Archivo mensual: diciembre 2016

Casas desarmables para Santiago

La sala de Orestes Cedeño, donde pernocto, amaneció este martes con 7 huéspedes tendidos en colchones. Es la más indicada en un área de cuatro casas que tienen techo de zinc. Posee una sólida cubierta de hormigón y ningún árbol amenaza con aplastarnos. Entre la sala y el comedor se encuentran 4 colchones, tres televisores desconectados, dos balas de gas licuado, varios ventiladores.
Una de las evacuadas, la enfermera Mileidis, duerme sola, sin familiares. Estos decidieron irse a otra parte para no ser una carga demasiado pesada en lo de Orestes. Después de darle vueltas y vueltas a la idea, no le pareció demasiado loco a su hijo desarmar el techo de su casa de paredes de madera y resguardarlo en un lugar seguro. Se apareció la noche del lunes con una cuadrilla de amigos y en menos de dos horas lo lograron. Su vivienda ahora es una caja sin tapa al pie de la Carretera Central.
El techo podría volarse como está comprobado. Y al volarse podría desaparecer o quedar inservible por las cortaduras o los múltiples golpes que le ocasionará el choque contra objetos de todo tipo. Cada teja les costó casi mil pesos. Muchos de los afectados que deje Matthew arrastrarán la deuda financiera que todavía no pagan de Sandy.
La táctica “desarma antes de que te desarmen” es una jugada pragmática aprendida después de los destrozos del Sandy.
Tejas, vigas, puertas entre otros materiales, con precios subvencionados oscilan entre 300 y 700 pesos la pieza, cifras que superan la escala que cubriría el salario promedio de la provincia, menor de 600 pesos mensuales. Así que si los huracanes siguen golpeando a los santiagueros las deudas seguirán acumulándose.
Santiago de Cuba ofrece actualmente un cuadro complicado. Cuando en la provincia comenzó a manifestarse el enjambre de pequeños terremotos de hace meses atrás, se volvió casi una obsesión considerar qué tipología de casa podría ser la ideal para conseguir dormir a pierna suelta.
“No puedes,- decía una señora- comprar una de placa porque si tiembla te cae encima, ni de tejas, porque si viene un huracán te deja sin techo”. Bajo su vista se extendía el barrio de módulos de plástico, hormigón y teja de zinc donado por el gobierno bolivariano de Venezuela hace varios años.
¿La mejor variante era una de esas petrocasas, hechas sobre todo con ciertos estandares de calidad y acabado que no ofrecen las construidas por obreros nacionales en los últimos meses?
La prueba de que uno de estos módulos puede resistir violentas rachas de viento es más accidental que empírica. El testimonio de su resistencia llegó después de Sandy, sus ráfagas que no dejaron títere con cabeza en la ciudad, hicieron poquísimo en las cubiertas de zinc de esa comunidad.
Mas no fueron las únicas, casi a un kilómetro de allí una vecina con casa de madera y techo de zinc sorprendió a todos cuando su casa conservó la cubierta. Ambos casos, podrían ser muestras de experticia y solidez en la construcción pero también de estar sujetos a ciertas ventajas topográficas de elevaciones cercanas o estar situadas en una especie de agujero como es el caso del barrio Petrocasas.
Si se han estudiado normas constructivas para levantar o corregir viviendas en pos de hacerlas seguras y viables para el habitante promedio, estos estudios no se han sistematizado ni aplicado como sí se ha hecho popular el hábito de construir sólidas estructuras sísmicas de columna y alquitrabe en construcciones de techo de cemento.
Los que dormimos hoy en casa de Orestes pudiera ser que en unas horas no tengamos casa y acarrearemos nuevas deudas. Afuera ha comenzado a batir el viento.
El hecho de que dos huracanes intensos azoten la zona en  un lapso tan corto es tan accidental como la carencia de una base tecnológica que lleve al sector popular una respuesta cercana a su solución de vivienda.
Podrían ser casas con llaves, tuercas, engrampes y bisagras que permitrían, como a la familia de la enfermera Mileidis, desarmar, irse a un lugar seguro a esperar que pase el siniestro.
El inconveniente será que a la larga los santiagueros comenzarán a poblar el occidente o el centro con sus casas portables buscando reducir preocupaciones.

