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Luciano y Amaury

Con dos que se quieran II debería ser redescubierto. Pero bajo otra luz. Pienso en ello revisando la entrevista que le hiciera Amaury Pérez a ese sacerdote del cine que es Luciano Castillo. Sus opiniones, jaladas por Amaury, levantaron pequeñas ampollitas que considero exageradas.
Luciano es una especie de inquisidor del cine clásico. En un Festival de Cine de la Habana, lo vi exclamarle a un colega, como si ambos fueran párvulos: “Vi la película de Weerasetakul hasta el final. Por favor, ¿a eso le llaman cine?, ¡¡¡casi vomito!!!”
Le contó a Amaury que durante más de 40 años, o sea desde niño, lleva un estricto registro de toda película que ve en una libreta escolar. Así que no es difícil imaginar cómo la cierra, y cómo acaso todavía la acaricia, y cómo tiene habilitado el lugar de honor donde descansa. Y que quizá ha tenido a bien restaurarla, o transcribirla cada cierto periodo de tiempo.
Sabe el número exacto de películas que ha visto, casi 8 mil, y cuál dejó de ver. En esa entrevista, sin que se lo preguntaran, mencionó el título de una a la que llegó tarde (y por qué llegó tarde), y el nombre de su director. No dudo que también sepa interioridades del rodaje.
Particularmente siempre me resultaron ridículos los cinéfilos o lectores que anotan los filmes o libros que consumen. Me molesta el gesto cuantitativo por engañoso, o por su similitud a tantos otros, como aquel escolar, en que te obligaban a memorizar fechas históricas, privando a esa disciplina acaso de su lado apasionante, el de reconocer patrones, analizar comportamientos, superponer figuras del pasado en la actualidad.
Pero en todo caso deberíamos besar la frente de la persona que aún se ilumina, -por infantil e inútil- al ver un título más en su lista de películas, libros o filatelias. En definitiva esa prolija memoria, afincada en Luciano además en su cargo como director de la cinemateca de Cuba, es la memoria de todos los hombres.
Por otro lado está Amaury. Bello personaje. No invita tanto a gente que quiere, o que lo quiere, sino a los que le interesan. Que su curiosidad individual sea corta o larga, sorprendente o pobre, construye la idea que tengo sobre él. A saber, que es un ser humano de pequeñas miserias, de bajo tono como tú y como yo. Gente que se deprime, que sabe que se va a morir, y que si le pica el bicho, intentará grandes cosas pensando que con ellas garantizará estar más vivo, o generar un tipo de vida eterna, lo cual son mentiras bastante hermosas. He apreciado a Amaury por esa pequeñez, por esa curiosidad que muchas veces parece viva, auténtica y no teledirigida.
Hablo de esa entrevista porque a unos amigos le insultó una opinión bastante fugaz de Luciano hacia la Muestra Joven. Lo que dijo, además, pareció un jalón de lengua. Pero aun cuando hablar de ese tema haya sido iniciativa del propio Luciano para sacárselo de adentro de una maldita vez, después de conocer su sacerdocio, su pulsión de coleccionar y llevar registro, tal opinión no puede ser tomada como la de una institución, sino como la de un sujeto que quizá en su último segundo de vida recordará ciertos amores, vergüenzas, frotamientos, momentos luminosos de películas memorables en blanco y negro.
¿Por qué la opinión de un hombre así, dicha por televisión, o en cualquier medio de prensa puede hacer peligrar la integridad de un proyecto o en otros casos la integridad de muchas personas? Es cierto que en un país enrarecido por ataques externos y reacciones internas como el nuestro, no debe extrañar que un debate se haga más oficial o terrible cuando se aproxima -toda una peripecia kafkiana- a determinadas horas del día. A ciertas horas del día las condenas suelen ser terribles. Y seguirán siéndolo por un tiempo. Pero en lo que no tenemos razón es en reproducirlas y legitimarlas con reacciones equivalentes.
¿Qué condiciona este -acaso tribal- comportamiento que yo mismo he reproducido? Creo que está vinculado en buena medida, al sacrificio y sentido de propiedad que toda empresa altamente dificultosa demanda. Este envenena y enceguece, como si el otro debiera estar igual de iluminado por nuestra pasión y objetivos últimos. Somos, en buena medida, una sociedad que ha padecido grandes figuras de sacrificio, y reaccionamos en consecuencia ante la crítica del otro. Del lado del que construye no está nunca la verdad, o toda la verdad, o toda la justicia.
Mientras tanto Luciano y Amaury son dos sujetos que se quieren y en público ventilan sus intereses y padecimientos privados.

