Archivo mensual: octubre 2016

Coro vacío

En Santiago de Cuba, la mayor parte de la transportación urbana se da en camiones y camionetas privadas. Los muelles no amortiguan. Se suda copiosamente. Cuando el vehículo frena la gente se lanza hacia adelante, y cuando acelera se lanza hacia atrás. La vista hacia el exterior trascurre a través de un estrecho rectángulo entre el techo y la pared de la caseta, y por las bocinas casi nunca se escucha otra cosa que reguetones estridentes y taladradores. El viajante no convive, se repliega. Se limita a tratar de sujetarse bien hasta que llegue su parada. Rara vez sucede algo digno de contar salvo que el chofer fue un hijo de puta, y tal.

Pero hace unos días, presencié algo conmovedor. Subí a un camión en la Plaza de la Revolución rumbo a Ferreiro, y aparecieron dos muchachas de la nada, sudorosas, descompuestas. Una de las dos, la jabaíta, exclamó: “¡ñoj! caballero, ¡la Mendive…! la Mendive va a ser el último lugar, ¡qué vergüenza!” La muchacha se plantó a mis espaldas y comenzó a rogar a toda garganta: “profe Socorro, por favor, disculpenos, disculpenos profe Socorro.”

La jabaíta me parecía grande, un pequeño milagro, una conquista humana. La Mendive es el preuniversitario rival del Cuqui Bosch. No se sabe cuál de los dos Centros tiene el cuerpo más guapo o inteligente de muchachas y muchachos, y la emulación ha sido eterna, permanente y absurda.

Socorro – justo a mi lado- no se inmutaba, a su edad, unos 45 años, ya no se estalla, ya no se cree en arengas de arrepentimiento. Parecía promotor cultural o profesor de cultura física. Pero por la pinta, por la clase de actividad que les impartía allí, una tabla gimnástica, yo diría que profesor de cultura física: zapatos Adidas, pulóver y pantalones deportivos Puma de tejido sintético, cadena de oro y mochila. Un luchador. Profesor aún, pero sobre todas las cosas un luchador.

Si algo aprenden los profesores de educación física que salen del Fajardo es que con el salario que recibirán no les alcanzará ni para mantener la pinta deportiva. Que es, de hecho, una buena pinta: el deporte es tecnología en tejidos, pero también voluntad; el deporte es lucha, virilidad; es levantarse cada mañana a trabajar por conseguir la mejor marca. Eso, disciplina, aprenden los graduados del Fajardo, tanto hombres como mujeres, y está bien que así sea, pero esto no es lo que aprenden los pichones de Mendive.

Ay, todo está perdido, se reirán de nosotros. Y probablemente Socorro estaba pensando en ello, en la falta de entraña, cuando les plantó el “terminé con ustedes”.

La jabaíta, en general, parecía la única verdaderamente afectada. La mulatica que la acompañaba demostraba más esfuerzo por creerse el drama que firmeza. Cuando aquella dijo que sentía “vergüenza” –una palabra digamos de “alta cultura”- se ganó toda mi simpatía, aun sabiendo yo, porque tuve esa edad, que probablemente ninguno de esos muchachos se merecía ni el esfuerzo del profe Socorro ni el radio moral que despliega la palabra vergüenza.

Miré hacia la explanada de la Plaza y venían corriendo casi medio millar de muchachos hacia el camión. Lo rodearon y no lo dejaron avanzar hasta que no bajara el profe: ¡So-co-rro, So-co-rro! Gritaban. Y Socorro parecía de piedra. La jabaíta desfalleció y dijo algo demasiado literario como: “Ay, todo está perdido, se reirán de nosotros”. Subieron cuatro muchachos, y las hembras bajaron. Los muchachos lo trataban de persuadir con el lenguaje de cómplices de la calle: “asere qué bolá, te vas a poner en esa; asere Socorro, que bolá”. Pero Socorro se mantuvo firme, incluso mandó arrancar el camión, y que les pasara por encima si era necesario: “yo terminé con ellos”.