Escrito para https://eltoque.com/texto/casas-desarmables-para-santiago

Esperando a Matthew

Lo más pesado de evacuar son los libros. Debe haber más de una tonelada de pulpa seca fijada contra las paredes de mi cuarto. Cuando Sandy pude deshacerme de ellos de una vez, pero no llovió.
Ha sido absurdo acumular tal cantidad. Más de la mitad no la leeré nunca. Luego habrá que clasificarlos por cuento, novela, poesía, ensayo. Estoy por venderlos, pero casi la mitad está partida, sin portada, comida de polillas o deformada por la humedad. Quiero deshacerme de ellos… pero no puedo dejarlos sin más bajo un huracán.
Haciendo espacio en el closet para meter más libros descubro bolsas con cientos de tarecos que mi hija ha ido acumulando. Desodorantes, pomos de champú, cuquitas, dibujos, piezas de legos, una pierna de muñeca, una cabeza de elefante, cordones. El premio gordo es un saco con más de treinta zapatos. Todos aptos para el uso, pero remendados hasta la garganta de la garganta.
Los reconozco y ellos me reconocen por supuesto. Soy quien los ha devuelto a la vida útil. Hay años de zapatos ahí, algunos de cuando vivía en Holguín. Son inmortales. O sea cuando los coso se vuelven inmortales. Perderán un pedazo, una o varias costuras, se rajarán, pero no perderán  lo que necesita perder un zapato para morir definitivamente: la suela. Los curo, pero en una nueva enfermedad que consiste en no morirse del todo. Por eso es recomendable morirse.
¿Me compro o no el power bank? Llevo dos semanas dándole vueltas al asunto. Llamo a un amigo buscando consejo, y me dice que está muy caro. Le explico que debo tener cobertura de baterías en mi móvil porque soy periodista. Y él me dice que igual está caro. Voy a la tienda, señalo el accesorio. Le pregunto al dependiente si tiene garantía. Y me dice que no. ¿Sale bueno? Me dice que nadie lo ha devuelto.
Ya que podré recargar mi e-reader, me pregunto si podré leer antes, durante y después del huracán. Nuestro techo voló completamente la vez anterior con Sandy. Las tejas fueron a dar a 50 metros, y a uno de profundidad bajo lomas de gajos de árboles y lodo. Por momentos me pregunto –sabiendo la respuesta- que si cuando llegue el juicio, que llegará, como la muerte, como este huracán, podré decir: “¡eh, tengan en cuenta que mi techo siempre fue de zinc, fui un siniestrado; toda mi puta vida lo he sido!”.
Los vendedores de piezas de la calle Santo Tomás están de fiesta. Los tornillos que estaban a dos suben a tres, los de tres a cuatro. Una rebaja consiste en el doble al que llevarían sin la amenaza de un huracán. Una arandela cuesta 1 peso, pero ellos te la dejan a 50 centavos. Según mi mamá las arandelas debieron venir con el tornillo que compré, y tiene toda la razón.
Mientras cortaba las platinas a segueta mi papá se estrena con algo que nunca ha dicho: “cómo hemos comido mierda”. “Ujum”, respondo sin hacerle mayor caso. ¿Si ayer terminé molido, cómo terminó mi papá con 82 años, que soldó todas las piezas, se encaramó al techo, y me ayudó a atornillarlas hasta entrada la noche?
Esta vez soldamos mal las platinas y tuvimos que empezar de cero. Pedimos permiso en un centro laboral y no pudimos concluir antes de que se fueran los trabajadores. Le dije a mi papá que en ese caso debíamos intervenirlo, intervenir esa máquina de soldar, y más o menos eso fue lo que hicimos.
Si  no hay imprevistos, hoy en la mañana terminaremos de asegurar toda la cubierta, pero aun no sabemos si resistirá. Por el momento descubrimos algo clave: el aire entrará entre las tejas y el final de la pared. Hay ahí una ranura de unos veinte centímetros que circula toda la casa por donde comenzará a entrar el aire a golpes de rachas. ¿Has visto como Rigondeaux trabajaba al contrario hasta hacerlo caer? Así también se hace volar a un techo si el aire tiene por dónde entrar.
Quien visita mi casa quizá le despierte cierta aprensión el patio de gitanos que tenemos. Está lleno de hierros, piezas inservibles, latones. Mi papá y yo vivimos recogiéndolas por ahí por pura compulsión de remendones y gracias a eso hemos podido resolver hasta hoy. Es nuestro techo, he colocado cada tornillo, he domado a golpes de mandarria cada latón, hay un orgullo inútil en todo ello. Es rojo, y es parte de mí. Es como un viejo perro pulgoso al que acaricio. Está hecho a remiendos como esos zapatos y libros que llevo años resguardando y que quizá –para suerte nuestra- la inundación y este huracán se llevará para siempre.