Escrito para https://eltoque.com/blog/amaury-y-luciano

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Traje a la medida

Veinte minutos antes de salir a la calle, agarré el pantalón que iba a usar y lo pasé por la máquina de coser. Si de algo me ha servido una pequeña dosis de intrusismo o curiosidad, y una máquina de coser heredada de no sé quién, es para aprender a ajustarme los pantalones. Y eso hago desde hace años, ajustar a mi cuerpo prendas que pertenecieron a gente que apenas -o nunca- conocí.
Cuando los marines americanos triunfaban sobre una ciudad o campamento enemigo en la Segunda Guerra Mundial solían caer sobre las bocas abiertas de los cadáveres y a punta de bayoneta extraerles el oro de las muelas. En mi casa se hace algo parecido cuando se le extrae el zipper a un pantalón o un short que arrojaremos. He cosido pantalones completamente nuevos con un zipper que antes de llegar a nosotros perteneció a un fulano o mengano que apenas conocí y que murió o se fue del país.
La experiencia de usar prendas de vestir en mi casa, en efecto, tiene en alta medida aires de tanatorio. Pero si reconocemos que hay algo tanático en mirarse frente al espejo con una prenda ajena, también habría que incluir lo erótico. He gozado fugazmente el hecho de no ser completamente yo mismo por unas horas (hay un tiempo equis en que el pantalón o la camisa no son precisamente tú). Uno, de repente, cree que esa pieza incorporada podría hacerlo más propenso al ligue, a la conquista, a la obtención de un trabajo.
Confirmo el refrán: uno es justo lo que su manera de vestir emite. Una existencia en estado de contingencia permanente, o un devenir bajo control. Tuve una novia a la que le gusté porque toda mi ropa, aunque era vieja y dudosa, estaba ajustadita. Según ella eso quería decir que yo estaba apto para muchas cosas más.
Le doy la razón, si algo odiamos al menos los profesionales es ser presa del azar. Si algo hace viril a un hombre y a una mujer es creerlos capaces de prever contingencias y tener el dominio de la situación. Por eso es eróticamente recomendable –aunque le parezca kitsch-, andar combinado. Todo hombre y toda mujer cae de bruces frente a un sujeto que combina el color del zapatos con el color de la gorra. O el color del pantalón con el color de sus gafas.
Si se hiciera un museo de las prendas cubanas más utilizadas se chocaría de a plano, no solo con nuestra historia y sus hitos inevitables, sino con nuestra manera más habitual de usar a la propia historia como prenda.
Por ejemplo, creo que abundaría la prenda político-antimperialista: el uniforme de miliciano, quizá el verde olivo. Recuerdo los pulóveres de “Liberen a Elián”, o “Mi honda es la de David”. Si el Estado reaccionaba contra algo, lo hacía, entre otras cosas, vistiendo a las masas. Las reproducciones de arte cubano, que en definitiva divulgaban en estado puro la creatividad, el individualismo nacional, se vendía al turismo.
Se podría agregar los olores. El olor de un batallón de milicianos, el olor de una mujer que sale de un desfile del primero de mayo, el olor de un machetero, y el olor, por supuesto, de una tienda de ropa reciclada. Un cubano no conocerá su olor genérico, pero sí a qué huele un yuma. Desde que entró el turismo a Cuba hemos querido saber por qué demonios huelen tan rico. ¿Será su ropa, su piel, su detergente, su modelo económico?
Creo que lo que pudimos ser se parece permanentemente a lo que somos. Está en nuestra ropa, en nuestra horrible albañilería, en los remiendos de nuestros almendrones.
Hace unos años estaba de paso en la oficina de la Muestra Joven del ICAIC, y mientras esperaba por alguna gestión escuché una deliciosa conversación entre dos de sus organizadoras. Una le prometía a otra que antes de irse del país le iba a dejar algunos vestidos, blusas e incuso ropa interior. La que heredaría era, sin duda, una de las mujeres mejor arregladas que han pasado por allí. De pronto sentí que todos, tanto en Santiago como en La Habana resolvíamos de velorio en velorio.
Nuestra manera de vestir, nuestros almendrones, nuestros olores, nuestra horrible albañilería expresan una forma de virilidad, chapucera, contingente, precaria que nos vende en bandeja. Más allá de si es bueno o malo he terminado reconociéndome en ellas. Me suelo sentir un idiota cuando las juzgo sin no reconocer en mí una responsabilidad en ello, no por conformismo, sino porque somos justo lo que hemos logrado ser. Este país es nuestro traje, pantalón, camisa o blusa, a la medida.