La multitud coreaba, y yo, -ah que personajillo melodramático-, me emocioné. Era fácil ver que la mayoría se divertía de lo lindo, y que a muy pocos les importaba un bledo realmente el profe Socorro y la ridícula tabla gimnástica. Solo a tres o cuatro que podían concebir el mundo en términos de vergüenza les removía algo aquello. A mí me emocionaba que precisamente esos dos o tres no fueran más que dos o tres. La jabaíta me parecía grande, un pequeño milagro, una conquista humana. Pero, digamos, había  una figura superior, que me cosquilleaba por debajo, alegóricamente. La Cuba actual, digamos, se parece demasiado a esa escena. Somos esa multitud que corea a veces sin entraña, sin hígado, sin verdadera franqueza, por algo que pudo ser, que todavía es en esencia, y que nos supera con creces en términos morales.

El profesor Socorro se bajó dos paradas después y atravesó el parque de Ferreiro. Los pasajeros lo vimos alejarse como aleccionados. Yo, en particular, me sentí miserable, o sea, me sentí parte del alumnado bellaco.

Tomado de http:// https://eltoque.com/blog/coro-vacio

Cavar tu entierro

Compro un libro de poemas de Néstor Perlongher, (un poeta que inspiró a Pedro Lemebel, un poeta chileno que inspiró a Roberto Bolaño), y en el prólogo encuentro esta frase a propósito del autor: “Su homosexualidad [la de Perlongher] es más bien una cuestión política, la avasalladora decisión de presentar credenciales del deseo ante la fragilidad del Poder”.

¿Es frágil el Poder? Hay pocos desencuentros más elocuentes que los de la homosexualidad y el Poder. El homosexual disiente como pocos contra todo lo que representa el Poder. Pone en solfa su solemnidad, su verticalismo.

El Poder vigila por el bien común. Pongamos el bien común de la reproducción eficiente. Y la homosexualidad, aunque no atenta directamente contra la reproducción, sí turba el mecanismo natural (heterosexual) de la fecundidad. El Poder, que piensa en grande, en multitudes, en términos platónicos, se dice para sí: ¿qué será de la especie si promovemos esto?

El Poder, desde su panóptico, se asume como la figura ejemplar: si sale con una camisa verde a la calle, todo el mundo creerá correcto usar camisas verdes.

El Poder es viril, activo; el homosexual flojo, pasivo. El Poder es grave y pesado; el homosexual ligero y carcajada. Son tan antípodas que uno parece necesario del otro.

El Poder tiembla ante la presencia de un alfiler, es tan duro, tan patéticamente rígido, sordo y consciente de su propia gloria, que un alfiler, en efecto, puede quebrarlo.

Así pues “el homosexual” como figura, ha existido siempre ante cualquier esbozo de cristalización del orden en un aparato centralizado.

El homosexual está condenado, no hay remedio para él: asumirse a sí mismo es asumir plenamente su disidencia. Como cualquier otro excluido va reconociéndose y armándose a sí mismo en la exclusión. Y si algún día, como decía Bukowski, su vida se hace demasiado normal, podría quemarlo todo por volver al camino. Así que la homosexualidad, podría asumirse también como la piedra de toque ante nuestra tentativa inútil de ocultar el caos y la complejidad.

Que Cuba aún no logre pasar esa página, que no logre poner en leyes derechos específicos y operativos de los homosexuales, es, por supuesto, sintomático. Cuba es lo que hace, no lo que pretende. 

Cuando alguien la emprende contra la izquierda diciendo que es floja, que es cómplice, o mojigata, pienso que se le han otorgado propiedades a esta que la alejan, al menos, de ser propiamente izquierda. O que se toma por izquierda algo que no lo es.

La izquierda no es el Poder, la izquierda se comienza a desnaturalizar desde el momento en que comienza a consolidarse o identificarse con algún Poder.

