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Luciano y Amaury

Con dos que se quieran II debería ser redescubierto. Pero bajo otra luz. Pienso en ello revisando la entrevista que le hiciera Amaury Pérez a ese sacerdote del cine que es Luciano Castillo. Sus opiniones, jaladas por Amaury, levantaron pequeñas ampollitas que considero exageradas.
Luciano es una especie de inquisidor del cine clásico. En un Festival de Cine de la Habana, lo vi exclamarle a un colega, como si ambos fueran párvulos: “Vi la película de Weerasetakul hasta el final. Por favor, ¿a eso le llaman cine?, ¡¡¡casi vomito!!!”
Le contó a Amaury que durante más de 40 años, o sea desde niño, lleva un estricto registro de toda película que ve en una libreta escolar. Así que no es difícil imaginar cómo la cierra, y cómo acaso todavía la acaricia, y cómo tiene habilitado el lugar de honor donde descansa. Y que quizá ha tenido a bien restaurarla, o transcribirla cada cierto periodo de tiempo.
Sabe el número exacto de películas que ha visto, casi 8 mil, y cuál dejó de ver. En esa entrevista, sin que se lo preguntaran, mencionó el título de una a la que llegó tarde (y por qué llegó tarde), y el nombre de su director. No dudo que también sepa interioridades del rodaje.
Particularmente siempre me resultaron ridículos los cinéfilos o lectores que anotan los filmes o libros que consumen. Me molesta el gesto cuantitativo por engañoso, o por su similitud a tantos otros, como aquel escolar, en que te obligaban a memorizar fechas históricas, privando a esa disciplina acaso de su lado apasionante, el de reconocer patrones, analizar comportamientos, superponer figuras del pasado en la actualidad.
Pero en todo caso deberíamos besar la frente de la persona que aún se ilumina, -por infantil e inútil- al ver un título más en su lista de películas, libros o filatelias. En definitiva esa prolija memoria, afincada en Luciano además en su cargo como director de la cinemateca de Cuba, es la memoria de todos los hombres.
Por otro lado está Amaury. Bello personaje. No invita tanto a gente que quiere, o que lo quiere, sino a los que le interesan. Que su curiosidad individual sea corta o larga, sorprendente o pobre, construye la idea que tengo sobre él. A saber, que es un ser humano de pequeñas miserias, de bajo tono como tú y como yo. Gente que se deprime, que sabe que se va a morir, y que si le pica el bicho, intentará grandes cosas pensando que con ellas garantizará estar más vivo, o generar un tipo de vida eterna, lo cual son mentiras bastante hermosas. He apreciado a Amaury por esa pequeñez, por esa curiosidad que muchas veces parece viva, auténtica y no teledirigida.
Hablo de esa entrevista porque a unos amigos le insultó una opinión bastante fugaz de Luciano hacia la Muestra Joven. Lo que dijo, además, pareció un jalón de lengua. Pero aun cuando hablar de ese tema haya sido iniciativa del propio Luciano para sacárselo de adentro de una maldita vez, después de conocer su sacerdocio, su pulsión de coleccionar y llevar registro, tal opinión no puede ser tomada como la de una institución, sino como la de un sujeto que quizá en su último segundo de vida recordará ciertos amores, vergüenzas, frotamientos, momentos luminosos de películas memorables en blanco y negro.
¿Por qué la opinión de un hombre así, dicha por televisión, o en cualquier medio de prensa puede hacer peligrar la integridad de un proyecto o en otros casos la integridad de muchas personas? Es cierto que en un país enrarecido por ataques externos y reacciones internas como el nuestro, no debe extrañar que un debate se haga más oficial o terrible cuando se aproxima -toda una peripecia kafkiana- a determinadas horas del día. A ciertas horas del día las condenas suelen ser terribles. Y seguirán siéndolo por un tiempo. Pero en lo que no tenemos razón es en reproducirlas y legitimarlas con reacciones equivalentes.
