miras a alguien, a algo. Es mirada de artista, una mirada de la que yo tampoco escapo; y te confieso que a veces siento miedo de lo mucho que puedas revelar sobre mí y que otros apenas notan. Tú tenías razón Carlos, allá cerca de aquel mar amargo.

  4. carlitos… del nicho todavía conservo dos mínimas y sencillas cosas: el papel que nos autorizaba a pasar -manchado con fango de la sierra como dice calle 13- y el bono de cotizante sindical que nos dio arnaldo antes de salir de cienfuegos… deberías darle una segunda oportunidad y mirada al parque vidal y al mejunje… a la ciudad no -es como dices-… a mí tampoco -me gusta mi manera de vestir-… un sincero abrazo…

    tunie… si carmencita te dijo que el disco era de rock solamente fue para quedarse con él jajaja… un beso a las dos…

  5. Camilo Santiesteban Torres

    Qué manera de reírme! Ahora es que leo esto, que tiempo he perdido. Abrazos Charly

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