Escrito para https://eltoque.com/blog/esperando-matthew

Cuello de cisne

Hace unos años me llené de coraje e invité a salir a una muchacha que me gustaba mucho. Soy inexperto, falto de sentido común, egoísta, así que la llevé a ver Bailando en la oscuridad, un filme al que hago culto.
A Selma la condenan a la horca. Veamos: hermoso en su miseria como pocos antagonistas, un policía amigo de ella le confía que le van a embargar la casa, está en la ruina, pero necesita comprarle unos muebles nuevos a su esposa. Selma promete guardar el secreto y para tranquilizarlo le confiesa está casi ciega por una enfermedad hereditaria degenerativa. Ha ido a América para curar la futura ceguera de su hijo, y tiene ahorrado casi todo el dinero. Día y noche trabaja en una infame fábrica de fregaderos. 
El policía toma nota y sabiéndola ciega, roba esos ahorros. Al ser descubierto por Selma le ruega que lo mate pues teme perder a su bella y estúpida esposa americana. El policía no se defiende, Selma le aplasta la cabeza a golpes, y acto seguido sale a pagar la operación del hijo. En el juicio no rompe la promesa hecha al amigo, más bien sueña que baila y, fanática a los musicales, inventa que es hija de un famoso coreógrafo checo.
La escena final es la ejecución. Encapuchan a Selma y ella chilla histérica que no le tapen la luz, la oscuridad la asfixia. Su carcelera, una mujer contradictoriamente sensible, logra que se lo concedan, ¡es su maldita última voluntad!
Selma comienza a cantar a capella mientras le acomodan la soga al cuello, y la amarran a un tablón, le aseguran las manos y los pies con hebillas y cintos. El espíritu de Selma trasladado a la forma musical abstracta hace olvidar al espectador que está a punto de ver el ahorcamiento de su heroína.
El final es un mazazo que roza el efectismo.
Conozco de memoria lo que sigue y me vuelvo discretamente hacia mi bella acompañante. Tiene un hermoso cuello de cisne. He ido haciendo mía la película, plano tras plano, hasta experimentar el siniestro regocijo de su realizador ante la eficacia de la escena.
Cuando se abre repentinamente el agujero bajo los pies de Selma, y la soga le tuerce el cuello cortando la canción, mi bella muchacha da un saltico en el asiento, y rompe a llorar. Suben los créditos.
Minutos después me preguntó por qué la había llevado a ver esta monstruosidad. Le dije que era mi película preferida. Fuimos a la heladería y la relación no resistió las dos horas de cola que siguieron.
¿Qué misteriosa alquimia puede hacer optimista a un filme como este? ¿Qué clase de monstruo –concedo- podría ver optimismo en él? La primera vez que vi este filme, sin conocer un ápice de su recorrido mundial ni la ficha de Lars Von Trier, salí del cine radiante de goce estético, feliz, el mundo valía la pena.
Mi amiga tenía una escasa sensibilidad. Sus juicios sobre todo lo que la rodeaba eran superficiales. Para ella el cine no era como para mí un fabuloso dispositivo nacido del ingenio y la libertad creativa humana. Su hermoso cuello de cisne, por ejemplo, -ah, debí decírselo- era para mí un suceso estético, un prodigio hereditario.
Un filme, una obra literaria, una pieza musical, un urinario y cualquier otro artificio humano o natural conllevan una moral profunda, interna, ligada al acto y la pasión de crear que no tiene que acompañar obligatoriamente a su moral empírica y manifiesta.
Que Selma muera, efectivamente, no quiere decir que con ella mueran los valores que defiende. Su muerte apuntala más el valor moral extraordinario que la impele a no revelar en el juicio el secreto que prometió guardarle al policía. Algo sobrenatural por arbitrario –la fidelidad como “el cuello de mi amiga” – le impele a tragarse aquel secreto.
Su vulnerabilidad como inmigrante, el poco valor de su palabra, la carga que será en lo adelante para su hijo siendo ciega y su estoicismo en relación a todo ello, también rebelan en última instancia la enormidad de este personaje.
El gesto de Selma, no es, en efecto, pasivo. Es un faro potente, hermoso. Pero la propaganda común no lo comprende así, trabaja sobre espíritus como los de mi amiga-cuello-de-cisne.
Construir con ingenio y de forma brillante la moral de un personaje es un acto creativo y edificador en sí. Es una ingenuidad creer que esto debilita al capitalismo, en todo caso lo revitaliza.
¿Entonces los grandes filmes pesimistas son profundamente hipócritas? Diría que apenas el hecho de haber sido generados los hace un testimonio ejemplar de triunfo y optimismo sobre el caos y la nada. Por eso el pesimismo unánime de E. M. Ciorán me parece un embauque menor. Por eso amo tu cuello de cisne.