¿Qué condiciona este -acaso tribal- comportamiento que yo mismo he reproducido? Creo que está vinculado en buena medida, al sacrificio y sentido de propiedad que toda empresa altamente dificultosa demanda. Este envenena y enceguece, como si el otro debiera estar igual de iluminado por nuestra pasión y objetivos últimos. Somos, en buena medida, una sociedad que ha padecido grandes figuras de sacrificio, y reaccionamos en consecuencia ante la crítica del otro. Del lado del que construye no está nunca la verdad, o toda la verdad, o toda la justicia.
Mientras tanto Luciano y Amaury son dos sujetos que se quieren y en público ventilan sus intereses y padecimientos privados.

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Traje a la medida

Veinte minutos antes de salir a la calle, agarré el pantalón que iba a usar y lo pasé por la máquina de coser. Si de algo me ha servido una pequeña dosis de intrusismo o curiosidad, y una máquina de coser heredada de no sé quién, es para aprender a ajustarme los pantalones. Y eso hago desde hace años, ajustar a mi cuerpo prendas que pertenecieron a gente que apenas -o nunca- conocí.
Cuando los marines americanos triunfaban sobre una ciudad o campamento enemigo en la Segunda Guerra Mundial solían caer sobre las bocas abiertas de los cadáveres y a punta de bayoneta extraerles el oro de las muelas. En mi casa se hace algo parecido cuando se le extrae el zipper a un pantalón o un short que arrojaremos. He cosido pantalones completamente nuevos con un zipper que antes de llegar a nosotros perteneció a un fulano o mengano que apenas conocí y que murió o se fue del país.
La experiencia de usar prendas de vestir en mi casa, en efecto, tiene en alta medida aires de tanatorio. Pero si reconocemos que hay algo tanático en mirarse frente al espejo con una prenda ajena, también habría que incluir lo erótico. He gozado fugazmente el hecho de no ser completamente yo mismo por unas horas (hay un tiempo equis en que el pantalón o la camisa no son precisamente tú). Uno, de repente, cree que esa pieza incorporada podría hacerlo más propenso al ligue, a la conquista, a la obtención de un trabajo.
Confirmo el refrán: uno es justo lo que su manera de vestir emite. Una existencia en estado de contingencia permanente, o un devenir bajo control. Tuve una novia a la que le gusté porque toda mi ropa, aunque era vieja y dudosa, estaba ajustadita. Según ella eso quería decir que yo estaba apto para muchas cosas más.
Le doy la razón, si algo odiamos al menos los profesionales es ser presa del azar. Si algo hace viril a un hombre y a una mujer es creerlos capaces de prever contingencias y tener el dominio de la situación. Por eso es eróticamente recomendable –aunque le parezca kitsch-, andar combinado. Todo hombre y toda mujer cae de bruces frente a un sujeto que combina el color del zapatos con el color de la gorra. O el color del pantalón con el color de sus gafas.
Si se hiciera un museo de las prendas cubanas más utilizadas se chocaría de a plano, no solo con nuestra historia y sus hitos inevitables, sino con nuestra manera más habitual de usar a la propia historia como prenda.
Por ejemplo, creo que abundaría la prenda político-antimperialista: el uniforme de miliciano, quizá el verde olivo. Recuerdo los pulóveres de “Liberen a Elián”, o “Mi honda es la de David”. Si el Estado reaccionaba contra algo, lo hacía, entre otras cosas, vistiendo a las masas. Las reproducciones de arte cubano, que en definitiva divulgaban en estado puro la creatividad, el individualismo nacional, se vendía al turismo.
Se podría agregar los olores. El olor de un batallón de milicianos, el olor de una mujer que sale de un desfile del primero de mayo, el olor de un machetero, y el olor, por supuesto, de una tienda de ropa reciclada. Un cubano no conocerá su olor genérico, pero sí a qué huele un yuma. Desde que entró el turismo a Cuba hemos querido saber por qué demonios huelen tan rico. ¿Será su ropa, su piel, su detergente, su modelo económico?
