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Carta abierta a mi amigo B

Querido B, ayer me preguntaste cómo me sentía o algo parecido y siento que no fui lo suficientemente claro. Me siento muy mal, pero no he podido decirlo completamente. No quiero que ningún Medio Alternativo sufra las consecuencias de cargar con la angustia que siento yo ahora, porque estos tienen un papel mucho más abarcador, y una misión a largo plazo. Me gustaría describirte todas las fuerzas encontradas que chocan en mi alma. Me siento realmente afiebrado, como muy pocas veces me he sentido en mi vida. No me hace sufrir la muerte de Fidel. Me hace sufrir cómo sobrevive precisamente a esa muerte, como si estuviese más vivo ahora. Y temo que sea lo peor de su legado lo que quede, como a veces ocurre.
Como otro hijo de familia pobre, Fidel significó la oportunidad de vindicarnos. Gracias a la Revolución que el lideró con mucha astucia y voluntad (un rubro intangible, inmedible) mi madre, por ejemplo, pudo sobrevivir a dos eventos cancerígenos. Gracias a su obra yo estudié como estudiaron mis otros seis hermanos. Estoy seguro que gracias a él tenemos casa, techo y un patio, ahora. Creo mucho en el aporte de un solo hombre, en su capacidad para insuflarle fe a una gran masa, que de otro modo permanecería dormida o hundida en el caos. Ningún burgués nos iba a regalar nada, como ninguno de los burgueses cubanos que hay ahora, que enarbolan un profundo buen gusto, me han regalado nada a mí, a Carlos Melián en persona, sino en el marco de concursos, con el carácter de retribución política, de capital político, que ese gesto genera para ellos. Ahí hay una fuerza que me empuja a llorarlo.
Pero hay otra fuerza que no está en paz con Fidel. Y que me envenena el alma. Justo ahora acaba de ser censurado el filme “Santa y Andrés” del realizador Carlos Lechuga. Como sabes, además de periodista soy realizador. Y además de periodista y realizador soy un ser humano, que defeca, llora y tiene hijos. Este acto de censura no fue solo a un colega con el cual he conversado poco menos que 20 minutos en toda mi vida. El bloqueo que le han hecho a su filme también me lo han hecho a mí, como si yo fuera él, como si su piel, sus vísceras, su corazón indignado, su dedicación al guion, su libertad de opinión fuera la mía.
Me calienta mucho el hecho de que una buena parte de Cuba llore ajena a que estas cosas pasen. Y que a esa parte de Cuba le sea imposible sentir por Lechuga y por mí. Una buena parte de los realizadores cubanos ahora mismo, en estos funerales colosales, están padeciendo este mismo dolor encontrado que siento yo. Lo padecen cada vez que escuchan una generalización de santo para Fidel. Minuto a minuto. En todos los canales de televisión. Todo parece un gran circo kafkiano. Que solo unos pocos comprendemos. Sinceramente los envidio, envidio que puedan llorarlo porque se fue. Yo lo lloro ahora mismo, con el dolor de mi alma, porque sigue vivo, porque no se ha ido, por esos obstáculos que todavía su legado coloca ante proyectos de compañeros míos, que son también mis proyectos.
En Cuba ahora mismo hay una gran insensibilidad hacia los proyectos y emprendimientos personales. No por mala fe -soy incapaz de pensar que alguien es malo malo- sino por ignorancia. Durante mucho tiempo todas las grandes iniciativas eran de Fidel, no precisamente porque fuera el más inteligente, sino porque acumulaba todo el poder para poder realizarlas. La Revolución Energética por ejemplo, con los grupos electrógenos aislados de la red eléctrica central, fue algo que se le ocurrió a él, pero ya esa solución existía desde hacía décadas en el mundo. Seguramente otro cubano con su poder, o con una pequeña porción de su poder y el derecho a ejercerlo, hubiese implementado esa idea mucha antes que él.
Y así una larga lista de aportaciones, y otra larga lista de fracasos colosales. Como visionariamente concentraba todo el poder, por supuesto eran enormes sus fracasos. La Zafra de los 10 millones, la Crisis de los misiles, donde más de 40 ojivas se plantaron en una islita como la nuestra… Da un poco de risa ver a un cubano con 40 misiles atómicos en el patio de su casa y luego declararse a favor del desarme. ¡Qué entusiasmo, cojolla!, y qué irresponsabilidad. Millones de cubanos vestidos de milicianos, atrincherados en hermosas y patrióticas trincheritas, sin saber que iban a morir, borrados, hechos cenizas en la primera explosión a nombre de una exhibición geopolítica soviética. Cuba no ganó nada con esa crisis. Pero Fidel, solo ante su pueblo, pudo convertir otro revés en victoria, lo cual, si nos fijamos bien, es un ejercicio magistral de retórica.