Cuando esta se ha hecho con el control de una sociedad aun cuando sea el presunto Poder de los obreros, o el Poder de los campesinos ha comenzado a contraer compromisos estructurales que le impiden ser izquierda.

El Poder termina, pues, desencantando a su motor impulsor, y de hito en hito  mira con envidia, con nostalgia, a esa izquierda que otrora fue, dando sombrerazos y  muestras de coraje, inteligencia y juego limpio.

Ah, cuanto daría el Poder por volver al camino. Cualquier cosa: tropas, por ejemplo, ejércitos, a sus mejores hijos. Lo daría todo. Menos el Poder.

Un patrón común de los gobiernos de plataforma izquierdista convertidos en Poder es su dificultad para concebir relevos generacionales. En consecuencia surge su desesperada decisión de convocar a referendos -que pierden- para mantenerse por más años en el Poder.   

Joven y lozana, entonces, la izquierda es esa otra corriente que transita sin detenerse, paralela  a un Poder que se consuela dándose con el canto en el pecho de decir que en definitiva él agarró al toro por los cuernos, él hace, no dice.

La izquierda a veces le presta oídos e intenta consensuarse pero deserta al convertirse en bloque, en satélite obediente. La izquierda no debería ser teniendo a la derecha como referente, sino al ser humano. Esa debería ser su unidad sumergida, en vez de programática. Está ahí para devolverle carne, tripas y fragilidad al hombre y por supuesto, para seguir intentando ese hermoso Poder donde no se debería temer ante las credenciales de deseo de nadie.

Volviendo al poemario de Perlongher, en la primera página, en la esquina superior derecha donde suele venir garabateado el precio, se lee la descomercialización sufrida por el libro: la cifra inicial fijada fue de 12 $, bajó luego a 5 $, luego a 3 $, luego a 1,50 $.

El poeta de izquierda que fue Perlongher (y Lemebel), no se redime, cava su propia tumba temprana en recorrido inverso al del Poder, que suele cavar su inmortalidad.

Tomado de https://eltoque.com/blog/cavar-tu-entierro

Caer de espaldas

Pocos episodios son tan significativos como viajar en ómnibus desde Santiago de Cuba hacia La Habana en medio de un Congreso del Partido Comunista de Cuba. Mucho más si vas en lista de espera, o si te toca el peor asiento. Comienzas a leer contrastes, símbolos, en todas partes.

Los delegados al Congreso son imposibles de oír por el ruido del salón de espera de la Sénen Casas, así que sigues con más interés los gestos, su seguridad arquetípica ante el micrófono. Sea el que sea el discurso de éste o aquél, puedes imaginar de qué van. Cada delegado, sin sonido, encarna el drama de un hombre extremadamente solo. Comprendes que se nace ser delegado a congresos. Un delegado nace redondo. Un delegado rueda siempre con la misma gracia, lo mismo por una superficie pulida que accidentada.

El soporífero ambiente de la Terminal contradice el coraje redondo y climatizado de los oradores del Palacio de Convenciones. Los empleados de la Lista de Espera pasillean para que alguien los llame, y no hay tanto coraje en ellos como sí algo profundo y vital en aferrarse a la cosecha ilícita de la semana de receso. Los pasajes de última hora se consiguen como mínimo a cinco cuc, de esos, les tocarán dos con mucha suerte.

Unos sujetos merodeadores anuncian, a toda voz, una guagua estatal a La Habana con aire acondicionado por 12 CUC. En el TV la periodista que hace los pases al noticiero, entrevista a otro delegado muy seguro y confiado en el nuevo plan de perfeccionamiento de la sociedad. El corolario de la escena es un policía: a sabiendas que no le cobrarán, se lanza a la carrera con su pesado maletín rumbo a la guagua ilícita. Verlo sumergirse en la ilegalidad, así, frente a un congreso del PCC, equivale a uno de esos sueños en que por más que corres huyéndole al gato, no avanzas.

