La pregunta de Rosa Elena*

Por Carlos Melián Moreno

Será fácil señalarle defectos a Vestido de novia, de Marilyn Solaya: el maniqueísmo de Lázaro, el inversionista ladrón y homofóbo, que además –vaya ley de gravedad- es bugarrón, dos lugares comunes en uno: detrás de todo extremista-homofóbico sistemático se agazapa un oportunista. Será fácil señalarle ciertos énfasis de queja
generacional en la dirección de arte –como la mayoría de nuestras películas, una plaga-, o un exceso de exposición, y una estrechez imaginativa en el despliegue de los diálogos, etc.
Sin embargo, a nuestro modo de ver, no deja de ser esta una película estimulante e inteligente. Por momentos frente a las cuestiones que plantea, estos defectos formales, que reclaman un coste caro, parecen mezquindades.
Lo más interesante de esta película no es la historia –acaso no tan creíble- de un transexual que ocultó su identidad, y el precio que eso tiene socialmente, sino ir más allá. O sea, -sé que suena desmesurado- lo más interesante es su naturaleza goethiana.
Cuando su protagonista pregunta si ha valido la pena convertirse en mujer, traspasa, por llamarlo de alguna manera, el tema gay, y aporta una reflexión que en su viaje ilumina -solo de paso – el problema de la discriminación y la violencia hacia la mujer, -pero tampoco se queda ahí- y sus luces consciente o inconscientemente viajan hacia lo imposible. Por lo que no son luces precisamente de éxito, no alumbran hacia el éxito, ni hacía ningún objetivo, sino hacia la nada. Considero que esto, por momentos anuncia que a diferencia de otros realizadores con más suerte en lo formal, en lo creíble o no, Marilyn Solaya parece tener algo que decir, que brota acaso de una neurosis propia. Así que fundo mi tesis en una sospecha, lo cual lo hace más interesante. No es cualquier cosa lo que Solaya tiene que decir, sino algo ambicioso, una intuición, una pulsión, precisa, que -de hecho- la supera y la agota en su propio fuego.
El espíritu de Rosa Elena resuelve el problema del cuerpo, se cambia de sexo, pero esto no basta – y es la tesis más interesante de la película-, pues ella parece comprender que esto resulta ser un mero parche en su búsqueda de la felicidad.
En la enjundia social –digamos- la maldad es ardua, profunda y amplia, y la persona ya restablecida en el cuerpo que deseó, comienza a sentirse nuevamente enclaustrada en los muros y en los estereotipos del nuevo y férreo género que esa enjundia social construye. Esta figura de transmigración de un alma ingenua e idealista buscando el sitio ideal, el remanso deseado, que va descubriendo, en su viaje, las mezquindades que la rodean, es antigua, arcaica y está a su modo contenida en el idealismo contrastado del Quijote, Madame Bovary, Lucién de Rubempré, y por supuesto en el joven Werther, y en el Fausto. Es una pulsión arcaica pero poderosamente universal, y crea un efecto poético cuya naturaleza traspasa las marcas circunstanciales de lo que es viejo o nuevo, correcto, chic o kitsch.
O sea, no importa si es Cuba, si son los noventa ni importan los lugares comunes, la pregunta que grita Rosa Elena, no es exactamente la pregunta que se haría una mujer o una transexual. Son las mismas preguntas que nos hacen todavía hoy las mujeres de Ibsen atravesando el tiempo, atravesando la cárcel de los cuerpos, o la cuestión de los sexos.
Pongamos que Vestida de novia trae nuevamente la metáfora del pájaro que en su canto expresa las ansias de libertad. Esto podría ser un lugar común, de hecho lo es, pero acaso la realidad, en su no estar sujeta a formas, no reconoce tal prejuicio y se muestra mucho más generosa expresando, de paso, un cierto desdén hacia nosotros y nuestros criterios estéticos.
La figura de un espíritu que canta proyectando su alma en libertad sin las mezquindades a las que la somete el cuerpo, se repite ya no ahora en la creación de un guionista que está socialmente impelido a hacerlo de forma original, utilizando palabras e imágenes ingeniosas, sino en la realidad real. La expresión de libertad ganada -o perdida- a través del canto o la música a pesar de estar manida es eterna, es tan exacta que se repite el ciclo en que el primer poeta lo descubre, su verdad traspasa la caducidad de la forma, el historicismo de la forma. La pulsión de libertad intenta desplegarse: he aquí un muerto insepulto, un problema, socialmente, no resuelto y posiblemente insoluble, o soluble solo en una forma específica de locura. Esta película está hecha en una cuerda estética similar a la de aquel agricultor que un día escuché cantar mientras viajaba en una guagua. Su canto era diáfano y triste. Cantaba con la mirada perdida en el paisaje, mirando la tarde caer, las parcelas descuidadas o sembradas, el color naranja intenso que teñía las nubes. Media guagua viajaba en silencio escuchando su canto.
Que este agricultor hubiese tenido a bien volverse y decirnos algo similar a lo que dice Marilyn Solaya en su película, revelaría en él una sabiduría profunda. De alguna manera la pregunta de Rosa Elena ya estaba contenida en su canto, y el propio canto –como sabemos- responde.
La pregunta de Rosa Elena no caduca. Es un grito de libertad para hombres, mujeres, niños y ancianos, que se pierde en el firmamento en un disparo, que por inútil y lúcido es más hermoso. Se hizo desde el fondo de un espíritu cuya diana no es su sexualidad restablecida sino la felicidad, el derecho a vivir totalmente desplegado.
Es una pregunta ambiciosa, y hay falta de ambición en las películas cubanas. Digamos que nuestro panorama cinematográfico a veces, salvo alguna excepción, como la obra autista de Molina, parece una tropa atrincherada, alimentada, dada la inoperancia de la red interna, por envíos exteriores. Esos envíos exigen unas pautas que no hemos sabido superar. Incluso esta película no deja de estar enferma de esos tics, pero aun así, los supera.
Lo importante no es lo que yo creo de Mafalda –dijo Cortázar una vez- sino lo que Mafalda cree de mí. Mi experiencia con Rosa Elena ha sido parecida, ante ella estaría tentado a preguntarle ¿qué cree de mí? Ciertos personajes –no todos- de la ficción o de la historia se ganan esta condición de censor moral.
Ajena a las disquisiciones estéticas, Rosa Elena analiza sin sorprenderse que la directora del filme estuvo unos 10 años tratando de contar su historia, y que al parecer no logró hacer un filme perfecto, porque la gente suele mirar más la forma que el contenido, o dicho de otro modo: que la gente es capaz de olvidarse del contenido si la forma la decepciona.
Vestida de novia es una película bastante imperfecta, pero por momentos esto parece un mérito, porque es asumirse, asimilarse, salir del atrincheramiento. Marilyn Solaya -es una corazonada-, debería traernos nuevos proyectos como este, con defectos como este, que tengan algo que decir incluso recayendo en el color local. El pobre soldado suicida, poco dotado por cierto, salió de la trinchera, lo alcanzó una llamarada, y avanza ahora envuelto en llamas, sin futuro.

*Pongo esto que escribí para la para web de la AHS porque sigo orgulloso de esta peli. He reescrito, he tratado de explicarme mejor de lo que pude cuando salió este artículo, pido disculpas a la editora que tuvo que meter esto en cintura.

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