No me siento cómodo hablando de esto, ni de cuestionar cierta parte del legado de Fidel en este momento, pero hay muchas verdades dolorosas que he tenido que asumir en mi vida, justo en los peores momentos, en los momentos menos indicados. No me interesa echar por tierra su enorme obra, porque soy beneficiario de ella. Me interesa que sepas que en Cuba existe ese imaginario apenas desarrollado de lo que puede ser el gran aporte de un individuo a su sociedad. Se conoce del mínimo aporte, el de ese trabajador humilde que busca ingeniosamente la solución para una pieza de repuesto que el bloqueo americano no nos deja comprar en el exterior. Y que por eso recibe una paga que apenas le da para comprarse un par de zapatos, lo cual lo hace, a mi modo de ver, más hermoso. Para muchísimas personas el reconocimiento basta. Un poeta nunca reclamaría pago por convertirse en poeta. No se trata de percibir un pago, sino de canalizar una pulsión. Pongamos que no es una carrera, sino una enfermedad del espíritu, un padecimiento del alma similar al que lanzó a Fidel hacia la política.
Pero poco se conoce del aporte individual de personas como Lechuga y Claudia Calviño, su productora, que no desean específicamente tener un Instituto de Cine que monopolice la producción nacional, sino hacer una película. ¡Una película! Una película, donde afortunadamente puedan dar su pequeña opinión sobre algo. Porque sienten la necesidad de aportar algo. Gracias a ese legado que no comparto de Fidel, estas iniciativas no pueden ser posibles.
¿Se le quedaron en el tintero, no le alcanzó la vida? Mi opinión es que no, no se le quedaron en el tintero. Él las asumió. Asumió combatirlas, reprimirlas. En la película de Lechuga hay un ejercicio de la opinión que él bloqueó en sus opositores al principio de la Revolución, y que nunca restableció ni a ellos ni a la sociedad. Y los opositores son parte de esa sociedad, son personas honestas o deshonestas como cualquier honesto y deshonesto partidario de la censura y el control férreo sobre la libertad de opinión.
A muchos los encarceló solo por eso. Dispuso de la libertad de otro hombre no solo de opinar, sino de poder besar a sus hijos, verlos crecer y aprender. Separó a esos hijos de sus padres, y a esas esposas de sus maridos. Y a esos maridos de sus escritorios, sus libros y el aire puro de la libertad. Por opinar los envió a padecer el aislamiento y el hambre. A no poder hacerle el amor a sus parejas. Eso me parece terrible, porque no solo ha hecho padecer a unos pocos cientos de hombres cuyos gritos el pueblo -aislado- no oirá, sino que hizo padecer también a los ideales de izquierda. Como si a las ideas de izquierda, emancipadoras, les fuera inherente lo contrario, el germen de la falta de expresión y de libertad.
Ahora mismo muchos matices de su manera de proceder siguen en el sistema como actos reflejos: los cineastas cubanos están de acuerdo con que esa película se exhiba y por supuesto compita en el Festival de La Habana, pero el imaginario que construyó mi amado Fidel, mi Fidel paradójico, no permite que sus dirigentes acepten que esta historia salga a la luz. Ellos son los elegidos para pensar por el pueblo. Ellos saben lo que el pueblo desea ver, porque el pueblo no sabe en verdad lo que quiere ver. Es decir, el pueblo es incapaz de saber lo que es bueno para sí mismo. Solo la Vanguardia Dirigente tiene luz para eso. Son visionarios, personas especialmente dotadas que la visionaria capacidad de Fidel eligió.
El caso de Lechuga y Claudia Calviño no es el único. Está el caso de otra gran emprendedora como Elaine Díaz, que hizo su propio medio de prensa Periodismo de Barrio (aún en pie contra viento y marea), con lo básico que requiere un proyecto para hace sostenible el formato y el pago a sus colaboradores (este último un elemento que la gestión de Fidel satanizó). Una muchacha con un coraje del cual nunca se hablará en Medio Día en TV, o en la revista Mujeres, o en Cuando una mujer. Ni en Granma ni Juventud Rebelde.
El gran aporte del individuo, que levanta una idea desde cero y es capaz de hacer interactuar masivamente su pequeña idea con millones de otros individuos, fue borrado de nuestro mapa de opciones por ese imaginario que creó Fidel. Tuvo todo el poder para ahogarlo o estimularlo. Y se encargó personalmente de lo primero en la mayoría de los casos, principalmente si podían estar bajo control. Redujo a la Revolución cubana a una fórmula sanitaria, alimenticia y educativa.