No sabría decir por qué no monto, si por caro, o porque siempre he creído que estas guaguas desaparecen en un punto de la ruta sin llegar jamás a su destino.

Doce horas después logro subir a un ómnibus. Cientos de veces he sobrellevado la tortuosa penúltima fila, pero esta vez mis piernas simplemente deciden no estar a la altura política de siempre, o sea, no entran. Las saco al pasillo, e intento dormir de lado. Me esfuerzo durante un par de horas; el señor de delante reclina su asiento y me coloca el espaldar a cinco centímetros del pecho, ok, me salgo y viajo de pié. Entonces me asalta una duda: ¿por qué?

Cuando regalas algo en exceso corres el riesgo de no ser apreciado. No podía regalarles estar 15 horas de viaje en estas condiciones, ¿quién lo apreciaría?

Me siento en el escalón inmediato al chofer, le digo a la tripulación que no entro en el asiento. El que descansa, un grandullón mezcla de Sydney Poitier y Mohamed Alí, me dice que qué cojones tenía él que ver con eso. Cuando se trata de trompadas yo puedo hacer dos o tres maniobras secretas para no quedar mal. Esta vez opto por la resistencia pacífica, y hacerme el que no oye.

Viajo allí un par de horas más. Sesiona el Congreso. Tomo nota: paran en donde les da la gana; caen por su propio peso en mi plan A. Pero no me intriga tanto preparar la carta a Granma, como saber en qué momento desistiré de hacerla.

En un pueblecito el grandullón baja y le da 50 pesos a una señora de 70 años. La besa en la frente. La anciana es una especie de arbolito seco y eterno. Es su madre, me dice el otro chofer. Más adelante, me piden que les baje un maletín del porta bolsos del pasajero, luego que les ayude a entrar al maletero unas costillas de vaca. Recesamos 10 minutos en Ciego de Ávila, el grandullón se me queda mirando mientras fuma. Al subir me muestra un asiento. El tipo había movido a una pasajera- una mulata bellísima-, para su puesto de descanso. Suena ridículo, pero de pronto me emociono, me parece un gesto que he merecido.

Para muchos, el socialismo es esa fila de penultimos asientos de la Yutong, demasiado estrechos, donde nunca entran tus rodillas. Ahora bien, por un toma y daca difícil de enlazar, no es exactamente así. Uno generalmente desea caer de espaldas sabiendo que alguien lo recibirá. El socialismo, la convivencia de dos realidades distintas, la oficial y la real, no es tanto una idea descabellada como sí una respuesta al eterno miedo de caer de espaldas.

Tomado de https://eltoque.com/blog/caer-de-espaldas

La invasión

Le pasa a todo el mundo: despertar de la inmortalidad, es decir, darse uno cuenta que es mortal, que puede morirse en cualquier momento y que no hay opción contra eso.

Yo desperté un día luminoso del Periodo Especial en que mis padres me enviaron por primera vez solo al médico. No recuerdo qué tendría, si fiebre o una cortada, pero me tuve que ir andando sin comprenderlo muy bien. No pasaba nada por la Carretera Central y permanecí allí un par de horas bien íntimas, escuchando moscas. Una carretera sin autos tiene ese enorme poder sugestionador: mi cerebro estaba fascinado con la idea de la muerte. De hecho, es lo único que recuerdo además de que parecía domingo, un domingo estático y sangrando sin sangre en una carretera sin autos, no sé si me entienden.

Antes jugaba a aterrorizar a mi hermano con la idea de la oscuridad total. De estar atrapado en esa nada negra para siempre. Y mi hermano lloraba. Puedo entender que sentía asfixia. Yo no, seguramente porque en el fondo nunca creí que la muerte fuera algo demasiado terrible.