Creo que lo que pudimos ser se parece permanentemente a lo que somos. Está en nuestra ropa, en nuestra horrible albañilería, en los remiendos de nuestros almendrones.
Hace unos años estaba de paso en la oficina de la Muestra Joven del ICAIC, y mientras esperaba por alguna gestión escuché una deliciosa conversación entre dos de sus organizadoras. Una le prometía a otra que antes de irse del país le iba a dejar algunos vestidos, blusas e incuso ropa interior. La que heredaría era, sin duda, una de las mujeres mejor arregladas que han pasado por allí. De pronto sentí que todos, tanto en Santiago como en La Habana resolvíamos de velorio en velorio.
Nuestra manera de vestir, nuestros almendrones, nuestros olores, nuestra horrible albañilería expresan una forma de virilidad, chapucera, contingente, precaria que nos vende en bandeja. Más allá de si es bueno o malo he terminado reconociéndome en ellas. Me suelo sentir un idiota cuando las juzgo sin no reconocer en mí una responsabilidad en ello, no por conformismo, sino porque somos justo lo que hemos logrado ser. Este país es nuestro traje, pantalón, camisa o blusa, a la medida.

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Techos de vidrio

Mi hija de seis años lee a Mafalda acostada sobre dos colchones. Quino le habla de devaluación, socialismo, sopa, conformismo. Y aunque comprende menos de un 30 por ciento, insiste e insiste en que le expliquemos. Hemos evacuado la casa y estamos seguros en la sala de un vecino solidario. Amarramos hasta donde nos fue posible el techo, desarmamos un trozo de cubierta de fibrocemento, salvamos algunos equipos menos el refrigerador y la lavadora, y nos pusimos a salvo.
Mirándola trataba de recordar lo que sentí cuando en el 2012 un huracán hizo volar nuestro techo y la verdad es que logré muy poco. Solo ahora cuando escribo puedo evocarlo con más nitidez. Inmediatamente después de que el viento cesara solo hacía una cosa: dar gracias de estar vivo. No dejaba de repetírmelo como un idiota.
Se ha dicho tantas veces en boca de personas de tan poco crédito que no tiene fuerza. Si lo dice Padura, Harold Bloom, o el más reciente Nobel de literatura, es una cosa, pero si lo dice el borrachín chivatón, o el obrero honrado, o la rufianilla que vende calzoncillos de fibra plástica y tiene una pésima reputación o el bloguerito sentimental que en todo caso soy yo, que son los que tienen techo de zinc, entonces se vuelve casi una frase de viejo desdentado, ignorante y temeroso de dios, que exhibe su humildad al cielo para que el Señor, o el poder que moviliza la televisión lo aprovisione.
Pero no es una frase retórica. Uno se mira, y se lo repite: estoy vivo. Se necesita sobrevivir por un pelo al cáncer, a un descarrilamiento, a una banda de narcos, a un raid aéreo para comprenderlo. Habría que estar bajo tal despliegue de fuerzas.
O sea, toda mi familia, a última hora, sorprendida por las rachas violentas que se desencadenaban bajo un cielo claro y rugiente, atinó a meterse en el closet de mi cuarto. Era el único lugar techado de la casa que quedaba. Si salíamos a buscar otro, una teja nos cortaría en dos. Volaban, entraban y salían como locas lanzando chispas y juramentos, querían joder a alguien, al primerito.
Otra gente de mi barrio, -donde abunda ellleguipon entre la maleza-, se metió cual sabandijas en lugares incluso más ridículos, debajo de una cama, de un fregadero, de una mesa, agachados y en cuatro patas, como cachorros repentinamente inocentes, asustados y humildísimos.
Entreabríamos la puerta y ya sin el techo y bajo un cielo extrañamente gris, veíamos la silueta de nuestra mata de coco más próxima doblándose bajo violentos jalones a 30, 45 y 60 grados. La fuerza del viento intentaba hacerle besar el suelo, sobrepasaba en 50 fuerzas la escala humana. Era un asunto mayor, para semidioses como solo algunos árboles lo pueden ser.