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Una garza de azufre

En una secuencia de Cementerio de Esplendor, de Apichatpong Weerasethakul, dos diosas acompañan a la protagonista mientras almuerza en una especie de merendero al aire libre. La conversación comienza -apelo a mi memoria- cuando una de las interlocutoras llega y le ofrece prendas de vestir a la señora. Blusas de diferentes colores, prendas femeninas de ventorrillo chino, nada especial.
La protagonista celebra la mercancía por ser cortés, pero no está interesada en comprar. Es un mediodía luminoso, la brisa zarandea la yerba y hace sacudir las vainas secas de los árboles. El tiempo del plano, el ciclo en que cada personaje escucha y se detiene a armar la frase en su cabeza antes de decirla coincide con el tema banal de conversación. Lo ordinario se hace delicioso, arte refinado.   
Cuando la vendedora informa que ella y su amiga son diosas la protagonista se sobrecoge unos segundos, pero la conversación sigue. La vendedora le recuerda que son precisamente las dos diosas sensuales de yeso que ella -la protagonista- acaba de reverenciar hace unos minutos en un altar.
Con esta facilidad Weerasethakul se salta habitualmente las leyes de la realidad real y uno se maravilla -y hace culto- de tal desparpajo.
Hace poco un amigo me hacía notar cómo los dioses, las princesas y los militares, eran tópicos exportables de la cultura tailandesa. Actualmente este país conserva una monarquía parlamentaria (salió del absolutismo apenas en la década del 30 del XX), y en los últimos años ha tenido una convulsa historia de golpes militares, sangrientas purgas anticomunistas y bajas civiles. Todo eso, que es y no es precisamente Tailandia, -como mismo Cuba no es un país de balseros y anticomunistas-,  permanece como una constante tangencial en cada filme de Weerasethakul. De pronto –asumo mi paranoia- el tailandés se me configura como un explotador de una sensibilidad bastante común.
Hace unos años encontré a un cineasta chileno que echaba pestes de Pablo Larraín. Según mi colega con “Post Mortem” y “Tony Manero”, -ambos excelentes filmes sobre cómo la dictadura militar no fue una entelequia sino el fruto de miserias humanas universales, enraizadas en el pueblo que traicionó el proyecto de Unidad Popular-, su compatriota nos había pasado gato por liebre. O sea, nos había ofrecido un par de historias que eran agua pasada en Chile. Una especie de oportunismo o kitsch local.
Algo similar siento con algunas películas nuestras. El caso más interesante –aunque acaso no el más tremendo- es La vida es silbar de Fernando Pérez. Se me hace difícil tolerar que la madre de uno de los protagonistas se llame Cuba, y otro Elpidio. Y que luego, al final estos corran nada más y nada menos que a la Plaza de la Revolución José Martí… Todos respetamos mucho a Fernando Pérez –acaso otro lugar común- pero el uso de tantos tópicos de fácil lectura en tan corto espacio, como apretujados en una habitación pequeña, me sonrojan.
Concediéndole el beneficio de la duda a mi amigo chileno, podría admitir que aquellos dos filmes que él anatemizaba venían siendo lo que esperábamos oír de su país. No tenemos tanto a Chile entre nosotros, como sí películas bien sonadas sobre la dictadura argentina de la cual estamos igual de hartos. Aunque sigan siendo necesarias, el criterio estético más para mal que para bien, no acompaña siempre al político. Y por cuenta de estos excelentes filmes de Larraín ahora se nos comienza agotar el capítulo dictadura-en-Chile.
¿Qué me interesa de todo esto? Yo creo en la relatividad. No estoy dispuesto a admitir que el bando que represento tiene la absoluta razón, ni tampoco su contrario. Estoy dispuesto a admitir que ambos se mueven en imaginarios diferentes. Y lo que podría darle la razón a cada bando es el número de acólitos que lo acompaña y su modelo (o acumulación) de prosperidad. La gran pregunta que destila este problema, por supuesto, trasciende al cine mundial, y atraviesa todos los campos en que se desenvuelve nuestro sistema de certezas.
Por momentos somos una multitud que asume patrones universales y generalizantes, por otro lado, actuamos a golpe de patrones locales muy específicos. En tal marco buena parte de nuestro periodismo, incluso nuestro mejor periodismo alternativo es harto predecible. Si lo despojáramos de cierta artesanía prosódica y estilística, se notaría una misma estrategia y una misma tesis. Escribimos de forma autista lo que cierto imaginario espera de nosotros. Bueno, creo que esto debería quitarnos el sueño si nos empleamos en quitarle el sueño a otra gente. Porque lo que sí nadie nos puede quitar, en definitiva, es que estamos solos, y seguiremos solos y nos moriremos solos. Y nadie nos concederá clemencia.