Escrito para https://eltoque.com/blog/cuello-de-cisne

Una garza de azufre

En una secuencia de Cementerio de Esplendor, de Apichatpong Weerasethakul, dos diosas acompañan a la protagonista mientras almuerza en una especie de merendero al aire libre. La conversación comienza -apelo a mi memoria- cuando una de las interlocutoras llega y le ofrece prendas de vestir a la señora. Blusas de diferentes colores, prendas femeninas de ventorrillo chino, nada especial.
La protagonista celebra la mercancía por ser cortés, pero no está interesada en comprar. Es un mediodía luminoso, la brisa zarandea la yerba y hace sacudir las vainas secas de los árboles. El tiempo del plano, el ciclo en que cada personaje escucha y se detiene a armar la frase en su cabeza antes de decirla coincide con el tema banal de conversación. Lo ordinario se hace delicioso, arte refinado.   
Cuando la vendedora informa que ella y su amiga son diosas la protagonista se sobrecoge unos segundos, pero la conversación sigue. La vendedora le recuerda que son precisamente las dos diosas sensuales de yeso que ella -la protagonista- acaba de reverenciar hace unos minutos en un altar.
Con esta facilidad Weerasethakul se salta habitualmente las leyes de la realidad real y uno se maravilla -y hace culto- de tal desparpajo.
Hace poco un amigo me hacía notar cómo los dioses, las princesas y los militares, eran tópicos exportables de la cultura tailandesa. Actualmente este país conserva una monarquía parlamentaria (salió del absolutismo apenas en la década del 30 del XX), y en los últimos años ha tenido una convulsa historia de golpes militares, sangrientas purgas anticomunistas y bajas civiles. Todo eso, que es y no es precisamente Tailandia, -como mismo Cuba no es un país de balseros y anticomunistas-,  permanece como una constante tangencial en cada filme de Weerasethakul. De pronto –asumo mi paranoia- el tailandés se me configura como un explotador de una sensibilidad bastante común.
Hace unos años encontré a un cineasta chileno que echaba pestes de Pablo Larraín. Según mi colega con “Post Mortem” y “Tony Manero”, -ambos excelentes filmes sobre cómo la dictadura militar no fue una entelequia sino el fruto de miserias humanas universales, enraizadas en el pueblo que traicionó el proyecto de Unidad Popular-, su compatriota nos había pasado gato por liebre. O sea, nos había ofrecido un par de historias que eran agua pasada en Chile. Una especie de oportunismo o kitsch local.