Y nosotros, los humanos, éramos nada. Hormigas. No importaba que hubiésemos creado la aeronáutica, ni caminado sobre la luna, ni inventado el Heberprot-P. Éramos, y es una certeza que conservaré para toda la vida, unos trozos temerosos de carne con huesos.
Entonces uno da gracias. A dios, a la virgen, al azar, por estar vivo. El más cínico, el de más coraje, el más culto, el más enamorado, el más pendejo, el más enérgico, el triunfador y el autocompasivo dan gracias. 
Bajo el huracán, supe que no podría salvar la vida de mi hija si estábamos en el camino de un cuerpo lo suficientemente pesado para aplastarnos. Así que acepté que era apenas un soplo de vida.
Al otro día del destrozo, no sé si seguía dando gracias de estar vivo. Recuerdo que me puse autocompasivo. Trataba de atar los cabos de una metafísica: estamos agachados bajo grandes eventos naturales de la misma forma que bajo grandes eventos políticos y sociales, que derivan en fuerzas ciegas. Abrimos la puerta del closet y miramos temerosos esas fuerzas ciegas.
Creía que mi casa pudo haber tenido un techo seguro como el de mi vecino, pero ni mi padre, ni mi madre en cuarenta años de trabajo habían podido hacerlo. Unas fuerzas enormes, que redundan en sí mismas, y se cortan el paso unas a otras, y que ellos observaron siempre desde sus pequeños agujeros, lo impidieron.

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Casas desarmables para Santiago

La sala de Orestes Cedeño, donde pernocto, amaneció este martes con 7 huéspedes tendidos en colchones. Es la más indicada en un área de cuatro casas que tienen techo de zinc. Posee una sólida cubierta de hormigón y ningún árbol amenaza con aplastarnos. Entre la sala y el comedor se encuentran 4 colchones, tres televisores desconectados, dos balas de gas licuado, varios ventiladores.
Una de las evacuadas, la enfermera Mileidis, duerme sola, sin familiares. Estos decidieron irse a otra parte para no ser una carga demasiado pesada en lo de Orestes. Después de darle vueltas y vueltas a la idea, no le pareció demasiado loco a su hijo desarmar el techo de su casa de paredes de madera y resguardarlo en un lugar seguro. Se apareció la noche del lunes con una cuadrilla de amigos y en menos de dos horas lo lograron. Su vivienda ahora es una caja sin tapa al pie de la Carretera Central.
El techo podría volarse como está comprobado. Y al volarse podría desaparecer o quedar inservible por las cortaduras o los múltiples golpes que le ocasionará el choque contra objetos de todo tipo. Cada teja les costó casi mil pesos. Muchos de los afectados que deje Matthew arrastrarán la deuda financiera que todavía no pagan de Sandy.
La táctica “desarma antes de que te desarmen” es una jugada pragmática aprendida después de los destrozos del Sandy.
Tejas, vigas, puertas entre otros materiales, con precios subvencionados oscilan entre 300 y 700 pesos la pieza, cifras que superan la escala que cubriría el salario promedio de la provincia, menor de 600 pesos mensuales. Así que si los huracanes siguen golpeando a los santiagueros las deudas seguirán acumulándose.
Santiago de Cuba ofrece actualmente un cuadro complicado. Cuando en la provincia comenzó a manifestarse el enjambre de pequeños terremotos de hace meses atrás, se volvió casi una obsesión considerar qué tipología de casa podría ser la ideal para conseguir dormir a pierna suelta.
“No puedes,- decía una señora- comprar una de placa porque si tiembla te cae encima, ni de tejas, porque si viene un huracán te deja sin techo”. Bajo su vista se extendía el barrio de módulos de plástico, hormigón y teja de zinc donado por el gobierno bolivariano de Venezuela hace varios años.
¿La mejor variante era una de esas petrocasas, hechas sobre todo con ciertos estandares de calidad y acabado que no ofrecen las construidas por obreros nacionales en los últimos meses?