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Carta abierta a mi amigo B

Querido B, ayer me preguntaste cómo me sentía o algo parecido y siento que no fui lo suficientemente claro. Me siento muy mal, pero no he podido decirlo completamente. No quiero que ningún Medio Alternativo sufra las consecuencias de cargar con la angustia que siento yo ahora, porque estos tienen un papel mucho más abarcador, y una misión a largo plazo. Me gustaría describirte todas las fuerzas encontradas que chocan en mi alma. Me siento realmente afiebrado, como muy pocas veces me he sentido en mi vida. No me hace sufrir la muerte de Fidel. Me hace sufrir cómo sobrevive precisamente a esa muerte, como si estuviese más vivo ahora. Y temo que sea lo peor de su legado lo que quede, como a veces ocurre.
Como otro hijo de familia pobre, Fidel significó la oportunidad de vindicarnos. Gracias a la Revolución que el lideró con mucha astucia y voluntad (un rubro intangible, inmedible) mi madre, por ejemplo, pudo sobrevivir a dos eventos cancerígenos. Gracias a su obra yo estudié como estudiaron mis otros seis hermanos. Estoy seguro que gracias a él tenemos casa, techo y un patio, ahora. Creo mucho en el aporte de un solo hombre, en su capacidad para insuflarle fe a una gran masa, que de otro modo permanecería dormida o hundida en el caos. Ningún burgués nos iba a regalar nada, como ninguno de los burgueses cubanos que hay ahora, que enarbolan un profundo buen gusto, me han regalado nada a mí, a Carlos Melián en persona, sino en el marco de concursos, con el carácter de retribución política, de capital político, que ese gesto genera para ellos. Ahí hay una fuerza que me empuja a llorarlo.
Pero hay otra fuerza que no está en paz con Fidel. Y que me envenena el alma. Justo ahora acaba de ser censurado el filme “Santa y Andrés” del realizador Carlos Lechuga. Como sabes, además de periodista soy realizador. Y además de periodista y realizador soy un ser humano, que defeca, llora y tiene hijos. Este acto de censura no fue solo a un colega con el cual he conversado poco menos que 20 minutos en toda mi vida. El bloqueo que le han hecho a su filme también me lo han hecho a mí, como si yo fuera él, como si su piel, sus vísceras, su corazón indignado, su dedicación al guion, su libertad de opinión fuera la mía.
Me calienta mucho el hecho de que una buena parte de Cuba llore ajena a que estas cosas pasen. Y que a esa parte de Cuba le sea imposible sentir por Lechuga y por mí. Una buena parte de los realizadores cubanos ahora mismo, en estos funerales colosales, están padeciendo este mismo dolor encontrado que siento yo. Lo padecen cada vez que escuchan una generalización de santo para Fidel. Minuto a minuto. En todos los canales de televisión. Todo parece un gran circo kafkiano. Que solo unos pocos comprendemos. Sinceramente los envidio, envidio que puedan llorarlo porque se fue. Yo lo lloro ahora mismo, con el dolor de mi alma, porque sigue vivo, porque no se ha ido, por esos obstáculos que todavía su legado coloca ante proyectos de compañeros míos, que son también mis proyectos.
En Cuba ahora mismo hay una gran insensibilidad hacia los proyectos y emprendimientos personales. No por mala fe -soy incapaz de pensar que alguien es malo malo- sino por ignorancia. Durante mucho tiempo todas las grandes iniciativas eran de Fidel, no precisamente porque fuera el más inteligente, sino porque acumulaba todo el poder para poder realizarlas. La Revolución Energética por ejemplo, con los grupos electrógenos aislados de la red eléctrica central, fue algo que se le ocurrió a él, pero ya esa solución existía desde hacía décadas en el mundo. Seguramente otro cubano con su poder, o con una pequeña porción de su poder y el derecho a ejercerlo, hubiese implementado esa idea mucha antes que él.
Y así una larga lista de aportaciones, y otra larga lista de fracasos colosales. Como visionariamente concentraba todo el poder, por supuesto eran enormes sus fracasos. La Zafra de los 10 millones, la Crisis de los misiles, donde más de 40 ojivas se plantaron en una islita como la nuestra… Da un poco de risa ver a un cubano con 40 misiles atómicos en el patio de su casa y luego declararse a favor del desarme. ¡Qué entusiasmo, cojolla!, y qué irresponsabilidad. Millones de cubanos vestidos de milicianos, atrincherados en hermosas y patrióticas trincheritas, sin saber que iban a morir, borrados, hechos cenizas en la primera explosión a nombre de una exhibición geopolítica soviética. Cuba no ganó nada con esa crisis. Pero Fidel, solo ante su pueblo, pudo convertir otro revés en victoria, lo cual, si nos fijamos bien, es un ejercicio magistral de retórica.
No me siento cómodo hablando de esto, ni de cuestionar cierta parte del legado de Fidel en este momento, pero hay muchas verdades dolorosas que he tenido que asumir en mi vida, justo en los peores momentos, en los momentos menos indicados. No me interesa echar por tierra su enorme obra, porque soy beneficiario de ella. Me interesa que sepas que en Cuba existe ese imaginario apenas desarrollado de lo que puede ser el gran aporte de un individuo a su sociedad. Se conoce del mínimo aporte, el de ese trabajador humilde que busca ingeniosamente la solución para una pieza de repuesto que el bloqueo americano no nos deja comprar en el exterior. Y que por eso recibe una paga que apenas le da para comprarse un par de zapatos, lo cual lo hace, a mi modo de ver, más hermoso. Para muchísimas personas el reconocimiento basta. Un poeta nunca reclamaría pago por convertirse en poeta. No se trata de percibir un pago, sino de canalizar una pulsión. Pongamos que no es una carrera, sino una enfermedad del espíritu, un padecimiento del alma similar al que lanzó a Fidel hacia la política.
Pero poco se conoce del aporte individual de personas como Lechuga y Claudia Calviño, su productora, que no desean específicamente tener un Instituto de Cine que monopolice la producción nacional, sino hacer una película. ¡Una película! Una película, donde afortunadamente puedan dar su pequeña opinión sobre algo. Porque sienten la necesidad de aportar algo. Gracias a ese legado que no comparto de Fidel, estas iniciativas no pueden ser posibles.
¿Se le quedaron en el tintero, no le alcanzó la vida? Mi opinión es que no, no se le quedaron en el tintero. Él las asumió. Asumió combatirlas, reprimirlas. En la película de Lechuga hay un ejercicio de la opinión que él bloqueó en sus opositores al principio de la Revolución, y que nunca restableció ni a ellos ni a la sociedad. Y los opositores son parte de esa sociedad, son personas honestas o deshonestas como cualquier honesto y deshonesto partidario de la censura y el control férreo sobre la libertad de opinión.