Honestamente me siento muy orgulloso de los cubanos que hacen cosas como estas quedándose en su país y enfrentando todo lo que se les viene encima. Mi solidaridad con Elaine, Claudia y Lechuga, y con otros cineastas y emprendedores bloqueados por los cuales mi corazón tiene la suerte de sentir. No la deben estar pasando bien ahora. No solo por no ver una mirada objetiva del ser humano que fue Fidel en tantos reportajes televisivos, sino por no verse representados en ninguna opinión, porque tal andanada ideológica les hace temer por su futuro en la isla, por sentirse cero, despreciados.
Muchos de ellos, como yo, no quieren ser lanzados al frío exilio con sus familias, a un país desconocido entre gente, lenguas y hábitos extraños, a ejecutar trabajos que no tienen que ver con lo que eligieron estudiar gracias –por lo menos en mi caso- a la propia obra de Fidel. Muchos de ellos, como yo ahora mismo, temen por esa posibilidad, porque el emprendimiento en sus espíritus es como una enfermedad, vinieron al mundo a sufrir esa enfermedad.
La idea de que la emigración cubana es meramente económica, o en su mayoría económica, es una reducción retórica. Un acto de presdigitación política. Nada es simplemente económico. Si Marx lo dijo estaba equivocado. Hay un empeño espiritual en todo emprendimiento que por nada del mundo es solo económico, sino una necesidad de expresión. Se expresa un cineasta como se expresa un ingeniero informático, como se expresa un emprendedor de las aplicaciones para móviles. Todas son formas de expresión y de canalización de pulsiones humanas creativas. Pero la creación, ay, principalmente la creación a gran escala, es un estado del espíritu que solo una minoría de los cubanos conoce.
Como dije en un artículo, y como le he dicho a muchos amigos, yo me siento orgulloso de ser testigo de esta revolución que ahora mismo está aconteciendo en Cuba. He visto cómo por primera vez se autorizó a los ciudadanos a tener computadoras personales sin que mediara la autorización de un ministro; a que se les vendieran equipos de reproducción de audiovisuales sin tener que obtenerlos por contrabando; o al uso de la propia internet, aunque a precios enormes, donde circula la opinión libre. (La) Mi opinión libre, y pequeña, como esta que ofrezco en mi blog.
Todas estas son conquistas enormes de la libertad de expresión, aunque no las notemos, por aparentemente normales o por risibles. Sumaría la posibilidad ahora mismo de estar yo en libertad luego de publicar en medios que no son controlados (o no totalmente controlados) por el Estado. No sé si Fidel en el poder lo hubiese permitido. No lo permitió nunca. Nunca se vendió una videocasetera en las tiendas de recaudación de divisas. No se vendió nada que discutiera la hegemonía de la televisión, los otros medios de información y el cine nacionales. Él acaso nos hubiese hecho felices de otra manera, aislándonos más. Una idea razonable, pero inaceptable después de haber mordido la manzana. Fidel nunca confió en los jóvenes, ni en los universitarios, quizá porque vio el reflejo de lo que él fue cuando universitario. Fue el padre que nunca nos escuchó, pero que aun así amamos.
Estoy orgulloso de vivir en un país donde mi hija podrá ir a la universidad y atenderse gratuitamente en sus hospitales, dos conquistas también enormes que van en retroceso (por falta de estímulos materiales y acaso morales, soluciones creativas que Fidel no pudo crear y hacer sostenibles para que le sobrevivieran). Pero sobre todo estoy orgulloso de ser testigo del fin de ese lado indefendible del legado de Fidel. Y de poder construir un país más tolerante -no solo por la tolerancia en sí, una entelequia que nada aporta- hacia el emprendimiento, esa expresión personal ingeniosa que multiplicará por cien la calidad de vida de los cubanos, con ideas ambiciosas que los impulsen a mejores condiciones de trabajo, de paga, de vida, haciéndolos menos dependientes de la humillante ayuda de familiares y amigos en el exterior.
Para un individuo como yo, que no puede concebir siquiera esa magnitud de santo que se le otorga a Fidel (juro que querría tenerla y vivir en inocencia), el Comandante es un emprendedor que me inspira tanto como Elaine y Claudia Calviño. Veo lo que pudo hacer con su lado creativo y sobre todo con su voluntad olímpica, como veo lo que pudo hacer con sus limitaciones humanas e intelectuales. Las mismas que dos mujeres como Claudia y Elaine, si concentrasen todo el poder, las conducirían a errores similares. Me pregunto si habrá espacio para ellas y para mí en esta nueva sociedad que desarrollaremos. Creo que sí. Creo que lo lograremos gracias a esa voluntad olímpica que el Comandante tuvo y que nosotros deberemos hacer nuestra.
Bueno, B, me ha hecho mucho bien escribirte esto. Ahora me siento optimista, aun cuando mi proyecto inicial, en esta carta, fue demostrarte por qué sentía ayer tanto miedo y angustia.