La prueba de que uno de estos módulos puede resistir violentas rachas de viento es más accidental que empírica. El testimonio de su resistencia llegó después de Sandy, sus ráfagas que no dejaron títere con cabeza en la ciudad, hicieron poquísimo en las cubiertas de zinc de esa comunidad.
Mas no fueron las únicas, casi a un kilómetro de allí una vecina con casa de madera y techo de zinc sorprendió a todos cuando su casa conservó la cubierta. Ambos casos, podrían ser muestras de experticia y solidez en la construcción pero también de estar sujetos a ciertas ventajas topográficas de elevaciones cercanas o estar situadas en una especie de agujero como es el caso del barrio Petrocasas.
Si se han estudiado normas constructivas para levantar o corregir viviendas en pos de hacerlas seguras y viables para el habitante promedio, estos estudios no se han sistematizado ni aplicado como sí se ha hecho popular el hábito de construir sólidas estructuras sísmicas de columna y alquitrabe en construcciones de techo de cemento.
Los que dormimos hoy en casa de Orestes pudiera ser que en unas horas no tengamos casa y acarrearemos nuevas deudas. Afuera ha comenzado a batir el viento.
El hecho de que dos huracanes intensos azoten la zona en  un lapso tan corto es tan accidental como la carencia de una base tecnológica que lleve al sector popular una respuesta cercana a su solución de vivienda.
Podrían ser casas con llaves, tuercas, engrampes y bisagras que permitrían, como a la familia de la enfermera Mileidis, desarmar, irse a un lugar seguro a esperar que pase el siniestro.
El inconveniente será que a la larga los santiagueros comenzarán a poblar el occidente o el centro con sus casas portables buscando reducir preocupaciones.

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Esperando a Matthew

Lo más pesado de evacuar son los libros. Debe haber más de una tonelada de pulpa seca fijada contra las paredes de mi cuarto. Cuando Sandy pude deshacerme de ellos de una vez, pero no llovió.
Ha sido absurdo acumular tal cantidad. Más de la mitad no la leeré nunca. Luego habrá que clasificarlos por cuento, novela, poesía, ensayo. Estoy por venderlos, pero casi la mitad está partida, sin portada, comida de polillas o deformada por la humedad. Quiero deshacerme de ellos… pero no puedo dejarlos sin más bajo un huracán.
Haciendo espacio en el closet para meter más libros descubro bolsas con cientos de tarecos que mi hija ha ido acumulando. Desodorantes, pomos de champú, cuquitas, dibujos, piezas de legos, una pierna de muñeca, una cabeza de elefante, cordones. El premio gordo es un saco con más de treinta zapatos. Todos aptos para el uso, pero remendados hasta la garganta de la garganta.
Los reconozco y ellos me reconocen por supuesto. Soy quien los ha devuelto a la vida útil. Hay años de zapatos ahí, algunos de cuando vivía en Holguín. Son inmortales. O sea cuando los coso se vuelven inmortales. Perderán un pedazo, una o varias costuras, se rajarán, pero no perderán  lo que necesita perder un zapato para morir definitivamente: la suela. Los curo, pero en una nueva enfermedad que consiste en no morirse del todo. Por eso es recomendable morirse.
¿Me compro o no el power bank? Llevo dos semanas dándole vueltas al asunto. Llamo a un amigo buscando consejo, y me dice que está muy caro. Le explico que debo tener cobertura de baterías en mi móvil porque soy periodista. Y él me dice que igual está caro. Voy a la tienda, señalo el accesorio. Le pregunto al dependiente si tiene garantía. Y me dice que no. ¿Sale bueno? Me dice que nadie lo ha devuelto.
Ya que podré recargar mi e-reader, me pregunto si podré leer antes, durante y después del huracán. Nuestro techo voló completamente la vez anterior con Sandy. Las tejas fueron a dar a 50 metros, y a uno de profundidad bajo lomas de gajos de árboles y lodo. Por momentos me pregunto –sabiendo la respuesta- que si cuando llegue el juicio, que llegará, como la muerte, como este huracán, podré decir: “¡eh, tengan en cuenta que mi techo siempre fue de zinc, fui un siniestrado; toda mi puta vida lo he sido!”.