A muchos los encarceló solo por eso. Dispuso de la libertad de otro hombre no solo de opinar, sino de poder besar a sus hijos, verlos crecer y aprender. Separó a esos hijos de sus padres, y a esas esposas de sus maridos. Y a esos maridos de sus escritorios, sus libros y el aire puro de la libertad. Por opinar los envió a padecer el aislamiento y el hambre. A no poder hacerle el amor a sus parejas. Eso me parece terrible, porque no solo ha hecho padecer a unos pocos cientos de hombres cuyos gritos el pueblo -aislado- no oirá, sino que hizo padecer también a los ideales de izquierda. Como si a las ideas de izquierda, emancipadoras, les fuera inherente lo contrario, el germen de la falta de expresión y de libertad.
Ahora mismo muchos matices de su manera de proceder siguen en el sistema como actos reflejos: los cineastas cubanos están de acuerdo con que esa película se exhiba y por supuesto compita en el Festival de La Habana, pero el imaginario que construyó mi amado Fidel, mi Fidel paradójico, no permite que sus dirigentes acepten que esta historia salga a la luz. Ellos son los elegidos para pensar por el pueblo. Ellos saben lo que el pueblo desea ver, porque el pueblo no sabe en verdad lo que quiere ver. Es decir, el pueblo es incapaz de saber lo que es bueno para sí mismo. Solo la Vanguardia Dirigente tiene luz para eso. Son visionarios, personas especialmente dotadas que la visionaria capacidad de Fidel eligió.
El caso de Lechuga y Claudia Calviño no es el único. Está el caso de otra gran emprendedora como Elaine Díaz, que hizo su propio medio de prensa Periodismo de Barrio (aún en pie contra viento y marea), con lo básico que requiere un proyecto para hace sostenible el formato y el pago a sus colaboradores (este último un elemento que la gestión de Fidel satanizó). Una muchacha con un coraje del cual nunca se hablará en Medio Día en TV, o en la revista Mujeres, o en Cuando una mujer. Ni en Granma ni Juventud Rebelde.
El gran aporte del individuo, que levanta una idea desde cero y es capaz de hacer interactuar masivamente su pequeña idea con millones de otros individuos, fue borrado de nuestro mapa de opciones por ese imaginario que creó Fidel. Tuvo todo el poder para ahogarlo o estimularlo. Y se encargó personalmente de lo primero en la mayoría de los casos, principalmente si podían estar bajo control. Redujo a la Revolución cubana a una fórmula sanitaria, alimenticia y educativa.
Honestamente me siento muy orgulloso de los cubanos que hacen cosas como estas quedándose en su país y enfrentando todo lo que se les viene encima. Mi solidaridad con Elaine, Claudia y Lechuga, y con otros cineastas y emprendedores bloqueados por los cuales mi corazón tiene la suerte de sentir. No la deben estar pasando bien ahora. No solo por no ver una mirada objetiva del ser humano que fue Fidel en tantos reportajes televisivos, sino por no verse representados en ninguna opinión, porque tal andanada ideológica les hace temer por su futuro en la isla, por sentirse cero, despreciados.
Muchos de ellos, como yo, no quieren ser lanzados al frío exilio con sus familias, a un país desconocido entre gente, lenguas y hábitos extraños, a ejecutar trabajos que no tienen que ver con lo que eligieron estudiar gracias –por lo menos en mi caso- a la propia obra de Fidel. Muchos de ellos, como yo ahora mismo, temen por esa posibilidad, porque el emprendimiento en sus espíritus es como una enfermedad, vinieron al mundo a sufrir esa enfermedad.
La idea de que la emigración cubana es meramente económica, o en su mayoría económica, es una reducción retórica. Un acto de presdigitación política. Nada es simplemente económico. Si Marx lo dijo estaba equivocado. Hay un empeño espiritual en todo emprendimiento que por nada del mundo es solo económico, sino una necesidad de expresión. Se expresa un cineasta como se expresa un ingeniero informático, como se expresa un emprendedor de las aplicaciones para móviles. Todas son formas de expresión y de canalización de pulsiones humanas creativas. Pero la creación, ay, principalmente la creación a gran escala, es un estado del espíritu que solo una minoría de los cubanos conoce.
Como dije en un artículo, y como le he dicho a muchos amigos, yo me siento orgulloso de ser testigo de esta revolución que ahora mismo está aconteciendo en Cuba. He visto cómo por primera vez se autorizó a los ciudadanos a tener computadoras personales sin que mediara la autorización de un ministro; a que se les vendieran equipos de reproducción de audiovisuales sin tener que obtenerlos por contrabando; o al uso de la propia internet, aunque a precios enormes, donde circula la opinión libre. (La) Mi opinión libre, y pequeña, como esta que ofrezco en mi blog.
Todas estas son conquistas enormes de la libertad de expresión, aunque no las notemos, por aparentemente normales o por risibles. Sumaría la posibilidad ahora mismo de estar yo en libertad luego de publicar en medios que no son controlados (o no totalmente controlados) por el Estado. No sé si Fidel en el poder lo hubiese permitido. No lo permitió nunca. Nunca se vendió una videocasetera en las tiendas de recaudación de divisas. No se vendió nada que discutiera la hegemonía de la televisión, los otros medios de información y el cine nacionales. Él acaso nos hubiese hecho felices de otra manera, aislándonos más. Una idea razonable, pero inaceptable después de haber mordido la manzana. Fidel nunca confió en los jóvenes, ni en los universitarios, quizá porque vio el reflejo de lo que él fue cuando universitario. Fue el padre que nunca nos escuchó, pero que aun así amamos.
Estoy orgulloso de vivir en un país donde mi hija podrá ir a la universidad y atenderse gratuitamente en sus hospitales, dos conquistas también enormes que van en retroceso (por falta de estímulos materiales y acaso morales, soluciones creativas que Fidel no pudo crear y hacer sostenibles para que le sobrevivieran). Pero sobre todo estoy orgulloso de ser testigo del fin de ese lado indefendible del legado de Fidel. Y de poder construir un país más tolerante -no solo por la tolerancia en sí, una entelequia que nada aporta- hacia el emprendimiento, esa expresión personal ingeniosa que multiplicará por cien la calidad de vida de los cubanos, con ideas ambiciosas que los impulsen a mejores condiciones de trabajo, de paga, de vida, haciéndolos menos dependientes de la humillante ayuda de familiares y amigos en el exterior.
Para un individuo como yo, que no puede concebir siquiera esa magnitud de santo que se le otorga a Fidel (juro que querría tenerla y vivir en inocencia), el Comandante es un emprendedor que me inspira tanto como Elaine y Claudia Calviño. Veo lo que pudo hacer con su lado creativo y sobre todo con su voluntad olímpica, como veo lo que pudo hacer con sus limitaciones humanas e intelectuales. Las mismas que dos mujeres como Claudia y Elaine, si concentrasen todo el poder, las conducirían a errores similares. Me pregunto si habrá espacio para ellas y para mí en esta nueva sociedad que desarrollaremos. Creo que sí. Creo que lo lograremos gracias a esa voluntad olímpica que el Comandante tuvo y que nosotros deberemos hacer nuestra.
Bueno, B, me ha hecho mucho bien escribirte esto. Ahora me siento optimista, aun cuando mi proyecto inicial, en esta carta, fue demostrarte por qué sentía ayer tanto miedo y angustia.