Algo similar siento con algunas películas nuestras. El caso más interesante –aunque acaso no el más tremendo- es La vida es silbar de Fernando Pérez. Se me hace difícil tolerar que la madre de uno de los protagonistas se llame Cuba, y otro Elpidio. Y que luego, al final estos corran nada más y nada menos que a la Plaza de la Revolución José Martí… Todos respetamos mucho a Fernando Pérez –acaso otro lugar común- pero el uso de tantos tópicos de fácil lectura en tan corto espacio, como apretujados en una habitación pequeña, me sonrojan.
Concediéndole el beneficio de la duda a mi amigo chileno, podría admitir que aquellos dos filmes que él anatemizaba venían siendo lo que esperábamos oír de su país. No tenemos tanto a Chile entre nosotros, como sí películas bien sonadas sobre la dictadura argentina de la cual estamos igual de hartos. Aunque sigan siendo necesarias, el criterio estético más para mal que para bien, no acompaña siempre al político. Y por cuenta de estos excelentes filmes de Larraín ahora se nos comienza agotar el capítulo dictadura-en-Chile.
¿Qué me interesa de todo esto? Yo creo en la relatividad. No estoy dispuesto a admitir que el bando que represento tiene la absoluta razón, ni tampoco su contrario. Estoy dispuesto a admitir que ambos se mueven en imaginarios diferentes. Y lo que podría darle la razón a cada bando es el número de acólitos que lo acompaña y su modelo (o acumulación) de prosperidad. La gran pregunta que destila este problema, por supuesto, trasciende al cine mundial, y atraviesa todos los campos en que se desenvuelve nuestro sistema de certezas.
Por momentos somos una multitud que asume patrones universales y generalizantes, por otro lado, actuamos a golpe de patrones locales muy específicos. En tal marco buena parte de nuestro periodismo, incluso nuestro mejor periodismo alternativo es harto predecible. Si lo despojáramos de cierta artesanía prosódica y estilística, se notaría una misma estrategia y una misma tesis. Escribimos de forma autista lo que cierto imaginario espera de nosotros. Bueno, creo que esto debería quitarnos el sueño si nos empleamos en quitarle el sueño a otra gente. Porque lo que sí nadie nos puede quitar, en definitiva, es que estamos solos, y seguiremos solos y nos moriremos solos. Y nadie nos concederá clemencia.

Escrito para https://eltoque.com/blog/una-garza-de-azufre

Una sensación de frío y acero

Lázaro es uno de los pocos amigos cercanos que todavía viste el uniforme verde olivo. La mayoría pidió la baja antes de graduarse; dos murieron reventados, en momentos diferentes, por una explosión neumática; cuatro se fueron del país; otro fue expulsado por tráfico de influencias.

Hace unos días me encontré a Lázaro. Su vida es poco menos interesante que sus canas prematuras, que asumo como un principio merecido de des-coloración, de caída gradual en la completa invisibilidad. 