Los vendedores de piezas de la calle Santo Tomás están de fiesta. Los tornillos que estaban a dos suben a tres, los de tres a cuatro. Una rebaja consiste en el doble al que llevarían sin la amenaza de un huracán. Una arandela cuesta 1 peso, pero ellos te la dejan a 50 centavos. Según mi mamá las arandelas debieron venir con el tornillo que compré, y tiene toda la razón.
Mientras cortaba las platinas a segueta mi papá se estrena con algo que nunca ha dicho: “cómo hemos comido mierda”. “Ujum”, respondo sin hacerle mayor caso. ¿Si ayer terminé molido, cómo terminó mi papá con 82 años, que soldó todas las piezas, se encaramó al techo, y me ayudó a atornillarlas hasta entrada la noche?
Esta vez soldamos mal las platinas y tuvimos que empezar de cero. Pedimos permiso en un centro laboral y no pudimos concluir antes de que se fueran los trabajadores. Le dije a mi papá que en ese caso debíamos intervenirlo, intervenir esa máquina de soldar, y más o menos eso fue lo que hicimos.
Si  no hay imprevistos, hoy en la mañana terminaremos de asegurar toda la cubierta, pero aun no sabemos si resistirá. Por el momento descubrimos algo clave: el aire entrará entre las tejas y el final de la pared. Hay ahí una ranura de unos veinte centímetros que circula toda la casa por donde comenzará a entrar el aire a golpes de rachas. ¿Has visto como Rigondeaux trabajaba al contrario hasta hacerlo caer? Así también se hace volar a un techo si el aire tiene por dónde entrar.
Quien visita mi casa quizá le despierte cierta aprensión el patio de gitanos que tenemos. Está lleno de hierros, piezas inservibles, latones. Mi papá y yo vivimos recogiéndolas por ahí por pura compulsión de remendones y gracias a eso hemos podido resolver hasta hoy. Es nuestro techo, he colocado cada tornillo, he domado a golpes de mandarria cada latón, hay un orgullo inútil en todo ello. Es rojo, y es parte de mí. Es como un viejo perro pulgoso al que acaricio. Está hecho a remiendos como esos zapatos y libros que llevo años resguardando y que quizá –para suerte nuestra- la inundación y este huracán se llevará para siempre.

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Cuello de cisne

Hace unos años me llené de coraje e invité a salir a una muchacha que me gustaba mucho. Soy inexperto, falto de sentido común, egoísta, así que la llevé a ver Bailando en la oscuridad, un filme al que hago culto.
A Selma la condenan a la horca. Veamos: hermoso en su miseria como pocos antagonistas, un policía amigo de ella le confía que le van a embargar la casa, está en la ruina, pero necesita comprarle unos muebles nuevos a su esposa. Selma promete guardar el secreto y para tranquilizarlo le confiesa está casi ciega por una enfermedad hereditaria degenerativa. Ha ido a América para curar la futura ceguera de su hijo, y tiene ahorrado casi todo el dinero. Día y noche trabaja en una infame fábrica de fregaderos. 
El policía toma nota y sabiéndola ciega, roba esos ahorros. Al ser descubierto por Selma le ruega que lo mate pues teme perder a su bella y estúpida esposa americana. El policía no se defiende, Selma le aplasta la cabeza a golpes, y acto seguido sale a pagar la operación del hijo. En el juicio no rompe la promesa hecha al amigo, más bien sueña que baila y, fanática a los musicales, inventa que es hija de un famoso coreógrafo checo.
La escena final es la ejecución. Encapuchan a Selma y ella chilla histérica que no le tapen la luz, la oscuridad la asfixia. Su carcelera, una mujer contradictoriamente sensible, logra que se lo concedan, ¡es su maldita última voluntad!