Los suicidas

Un hombre que sale a la calle dispuesto a suicidarse encuentra una reafirmación en todo lo que ve. En una pareja que discute, en una anciana que cae al suelo y patalea bocarriba como un insecto, en un carretonero que arremete a palos contra su caballo. El entorno inmediato se le vuelve un texto alegórico y contundente a favor de la desesperación, de la asfixia.

Pero hace una semana, un año, o apenas unas horas, ese hombre tenía otra visión del mundo. Comía, copulaba, defecaba como una bestia, y se echaba a la calle con igual apetito. De irrebatible su decisión de morir pasa a paradójica, y hasta cómica y se cumple aquella observación de Borges de que se lee según una predisposición.

Según el argentino, el lector de poesía está mejor dispuesto, y abierto ante las elipsis, los súbitos rompimientos del nivel de realidad, las fugas metafóricas y acaso el caos del género. Y de forma ejemplar aconsejó leer el Ulises de Joyce como si fuese un poema.

Del contenido acumulado previamente en esa buena disposición o predisposición del lector depende también el éxito de la lectura. Uno no arroja un libro a la basura porque no lo comprende, sino porque no comprenderlo le humilla. Del mismo modo existen predisposiciones de lectura hacia todo lo que le rodea a uno.

Pero dicha enjundia está provocada digamos por una curiosidad compulsiva (que acaso de forma colateral va dejando una huella humanista en el lector), un respeto por la voz del otro como se respeta la voz del sol, la respiración de un hijo que agoniza.