Como siempre Lázaro saltó a hablar de Alejandro, de quien ha sido, desde tiempos inmemoriales, una especie de sombra. Me contó con orgullo que aquel se hizo ciudadano español y emigró a España hace unos cuatro años, donde ejerció como ingeniero y le fue bien, hasta que decidió regresar a conocer a su primer hijo. Se demoró aquí algo más de lo prudente, y su puesto laboral allá fue ocupado por otra persona.

Al retornar a España, Alejandro debió sobrevivir en paro, vendiendo postales, almanaques y predicciones zodiacales.

Un hermano suyo asentado en Ecuador lo invitó a recuperarse allí, y le costeó el pasaje. Bregó un tiempo como mecánico de autos hasta abrir un pequeño negocio de redes de comunicaciones. Visitó Cuba un par de veces hasta que, por fin, logró sacar a su joven familia.

En su última estancia en Santiago Alejandro organizó una fiesta con quienes recordaba. Tras hacer un aparte con Lázaro –único de nosotros que conservaba aquel halo santo de los “camilitos”, y que peor parecía estar– le regaló 20 CUC. A la semana siguiente no regresó a Ecuador, como todos creían, sino que subió con su joven familia a los Estados Unidos.

Creo que esa fiesta fue un enterramiento, pero hacia arriba: un pedestal. Todos habíamos nacido en el 79, todos vivimos juntos épocas de auge, fervor y descalabro. Habíamos sido militantes y militares por voluntad. Habíamos tenido que suministrarnos nuestras dosis personalizadas de honor, resistencia y épica, esas que a la larga mantienen en pie a tantos militantes y militares ante las arbitrariedades y miserias de sus superiores.

Más que fiesta, fue la botadura con honores de un buque inservible y sin tripulación en ese mar muerto de tormentas fantasmáticas del pasado.

En un primer momento me costó imaginar a Alejandro bajo el sol, escondiendo a sus hijos en una camioneta, o sobrevolando en un Cezna la selva centroamericana. Pero recordé otro gesto suyo a finales de nuestro primer año de cadetes, que incubaba quizá una especie de destino en clave. Víctor, otro del piquete, consiguió saber que todos, o casi todos los “camilitos” de Santiago de Cuba, teníamos una deformación por desgaste en las rótulas de cada rodilla. Lo cierto es que nos obligaban a marchar mucho, como sonámbulos, y por consiguiente estudiábamos poco, como burros. Al menos en Santiago lo tenían claro: formaban hombres de guerra.

Alejandro y Víctor se hicieron radiografías, que dieron positivo, aun cuando no sentían nada en las rodillas. Se operaron, recibieron la baja FAR y un boleto de continuidad de estudios en la Universidad de Oriente, sin pasar el Servicio Militar. Un día Alejandro, con ambas piernas enyesadas, me sugirió que no me fuera de la Escuela de Cadetes, él y Víctor tenían hogares solventes, pero yo era muy pobre para regresar a Santiago.

Elegí la ruta larga, pedí la baja sin operarme, me zampé completos los dos años de Servicio Militar y luego hice oposiciones para la carrera de Periodismo. Ese fue nuestro parte aguas.

Lázaro me dice que nadie tuvo mi teléfono para avisarme de aquella fiesta. Creo que en verdad se olvidaron de mí, y doy gracias por ello. Hace poco mi hija, jugando, comenzó a darme voces de mando. Una sensación remota de quirófano acerado partió de mis  testículos y subió por la espina dorsal hasta la base del cráneo. No soy tan memorioso como sensible ante sensaciones de prevención y peligro. 

Al final de la conversación, Lázaro se me queda mirando y me pregunta qué estoy esperando yo también para irme. Le digo que nunca se me ha metido en la cabeza, pero me distraigo en otra pregunta que es acaso la verdadera respuesta a la suya: ¿si algún día decido hacerlo –de una manera menos brutal que Alejandro–, me producirá igual sensación la referencia a Cuba?

Tomado de https://eltoque.com/blog/una-sensacion-de-frio-y-acero