Sentía angustia, pero creo que no tanto hacia la muerte como hacia el hecho de que no había poder alguno en contra de la muerte. La muerte en sí es un asunto menor. Al hombre le asustaría igualmente no poder morir, no poder descansar, podrirse en vida. Al hombre -como aquel cuento de Piñera sobre el tipo que quiere dormir y al levantarse la tapa de los sesos tampoco lo consigue-, le haría feliz poder salirse, porque sería una opción a su favor. Al hombre -y a mi hermano- le desespera la falta de opciones.

En mi casa, por ejemplo, teníamos un almendrón pero no gasolina. Si mis padres eran tan impotentes ante un hecho como la falta de combustible, que a la larga es un problema menor en la vida moderna, cómo no serlo ante el fenómeno de la muerte. Mis padres tenían justo el poder limitado de sus brazos, y lo que podrían hacer con esos brazos. Nada más. Ambos, raídos, flacos, preparaban el fogón de leña para hervir ropa, y el humo les irritaba los ojos hasta sacarles lágrimas. Apenas la crisis les dejaba espacio para asuntos tan inmediatos como qué hacer para comer esa tarde. Estábamos jodidos. Habíamos perdido la iniciativa. Me mandaron solo al médico. 

Luego el país remontó. Vendimos el almendrón. Algunos hermanos se fueron y comenzaron a enviar remesas. Olvidé el asunto, y volví a ser inmortal. Ser inmortal es tener opciones suficientes como para olvidar que se es mortal.

Supongo por experiencia propia, que no es hasta después de los 30 en que uno va sintiendo, literalmente, en carne propia, ser mortal. El cuerpo se hace latente: llega este cansancio después de comer, alguna enfermedad que aparece de pronto, no poder amarrarte los zapatos porque la barriga creció, sentir tu propio aliento inyectado de un vaho pantanoso y hernias estomacales. Derivas sistemáticamente en la cuenta de que te deterioras y que no puedes hacer nada contra eso. Tu mente sigue joven pero tu cuerpo no, no hay opción contra eso.  

Hace un par de semanas iba subiendo por la calle Enramadas y de pronto salió una conga. Cientos de mujeres y hombres iban tras esa conga. Comencé a filmarla como otros tantos imbéciles que lo filman todo con sus móviles para después borrarlo. Cada tambor cumplía una función específica y bien estudiada. Algunos tocadores parecían en trance, otros apenas trataban de seguir a esos que estaban en trance. El sol caía con toda su fuerza. La gente se tiraba una encima de la otra. Entré en esa multitud. Y comencé a emocionarme. Nunca había estado en el corazón de una conga y lloré sin saber dónde meter la cara. Este post nació con la intención de explicar por qué lloré. 

A menudo, después de los 30s, el hombre descubre que tiene muy poco tiempo para recuperar el control de la situación. Algunos les pegan a sus mujeres, otros escriben panfletos en contra del Poder, otros se tiran bajo el sol a arrollar con una conga. Una conga es un ser vivo provocado por personas que no pueden hacer nada contra lo que les usurpó la libertad de escoger. Una conga vive de esa asfixia. Una conga es una de sus últimas opciones. Me emociona esa deriva. O sea, la capacidad humana de crear opciones, cada una más ingeniosa o inútil que la otra. A otras especies les basta con comer, defecar y copular, a nosotros no. La conga es una opción grandiosa del santiaguero. Una vez al año todas las congas de Santiago y miles de arrolladores recorren la ciudad y se enlazan en lo que llaman: “La invasión”.

Tomado de http://eltoque.com/blog/la-invasion

Boxeadores

Dicen que Google te sicoanaliza. Lee entre líneas lo que escribes, lo que buscas, e identifica una pequeña fracción probabilística de tu deriva. De repente un algoritmo de esos envió a mi navegador un enjambre de videos, todos de un mismo tema: proezas de boxeadores cubanos quedados fuera.

A algunos los recordaba más o menos, a otros los tenía olvidados. Todos, en general, me parecieron cadáveres acicalados después de la golpiza definitiva; mártires de un foro de luces, del cual llegaban voces que sus ojillos empequeñecidos -y carentes de afecto- por la zurra, apenas podían localizar.