Ante la locura, ante el caos natural y encontrado de las cosas, se desvanece nuestra zona conquistada, nuestro patrimonio, y ese algo que nos cuelga entre las piernas, vale decirlo, se vuelve poco menos que una verga. Así que al menos por esta vez podríamos admitir que la lectura es poco más que leer, la lectura es algo así como una educación.

Siguiendo la misma cuerda simbólica podríamos plantear que el gran competidor de la lectura es ahora mismo el cine y otras experiencias audiovisuales. La empresa de consumir el contenido de un libro dura digamos que una semana. La de ver una película una hora y media. El libro necesita una predisposición al detenimiento en pequeños indicios, el esfuerzo de construir un universo con ese lego de piezas que son las palabras, las oraciones, las subordinadas, el diccionario, que el cine -salvo excepciones de cine-lectura que consume apenas una minoría- trata de superar.

¿En última instancia el cine pudiera tener la capacidad de salvar al mundo? ¿No será el cine una deriva, una aberración, la espuma que se genera en la cresta de la ola y no más que eso? Espuma. 

El esfuerzo triplicado que debe hacer un realizador, en comparación con otro artista para ver concretada su obra –la búsqueda del financiamiento necesario, el pago a actores y actrices sobrevalorados, la alta tecnología-, no se traduce como norma en una pieza de lectura donde el usuario debe volverse activo ante la comprensión del universo sugerido en letras y enunciados, sino en un espectáculo que busca deslumbrar y recuperar con creces la cifra invertida.

El cine último, con sus salas Imax y 3D, -necesarias para captar la atención de una audiencia que cada día prefiere quedarse en casa viendo series- expresa una elefantiasis, el ingenio rebosado del hombre que finalmente, a fuer de la competencia mercantil, redunda en un eterno hacedor de parches, una entelequia, un fin en sí mismo. 

Si utilizáramos la hipótesis de que la lectura supone idealmente una predisposición activa ante un paisaje, una sociedad, el cine se configura idealmente como constructor de una pasividad, un cumulo de frases y consignas pre-elaboradas e intuitivas, cómodas de recibir que alimentan prejuicios preexistentes. Un potencial reduccionista que como norma utiliza el Poder más conservador para perpetuarse.

Pero como todos sabemos, el ritual de la lectura, de la curiosidad compulsiva, suele tener escapes siniestros de vez en cuando. Grandes científicos, humanistas, filósofos y escritores, curtidos en una insaciable curiosidad -grandes por el tamaño de su obra no porque en sus fueros fueran menos vulnerables que el más inútil ser humano-, justificaron y empujaron como cualquier iletrado durante décadas regímenes perversos como el nazismo o el stalinismo.

La lectura en este caso se había vuelto un dispositivo de confirmación de miedos y no en puntos de superación. La lectura en todo caso había dejado de ser lectura. Dicha curiosidad se había convertido en un fin tecnológico en sí mismo. En espuma. Una debilidad nuestra hacia la tecnología, los retos, las circunstancias, hace que tanto política, economía, literatura o medicina se deshumanicen y deriven en entelequias, fines en sí mismos. Nos pasa a todos. Suicidio y Espuma.

Tomado de https://eltoque.com/blog/los-suicidas

La caída ajena

A propósito de las Olimpiadas… hace unos meses intenté escribir un post sobre el boxeo. Comenzaba indicando que Google me había sicoanalizado y me había enviado solo videos de boxeadores. Por problemas de espacio publiqué sólo el prólogo y no abordé el detonante, el plato fuerte. De pronto, entre el resto de los videos apareció uno titulado “Algo que no quieren que tú veas”. En ese video el protagonista es Teófilo Stevenson con treinta años, en la plenitud de su carrera.

El amigo que me acompañaba y yo nos pusimos a ver qué demonios le sucedía a Stevenson. Estaba sobre el ring a sala abarrotada, se enfrentaba a un contrario de piernas largas y corte afro. La reproducción era pésima, una transferencia de videotape a digital, un samizdat manoseado, un resto guerrafriísta revalorizado por nuestra propaganda oficial, triunfalista e intolerante al fracaso. Si este era un video que nadie quería que viéramos, era porque al gran ícono y aglutinante universal de la gran multitud cubana que fue Stevenson le tocaba caer, derrumbarse, sobre el encerado.

Nos comíamos la uñas de eufóricos, deseosos de ver al gran árbol caer. Fueron unos largos y absurdos quince minutos esperando que el árbol cayera. Dios, queríamos verlo caer, era en lo único que pensábamos en ese momento. Verlo caer. Cae Teófilo. Cae de una maldita vez. Pero ya casi se acababa el video y Teófilo no caía. Teófilo mayoreaba. Se extendía demasiado el desarrollo, pero sabíamos que quien sea que fuese el aficionado que había colocado el video solo intentaba acrecentar nuestra euforia al verlo caer. Sudábamos literalmente. Estábamos allí, solos, deseando con todos nuestro sistema nervioso que Teófilo cayera. Iba a caer, lo necesitábamos.

