Tierra de paso.

Si pudiera escribir una novela que transcurre en el Korimakao, un lugar en plena cienaga, esta comenzaría más o menos así: «Recuerdo cuando llegué, me recibieron unos tipos barbudos, en chancletas, con marcas. No sabría definir en qué consistían esas marcas, pero estaban ahí, agazapadas. La comitiva que me recibió y la que ví desandando por los pasillos, me intimidó, parecían forajidos y yo la carne fresca».

¿Qué puedo escribir del Korimakao que no sea emocional o superficial? Este texto tiene esa carencia, hablaré de lo que vi, hay cosas que pasaré por alto por supuesto, cosas seguramente medulares: si el espectáculo que preparaban hacía meses era en definitiva honesto, sincero o no, si la obra hablaba sobre nosotros, o sí tenía al menos un momento hermoso que salvara el resto; se va de mis manos tratarlo como quisiera y hacer una argumentación más sólida, quizá por esto he demorado tanto en escribir sobre ese espacio que nos acogió como pudo y con lo poco que tenía, que a mi manera de ver, es como debe hacerse.

Pero de Korimakao como puesta en escena, como metáfora, como lectura, asumiéndolo así, de eso sí puedo hablar, es decir, tomándolo como espectáculo, como uno hace con un huracán, con un río crecido que amenaza con derrumbar un puente, o con una vaca muerta descomponiéndose hace una semana a la orilla del camino. Estetizándolo, de eso se trata.

En esa cuerda puedo decir entonces algo de su gente sombría, algo gastada, gente que no llegó precisamente del paraíso, cosa que sí puedes encontrar por ejemplo en una escuela de arte. Puedo agregar algo también sobre las elipsis que podías leer en sus rostros que a veces te miraban como náufragos voluntarios, o con esa lejanía zoológica, cual internos de un presidio.

Puedo decir algo también del edificio, su albañilería Batalla de Ideas, acabado Batalla de Ideas, una tradición chapucera y tierna en la que uno acaba por reconocerse como te reconoces en las máculas que te rodean desde niño: esas manchas en la pared que miras fijamente bajo el lavamanos de tu casa mientras defecas, o el olor de tu mano derecha cuando coges oxiuros, o al escuchar la gaguera habitual de un amigo.

Korimakao me hizo retroceder sensorialmente a algún momento, o a figuras de momentos parecidos a los vividos en aquel contingente cañero al que me llevó mi papá en los años noventa (en casa se comía muy mal): los rostros oscuros, lejanos, de aquellos electricistas, albañiles y montadores, que esperaban obras constructivas de verdad, en el rudo y pedestre corte y siembra de caña de azúcar.

Evocar la EICTV o la Escuela de Trabajadores Sociales de Santiago de Cuba: las escuelas, los hoteles, después que se va el primer curso, el primer huésped, el sitio muere, los alumnos se llevan el alma, el alma se dispersa por el mundo, se hace difunta. Ese es el hueco vacío, el pedazo baldío arrinconado en pasillos, comedores, jardineras y duchas que tiene toda escuela, hotel o casa de visita.

Y el Korimakao es una escuela, un lugar de paso aun con su sueldo fijo, con su contrato de excepción a artistas sin título que crecen creando espectáculos y no en un aula. Es un sitio al que vas no a hacerte rico aunque probablemente se ahorre algo, ni a engordar, de hecho, la alimentación es mala; vas a formarte, para luego irte aparentemente como viniste -o como queda uno cuando se ha leído un libro-, pobre, sin certificados para presentar, pero con un arsenal interesante de vivencias que se van contigo incorporados como reflejos.

Pero también hay otra cosa: parece un lugar de prófugos. Sabemos que el arte siempre será una puerta para escapar. Korimakao tiene esa atmósfera intimidatoria que yo podría evocar por ejemplo en una imagen de Gaugin perdido en la Polinesia o en Van Gogh en Arles, ambos purulentos de sífilis, y purulentos de genio, ambos sin remedio y a punto de matar. Tienen esa pinta allí también: marcas en el rostro, quiero decir marcas en la manera de mirarte o de no mirarte, marcas concentradas dentro, atravesando las pupilas, sedimentadas en esa zona negra a la que va a parar todo. Y es importante que así sea el Korimakao: un lugar apartado para bien, un adolescente que agradece que la puerta de su cuarto permanezca siempre cerrada.

Gente que va a tomarse un respiro entre gente que también viene a lo mismo; un receso, un oasis no tan lindo como uno cree infantilmente que son los oasis pero un oasis al fin y al cabo. Y poner tu cabeza en orden. Y mientras tanto aprendes, canalizas tu energía si todavía eres capaz.

Personajes de una novela de Cormac McCarty que vienen de todo, y luego agarran su mochila, ensillan su cabalgadura, se llevan la mano al sombrero en son de saludo y van hacia la nada. Y uno, como mismo sabe que no se van llenos, tampoco puede afirmar que se van diferentes. Hay algo que no cambia. Pero ese algo no es cualquier cosa, es lo fundamental, lo que trajo allí, lo que te mueve. Siempre sumamos, pero hablo de otra cosa, me pregunto, si ese jinete que desaparece carretera arriba temblando en la fata morgana, no se va tal cual vino, con una porción de la caja vacía, pero no cualquier porción, sino la fundamental, una porción que nunca va a poder llenar, pues si no la tuviera en falta si fuese posible llenarla, no estuviese ahora ni antes en la carretera; indiferente, paciente, buscando como llenarla.

Y por supuesto, pensé en irme un tiempo con Chely y Gio para el Korimakao. De hecho se lo recomendé a mi socio E y ya llamó, ya se puso en contacto con ellos. Quiero decir que es un lugar que pienso yo, podría recomendar.

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2 Respuestas a “Tierra de paso.

  1. quieres que te diga una cosa Charlie, esto te ha quedado volao , tienes la facultad de mirar en el espiritu de los otros. cieratmente me parecieron solitarios en el oasis . genial genial , dile a Cheli que si quiere me voy con ustedes alla . Un beso jajajaa

  2. Camilo Santiesteban Torres

    Sientes pasión por las causas que ni tú crees ganar, eso me parece a veces. Abrazo Kmilo

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