Selma comienza a cantar a capella mientras le acomodan la soga al cuello, y la amarran a un tablón, le aseguran las manos y los pies con hebillas y cintos. El espíritu de Selma trasladado a la forma musical abstracta hace olvidar al espectador que está a punto de ver el ahorcamiento de su heroína.
El final es un mazazo que roza el efectismo.
Conozco de memoria lo que sigue y me vuelvo discretamente hacia mi bella acompañante. Tiene un hermoso cuello de cisne. He ido haciendo mía la película, plano tras plano, hasta experimentar el siniestro regocijo de su realizador ante la eficacia de la escena.
Cuando se abre repentinamente el agujero bajo los pies de Selma, y la soga le tuerce el cuello cortando la canción, mi bella muchacha da un saltico en el asiento, y rompe a llorar. Suben los créditos.
Minutos después me preguntó por qué la había llevado a ver esta monstruosidad. Le dije que era mi película preferida. Fuimos a la heladería y la relación no resistió las dos horas de cola que siguieron.
¿Qué misteriosa alquimia puede hacer optimista a un filme como este? ¿Qué clase de monstruo –concedo- podría ver optimismo en él? La primera vez que vi este filme, sin conocer un ápice de su recorrido mundial ni la ficha de Lars Von Trier, salí del cine radiante de goce estético, feliz, el mundo valía la pena.
Mi amiga tenía una escasa sensibilidad. Sus juicios sobre todo lo que la rodeaba eran superficiales. Para ella el cine no era como para mí un fabuloso dispositivo nacido del ingenio y la libertad creativa humana. Su hermoso cuello de cisne, por ejemplo, -ah, debí decírselo- era para mí un suceso estético, un prodigio hereditario.
Un filme, una obra literaria, una pieza musical, un urinario y cualquier otro artificio humano o natural conllevan una moral profunda, interna, ligada al acto y la pasión de crear que no tiene que acompañar obligatoriamente a su moral empírica y manifiesta.
Que Selma muera, efectivamente, no quiere decir que con ella mueran los valores que defiende. Su muerte apuntala más el valor moral extraordinario que la impele a no revelar en el juicio el secreto que prometió guardarle al policía. Algo sobrenatural por arbitrario –la fidelidad como “el cuello de mi amiga” – le impele a tragarse aquel secreto.
Su vulnerabilidad como inmigrante, el poco valor de su palabra, la carga que será en lo adelante para su hijo siendo ciega y su estoicismo en relación a todo ello, también rebelan en última instancia la enormidad de este personaje.
El gesto de Selma, no es, en efecto, pasivo. Es un faro potente, hermoso. Pero la propaganda común no lo comprende así, trabaja sobre espíritus como los de mi amiga-cuello-de-cisne.
Construir con ingenio y de forma brillante la moral de un personaje es un acto creativo y edificador en sí. Es una ingenuidad creer que esto debilita al capitalismo, en todo caso lo revitaliza.
¿Entonces los grandes filmes pesimistas son profundamente hipócritas? Diría que apenas el hecho de haber sido generados los hace un testimonio ejemplar de triunfo y optimismo sobre el caos y la nada. Por eso el pesimismo unánime de E. M. Ciorán me parece un embauque menor. Por eso amo tu cuello de cisne.

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Una garza de azufre

En una secuencia de Cementerio de Esplendor, de Apichatpong Weerasethakul, dos diosas acompañan a la protagonista mientras almuerza en una especie de merendero al aire libre. La conversación comienza -apelo a mi memoria- cuando una de las interlocutoras llega y le ofrece prendas de vestir a la señora. Blusas de diferentes colores, prendas femeninas de ventorrillo chino, nada especial.
La protagonista celebra la mercancía por ser cortés, pero no está interesada en comprar. Es un mediodía luminoso, la brisa zarandea la yerba y hace sacudir las vainas secas de los árboles. El tiempo del plano, el ciclo en que cada personaje escucha y se detiene a armar la frase en su cabeza antes de decirla coincide con el tema banal de conversación. Lo ordinario se hace delicioso, arte refinado.   