Respuesta a una encuesta sobre qué yo creo acerca de lo fino

Carlos Melián Moreno

Lo fino. Yo lo vinculo a la elegancia. La finura es femenina. Una mujer fina se sienta con la espalda estirada, y casi nunca parece cansada. Cuando parece cansada, agotada se vuelve muy atractiva, erótica. Estas mujeres se cuidan el pelo, no siempre usan tacones. Usan poco maquillaje y perfumes. Que una mujer se planche el pelo, al menos en Cuba, se sale ya de la línea de lo fino, y entra en la de “lo miki”. Poniéndome sincero, prefiero a las mikis. Las mujeres finas tienen un valor agregado secular, hay que saber apreciarlo. Las mujeres mikis pretenden lo fino de una manera inmediata y fallida, pero parecen menos problemáticas, parecen portar con menos exigencias. Lo cual es falso, y pura apariencia. Quizás las mujeres finas no les importe tanto el sexo como a las mujeres fiznas del universo miki, lo cual probablemente es otra generalización engañosa. Yo soy un hombre y la mayoría de las veces los hombres pensamos con el pene. Me disculpo por ello.

Ahora bien, lo fino en cuanto a arquitectura, a indumentaria, ¿qué significa para mí? Cuando viajo a la Habana siempre trato de quedarme en casas de mis amigos pobres. En esas casas todo es precario, uno puede encontrar a menudo equipos y objetos remendados. Esa
remendabilidad, o condición de remendados, los hace para mí objetos entrañables. Tengo muchos zapatos inservibles en mi casa porque me cuesta afectivamente botarlos a la basura. Casi todos han sido remedados por mí. También sé elaborar pantalones, y le tengo afecto a esos pantalones que he cosido. Así que esos espacios pobres, a medio hacer, remendados, me hacen estar en confianza, me son cálidos. En esas casas de gente pobre, por demás, me atienden mucho mejor que en las casas donde he visto, de un modo casi obsceno, lo fino. Lo fino de veras.

Pongo un ejemplo. Hace un tiempo visité la casa de un arquitecto bastante célebre en Cuba. Las paredes estaban llenas de cuadros de los mejores pintores de Cuba. Para ver a ese señor, al que conozco y me conoce desde que yo era un niño tuve que hacer una cita. Fue amable conmigo, pero era una amabilidad de azafata, de buenos modales. En esa casa me daba miedo sentarme, o estropear algo. Los que habitaban la casa me trataban de una forma nerviosa, yo estaba importunándoles, quitándole su preciado tiempo, alejándolos de sus responsabilidades (que les permitían poder adquirir a precios elevadísimos esas obras de arte de los mejores pintores cubanos del momento). En esa casa había una sirvienta, y esa sirvienta me miraba como si no tuviera una opinión sobre nada. Era una casa ideal, la que todos queremos tener, pero acaso es una casa tiránica. El tipo de casa que tipos como yo no quiere habitar.

