Una profesora de Historia*

Carlos Melián Moreno

Por pura casualidad encontré en mi librero un tomo de Patrick Modiano, recientemente condecorado con el premio Nobel de Literatura. No sabía de la existencia de este escritor hasta que escuche la noticia, busqué y encontré Calle de las tiendas oscuras (Anagrama), un título que además ganó el Goncourt de 1978.

Un hombre pierde la memoria, vive como Guy Roland, identidad que él asume como provisional y se enfrasca en encontrar su origen, es decir, su pasado, extraviado en algún momento en la Francia de Vichy, durante la segunda guerra mundial. La pesquisa va obteniendo frutos hasta que conoce que tuvo una novia, un padre, unos amigos, y que en un cruce furtivo de la frontera francesa hacia Suiza, es timado por sus guías que los separan, y lo dejan a él en medio de la nieve. En este punto la novela, un tanto fría, sobria, se vuelve conmovedora. En ese punto él y su hermosa acompañante se dejarán de ver para siempre, se perderán las pistas. El pasado luego se hará jirones, una especie de rompecabezas chamuscado.

Aparentemente se habla de la ocupación nazi en Francia, de la persecución que sufrieron los extranjeros en aquel país. Pero el sedimento es la importancia de la memoria, y el pasado. Conocerlo, volver a él, dice quiénes somos, de qué somos capaces, qué clase de criatura duerme en nosotros y en nuestros semejantes, y nos salva de cometer esos errores a los que sin embargo volvemos, cíclicamente, como vacas idiotas.

Pero bien, lo curioso es que mientras leía la novela sucedió un episodio que pareció ser su continuidad. En una exposición de innovadores veo a una muchacha muy guapa, hay algo familiar en su rostro. Me doy cuenta que la recuerdo, la he visto muchas veces y no sé por qué, ni de dónde. Sigo en mi trabajo, hago algunas entrevistas, la olvido completamente y un rato después vuelvo a verla, pero solo a un metro de mí. Como le sucede al personaje de la novela de Modiano, comienzo a recordar con nitidez todo, por qué la conozco, por qué me es tan cercana.

Fue cursando estudios en la secundaria básica. Su madre, mi profesora de Historia Universal, será el eje de la historia. Paneábamos la segunda guerra mundial. Nos explicaba las consecuencias sociales, de la ocupación nazi en Europa, y en el clímax de la explicación, describiendo a detalle el holocausto, la situación de cada familia separada y humillada, comenzó a llorar.

Esta escena, naturalmente, quedó grabada en mi memoria, podría decir que no he vuelto a vivir algo parecido. Quise decirle eso a aquella muchacha, un pequeño homenaje, un acto de vindicación, -imaginé que su madre no la pasó bien, materialmente, siendo maestra toda su vida atrapada acaso en una vocación y en asumirlo o no con honor-. En fin. Me movía la fuerza de aquella escena escolar en los 90s.

Me decidí a hablarle. Para abrir le pregunté algo que ya sabía, si su madre era maestra, asintió, y luego qué estaba haciendo ahora. Había muerto hacía apenas unos meses, dijo. Y tuvo un pequeño estallido de llanto. Como tengo ese problema de emocionarme sin control, traté de alejarme lo más rápido posible y en la huida me preguntó si yo había sido su alumno. Escuché la palabra “alumno”, y sonó especial. Como si conociese a su madre, y me situara en ella, en escenas similares a aquella en que lloró en el aula, y a esta.

Y recordé aquel día en el aula, el rostro atribulado de la profesora, sus arrugas tempranas, su ropa zurcida, sus gafas de ver de cerca con una pata remendada. La habíamos hecho calentar por algo y nos burlábamos de ella, separada y con dos hijas, empequeñecida frente a los cortes prolongados de luz, la inflación horrible, la falta de alimentos.

Recordé el silencio en el aula mientras la profesora lloraba, sola, para sí misma, como un árbol que se quema porque sí, porque es combustible, olvidándonos. Y recordé que entre lo que fueron las familias cubanas antes y después de los 90s, había igualmente un campo de batalla y fracaso, con cuerpos esqueléticos, cenizas y ascuas humeantes. Familias separadas, y escombros. Silueta de barricadas justo después de una arremetida en el frente. Y cuerpos destrozados. Y olor, especialmente, olor a carne quemada.

Alejándome de la exposición, sin mirar hacia atrás, volví a Calle de las tiendas oscuras. El personaje perdió la memoria no se sabe por qué, no se explica el incidente. El golpe que lo separó de su vida y pasado, fue la guerra, pero una guerra nunca será definitiva, al menos mientras sigamos vivos. Él se enfrasca en retornar pero ¿por qué? Pues porque somos esa memoria, el barrio, la casa, los objetos, los amigos, una mancha en la pared que miramos durante años. Somos lo que regresa a nosotros, algo que, efectivamente, una bomba, un conflicto armado, un cataclismo natural, una distensión puede interrumpir, pero solo temporalmente.

*Este texto fue publicado en la Jiribilla, pero lo he revisado.

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