Digamos que sin esos golpes de puño no hay mareas, sin esas mareas se apagaría el bombillo permanente del progreso. Todos los ministros de Economía luchan por mantener la pegada, y porque su moneda se mantenga en erección constante, pero detrás de cada ministro hay un boxeador nacido en provincias que pega, esquiva y envejece.

Siempre he querido tener la nariz de un boxeador. No hay nada más merecido. Así que allí estoy yo, frente a Google, viendo los videos sin darles play.

No puedo evitar sentir que esa gente es parte de mí, hay algo obsceno en observarlos, incluso, ganar.

En Cuba también los maduraban a golpes, pero hay golpes y golpes. Cada boxeador cubano se iba a batir con algo más que un contrario de carne, hueso y tripas; cada puñetazo, cada finta o golpe efectivo de la escuela cubana de boxeo, reafirmaba que no estábamos equivocados como nación, que íbamos bien Camilo.

Y esa ha sido, de lejos, la mejor cosecha de la politización extrema. Que el boxeador sepa que pelea por la Patria, lo mismo que el cardiólogo cura por la Patria. Que ambos se fumen un cigarro juntos hablando de la Patria. Nunca un púgil cubano, después de 1959, fue sin esto al ring.

Pero que millones de mandíbulas muerdan simultáneamente el protector bucal no quita que haya un momento de soledad absoluta para el boxeador. Es cuando un golpe lo saca de este mundo y lo coloca en el otro. En ese momento no hay ideología, ni 12 millones de cubanos.

Lo descubrí en una pelea de Odlanier Solís, Olimpiada de no sé cuándo, un inglés en el primer round encuentra una brecha para uppercut que entra como un rayo de sol en el mentón de nuestro héroe. Odlanier ataca, pero en cada vuelta de esquina, por la misma brecha milagrosa, le espera, idéntico, el uppercut. 

El inglés lo ha pillado, no hay quien resista por mucho tiempo uno de esos ataques limpios al mentón. Un par de minutos después sabe que está listo para despacharlo. Lanza un golpe de remate, la barbilla del cubano se eleva al cosmos, y flota en esa otra playa, silenciosa, durante un par de segundos. Entonces suceden dos milagros, el primero es que su cuerpo no cae, el segundo es que tocan la campana. En la esquina roja, Sarvelio o quien sea, le dice un racimo de cosas que redundan en una: cuídate del uppercut, que te llega siempre por tal coordenada.

Odlanier localiza la coordenada y aplica la escuela cubana. Esquiva. Esquiva ese uppercut. Cada movimiento del inglés es bloqueado o empobrecido antes de nacer. Puro ajedrez, que deja sin repertorio al inglés, y lo desespera. En el segundo round Odlanier lo supera a puntos, en el tercero casi lo noquea.

Ha dado una disertación de creatividad e ingeniería, ha tomado al toro por los cuernos.

Pero en aquel par de segundos Odlanier comprende que aun cuando una olimpiada supone 12 millones de mandíbulas hinchadas de trascendencia mordiendo el protector con él, se siente incurablemente solo. Y esa bola le crece por dentro. Más adelante abandonará el amateurismo cubano, y saltará al profesionalismo. 

Mi criterio es que se lo tomó demasiado al pie. Siempre he creído que deportista y poeta son una misma cosa, ambos son célibes; ambos, sobre toda tentación mundana, persiguen marcas imposibles. La nariz de un boxeador es la nariz interna de un poeta, por ejemplo, como Baudelaire, (donde lo hermoso existía – por rebeldía- en su contrario).

El hombre persigue lo hermoso aun cuando eso suponga su propia ruina. Suponer que no se está solo, suponer que ninguna meta es prosaica, es una hermosa manera de engañarse, de posicionarse ante la trivialidad de la vida y la muerte. La política suele ser un buen esteroide para este hábito entrañable.

Tomado de https://eltoque.com/blog/boxeadores