60 baros (I parte)

Una Terminal de ómnibus en medio de ninguna parte, íbamos de regreso a Santiago, y estábamos sin dinero, sucios, con hambre y hastiados de tragar saliva. Las guaguas pasaban al oriente y desaparecían a lo lejos, también pasaban al occidente y desaparecían. Las que se detenían llegaban llenas hasta el tope y ninguna cargaba. Mi colega de viaje me hizo varias historias y yo también a él, pero llegó el momento en que también nos cansamos de hacer historias, que era como hacer que matábamos el tiempo, y nada así estábamos. A los bancos le faltaban los porta-brazos, nuestro compañero más cercano era un mendigo que olía a amoniaco. Entonces recordé aquellos sesenta baros, escupí hacia la pared, hice el cuento.

Había dirigido un corto donde también fungí como actor, lo presenté en la Muestra Joven, lo aceptaron y proyectaron la película en el Chaplin. A raíz de eso recibí tres propuestas. Una para protagonizar un corto al estilo Woody Allen donde no habría pago pero podría lucirme. Otra para actuar en un largometraje con un sueldo de cuatro cifras en USD, con el cual podría quizá comprarme una casa en la Habana. Y una tercera que consistía en otro corto, un papelito donde apenas aparezco ocho segundos y digo tres oraciones cortas.

Finalmente el único que llegó fue el papelito fugaz, el de tres frases y ocho segundos en pantalla. Y viajé a la Habana. En el set me sorprendió que actuaría nada más y nada menos que con América Lavalle, la de Sol de Batey, esa gloria de la actuación cubana que seguro ya no recordará mi cara. Y no fue pago, es decir, quiero acotar esto: “no fue pago” es una manera de decir, siempre hay un beneficio: el placer de actuar, aprender, probarte, o que alguien te descubra, sino, no lo haces.

Actué algo incómodo, porque yo era del método Meisner y ella del de Strasberg. Meisner se basa en el intercambio, Strasberg en el trabajo independiente y el lucimiento personal, y ella ganó, Strasberg es poderoso y rápido, Meisner necesita conexión, proceso. Repetimos la escena unas diez veces desde diferentes ángulos de cámara y sucedió lo mismo, cuando intentaba conectarme a Lavalle, ella estaba haciendo la próxima acción, que era justo cerrar una puerta en mis narices.  No me dejaba entrar, no le hacía falta. La producción había sacado mal el pasaje de regreso, pero aun así, después de actuar, regresé a casa por la lista de espera de La Coubre.

Meses después estaba metido en un guion de a lleno cuando me llamaron para hacer el doblaje. Es cierto, uno no debe interrumpir la escritura de un guion, uno debe decir “ahora no puedo”, pero tenía que ir, no debes fallarle a un colega ni dar mala imagen como profesional. Detuve el guion con la promesa de que quizá se me ocurría algo ingenioso en el viaje. No había entrado dinero extra y me fui en blanca literalmente hablando. Quiero decir que mi mujer, quien está asumiendo mi desempleo, siempre me da unos 50 pesos para el camino, pero ni esos. Pedí prestado y los puse como concepto de Dieta. Me cogió tarde esperando la guagua, y en pagar una moto hasta el aeropuerto, comprar un bocadito en la cafetería del salón de espera antes de montar al avión, y guardar para el taxi en la Habana, gasté y comprometí lo último que tenía.

Decía que estaba sin dinero, se acercaba el cumpleaños de mi niña y podría ahorrar la dieta que me me daban para comida, guaguas, taxis, entradas al cine; y así bajar con algo, una bobería, para el kake, por ejemplo. Lo demás: el viaje, las personas, las cosas buenas, malas o regulares que te pueden suceder durante el trayecto, son material para escribir. Esta vez, por ejemplo, renuncié a comer completas de 20 pesos, renuncié a fumar y a comprar Vegas, que es lo que hago: fumar un buen tabaco, soltar mi espíritu, mirar los autos, las mujeres, la clase media, los pobres, los obreros, los picaros, las estudiantes, deslizarse por 23, y ser invisible, invisible tras ellos.

En La Habana se ahorra comprando pizzas para almuerzo y cena, pero no en cualquier parte valen cinco pesos sino en 23 y 12, en la parte trasera de Cinecitá. Para desayunar fuerte, como un campeón, puedes ir por discos en la cafetería de Línea y 18, valen 2 pesos, y es básicamente pan con picadillo, que te inflan, que te mantienen la moral alta acompañados con refrescos gaseados de un peso.

No puedo decir que pasé hambre, o sí; bueno, no recuerdo bien, a veces pasé acidez por la masa y la levadura, pero recorté gastos y fui acumulando la tierrita. Me alojaron en una iglesia en el Vedado y estaba solo en medio de aquel enorme albergue de puntal alto. Un laberinto sin personas, llenos de murales con consejos de auto ayuda, frases cristianas, anuncios de cursos para alcohólicos y yonquis, un laberinto de literas, colchones de espuma y closets. Por lo general me erotizan los espacios sin personas, me estimulan la imaginación, pero cuando los acompañan nociones sagradas o morales, como en iglesias o instituciones políticas, me cortan la inspiración. Debajo de mi colchón encontré un suplemento en inglés sobre la prevención del tráfico de mujeres, y me entretuve comprendiendo o creyendo que comprendía.

(Continua…)

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