Cuando la vendedora informa que ella y su amiga son diosas la protagonista se sobrecoge unos segundos, pero la conversación sigue. La vendedora le recuerda que son precisamente las dos diosas sensuales de yeso que ella -la protagonista- acaba de reverenciar hace unos minutos en un altar.
Con esta facilidad Weerasethakul se salta habitualmente las leyes de la realidad real y uno se maravilla -y hace culto- de tal desparpajo.
Hace poco un amigo me hacía notar cómo los dioses, las princesas y los militares, eran tópicos exportables de la cultura tailandesa. Actualmente este país conserva una monarquía parlamentaria (salió del absolutismo apenas en la década del 30 del XX), y en los últimos años ha tenido una convulsa historia de golpes militares, sangrientas purgas anticomunistas y bajas civiles. Todo eso, que es y no es precisamente Tailandia, -como mismo Cuba no es un país de balseros y anticomunistas-,  permanece como una constante tangencial en cada filme de Weerasethakul. De pronto –asumo mi paranoia- el tailandés se me configura como un explotador de una sensibilidad bastante común.
Hace unos años encontré a un cineasta chileno que echaba pestes de Pablo Larraín. Según mi colega con “Post Mortem” y “Tony Manero”, -ambos excelentes filmes sobre cómo la dictadura militar no fue una entelequia sino el fruto de miserias humanas universales, enraizadas en el pueblo que traicionó el proyecto de Unidad Popular-, su compatriota nos había pasado gato por liebre. O sea, nos había ofrecido un par de historias que eran agua pasada en Chile. Una especie de oportunismo o kitsch local.
Algo similar siento con algunas películas nuestras. El caso más interesante –aunque acaso no el más tremendo- es La vida es silbar de Fernando Pérez. Se me hace difícil tolerar que la madre de uno de los protagonistas se llame Cuba, y otro Elpidio. Y que luego, al final estos corran nada más y nada menos que a la Plaza de la Revolución José Martí… Todos respetamos mucho a Fernando Pérez –acaso otro lugar común- pero el uso de tantos tópicos de fácil lectura en tan corto espacio, como apretujados en una habitación pequeña, me sonrojan.
Concediéndole el beneficio de la duda a mi amigo chileno, podría admitir que aquellos dos filmes que él anatemizaba venían siendo lo que esperábamos oír de su país. No tenemos tanto a Chile entre nosotros, como sí películas bien sonadas sobre la dictadura argentina de la cual estamos igual de hartos. Aunque sigan siendo necesarias, el criterio estético más para mal que para bien, no acompaña siempre al político. Y por cuenta de estos excelentes filmes de Larraín ahora se nos comienza agotar el capítulo dictadura-en-Chile.
¿Qué me interesa de todo esto? Yo creo en la relatividad. No estoy dispuesto a admitir que el bando que represento tiene la absoluta razón, ni tampoco su contrario. Estoy dispuesto a admitir que ambos se mueven en imaginarios diferentes. Y lo que podría darle la razón a cada bando es el número de acólitos que lo acompaña y su modelo (o acumulación) de prosperidad. La gran pregunta que destila este problema, por supuesto, trasciende al cine mundial, y atraviesa todos los campos en que se desenvuelve nuestro sistema de certezas.
Por momentos somos una multitud que asume patrones universales y generalizantes, por otro lado, actuamos a golpe de patrones locales muy específicos. En tal marco buena parte de nuestro periodismo, incluso nuestro mejor periodismo alternativo es harto predecible. Si lo despojáramos de cierta artesanía prosódica y estilística, se notaría una misma estrategia y una misma tesis. Escribimos de forma autista lo que cierto imaginario espera de nosotros. Bueno, creo que esto debería quitarnos el sueño si nos empleamos en quitarle el sueño a otra gente. Porque lo que sí nadie nos puede quitar, en definitiva, es que estamos solos, y seguiremos solos y nos moriremos solos. Y nadie nos concederá clemencia.

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