Hace un tiempo en una cola vi a dos haitianas (vienen mucho a Santiago de Cuba a comercializar ropa) estaban mal vestidas, a una le nacían pelos encaracolados en la barbilla. Eran tan pobres o más pobres que las mujeres cubanas, sus cuerpos eran feos, gordos, toscos y hablaban en ese francés creole. En un primer momento percibí aprensión, una aprensión consciente, económica, nacionalista, fascista, en un segundo momento comencé a escuchar una segunda señal: cercanía. La señal de mi corazón era afectuosa.

Un amigo mío, muy culto, siente aprensión por los colores vivos conque pintan las calles de Santiago y de la Habana. En momentos de lucidez dice que pintan edificios que no deben ser pintados, pero sé que no es eso lo que en el fondo le molesta. Le molesta el color, pero tampoco es el color lo que en el fondo le molesta. Mi amigo se viste con colores fríos que escoge puntillosamente como toca a la gente fina. Mi amigo, si lo dejan, pintará de colores grises y europeos toda la Habana y todo Santiago; lo escucho a a menudo reprochar las fachadas recién pintadas de colores chillones, y la arquitectura precaria de las casas que la gente hace por esfuerzo propio. Veo en mi amigo el reflejo de lo que son nuestras personas finas. Si nuestras personas finas son las que al final determinan el alto gusto dominante, ¿qué seguiremos siendo nosotros en los próximos 100 años?

Para terminar esta encuesta, hice lo siguiente, leí desde el principio hasta el párrafo anterior, examiné todo eso como una patología, como una deriva, y estas son mis conclusiones: lo fino para mí expresa el individualismo más tremendo, un individualismo, por demás, fallido y patético por ajeno e importado (ya sé, ya sé que suena mal, lamento decepcionarte). Lo tosco y lo pobre, lo kitsch, expresan esa cultura de la pobreza de la que provengo, cultura popular: las taras económicas, culturales, y educacionales, etcétera, etcétera.

Esa -digamosle- “pobreza” expresa una zona oscura a la que no mira usualmente la gente que podría hacer algo edificante con ella. Este no es un mundo precizamente de valientes. Bueno, mi tesis -nada original por cierto- es que en esa zona obscura está totalmente virgen lo que podría ser nuestro verdadero destino americano, lo que podríamos sacar afuera para construír para bién. En esa zona esta la locura – que en definitiva es lo que nos mueve, ¿no?-, pero le tememos por supesto a la locura y a la pobreza. Nada de lo que tenemos es genuino, incluso nuestros Dioses son importados (ya se nos fue ese tren por cierto).

El resultado de todo esto es la solidaridad y calidez que en ciertos grados de precariedad surge entre las personas. El resultado de todo esto va a algunos buenos poemas, que se asumen luego como finos, como alta cultura. Yo defiendo sobre todo, porque es lo que nos va quedando acaso de la locura, esa solidaridad. Esta solidaridad es cálida para mí. Implica mucho más fidelidad que la que observo y percibo entre la gente fina, emprendedora, exitosa, enfocada. Incluso los nuevos ricos, con sus ventiladores de techo, con sus colores chillones, con sus columnas dóricas y paredes enchapadas de lajas, me caen bien, me despiertan ternura. Me generan cercanía.

Cuando me atrae una mujer fina sudada, orinando, o llorando, quizá me atrae verla en un estado de precariedad. Todos somos precarios. Quizá lo fino pretende hacernos creer que nada es precario. Que el ser humano venció sobre el caos, y la precariedad.

Un amigo mío dice que la mejor manera que existe de sacarse a una mujer, idealizada, de la cabeza. La mejor manera de comenzar a olvidarse de ella, y bajarla de un pedestal es imaginársela cagando. Pensémos bien en esto, creo que por ahí va la cosa. Hagamos algo con eso.

Ver proyecto http://www.finotype.org/blog/, de la investigadora Jacqueline Loss.