En los últimos once segundos uno de los contrincantes alarga una derecha limpia que cruza la noche, las lloviznas de sudor, los flujos vaginales, los besos de amor, las diarreas, las derrotas y las victorias, las cartografías estelares, y da en la quijada del contrario haciéndolo caer, como un gran árbol, en el encerado. Stevenson se agacha y recoge al caído como la Virgen María recoge a Jesús, y se lo entrega a los paramédicos. Mi amigo y yo nos quedamos fríos.

“Algo que no quieren que tú veas” ¿Qué era lo que no querían que viéramos? ¿Quién había colgado este video en YouTube? Propongo dos variantes. Podemos creer que lo colgó un funcionario del INDER ultraizquierdista o un informático instrumentado por su comité de base o un emigrado cuyo corazón se quedó para siempre en Cuba y en el socialismo, y la lejanía y la impotencia ante la lejanía, lo ponen en situación de querer hacer algo. Algo. Lo que sea. Su modesto granito de arena. Lo que le toca a cada quien con lo poco que dispone.

O podemos creer que lo colocó un nihilista. Un provocador, un incendiario, un discípulo tardío de Nietzsche que  quiere decirnos algo muy especial sobre nosotros mismos. Sobre nuestra deriva. Sobre el producto seriado que hemos venido siendo a lo largo de una larga y pobre guerra fría instrumentada por un grupo de ideólogos con exitosas carreras profesionales que ya murieron o que están a punto y en cuyas lápidas podría aparecer con razón algo así como aquella frase de Neruda: “Confieso que he vivido”. Que es lo mismo a decir “confeso que les he cogido el culo”. Qué tal si este nihilista sólo nos ha aplicado un test de conductismo en cuyo lecho observa una vieja figura, un viejo patrón de autocomplacencia: que en el fracaso ajeno el ser humano confirma el fracaso propio.

Mi amigo y yo nos separamos de la mesa, decepcionados, hicimos un par de breves comentarios estúpidos, cerramos la oficina, y nos fuimos a comer una pizza sintiéndonos tremendamente pequeños.

Tomado de http://eltoque.com/blog/la-caida-ajena

Cavar tu entierro

Compro un libro de poemas de Néstor Perlongher, (un poeta que inspiró a Pedro Lemebel, un poeta chileno que inspiró a Roberto Bolaño), y en el prólogo encuentro esta frase a propósito del autor: “Su homosexualidad [la de Perlongher] es más bien una cuestión política, la avasalladora decisión de presentar credenciales del deseo ante la fragilidad del Poder”.

¿Es frágil el Poder? Hay pocos desencuentros más elocuentes que los de la homosexualidad y el Poder. El homosexual disiente como pocos contra todo lo que representa el Poder. Pone en solfa su solemnidad, su verticalismo.

El Poder vigila por el bien común. Pongamos el bien común de la reproducción eficiente. Y la homosexualidad, aunque no atenta directamente contra la reproducción, sí turba el mecanismo natural (heterosexual) de la fecundidad. El Poder, que piensa en grande, en multitudes, en términos platónicos, se dice para sí: ¿qué será de la especie si promovemos esto?

El Poder, desde su panóptico, se asume como la figura ejemplar: si sale con una camisa verde a la calle, todo el mundo creerá correcto usar camisas verdes.

El Poder es viril, activo; el homosexual flojo, pasivo. El Poder es grave y pesado; el homosexual ligero y carcajada. Son tan antípodas que uno parece necesario del otro.

El Poder tiembla ante la presencia de un alfiler, es tan duro, tan patéticamente rígido, sordo y consciente de su propia gloria, que un alfiler, en efecto, puede quebrarlo.

Así pues “el homosexual” como figura, ha existido siempre ante cualquier esbozo de cristalización del orden en un aparato centralizado.

El homosexual está condenado, no hay remedio para él: asumirse a sí mismo es asumir plenamente su disidencia. Como cualquier otro excluido va reconociéndose y armándose a sí mismo en la exclusión. Y si algún día, como decía Bukowski, su vida se hace demasiado normal, podría quemarlo todo por volver al camino. Así que la homosexualidad, podría asumirse también como la piedra de toque ante nuestra tentativa inútil de ocultar el caos y la complejidad.

Que Cuba aún no logre pasar esa página, que no logre poner en leyes derechos específicos y operativos de los homosexuales, es, por supuesto, sintomático. Cuba es lo que hace, no lo que pretende. 

Cuando alguien la emprende contra la izquierda diciendo que es floja, que es cómplice, o mojigata, pienso que se le han otorgado propiedades a esta que la alejan, al menos, de ser propiamente izquierda. O que se toma por izquierda algo que no lo es.

La izquierda no es el Poder, la izquierda se comienza a desnaturalizar desde el momento en que comienza a consolidarse o identificarse con algún Poder.

Cuando esta se ha hecho con el control de una sociedad aun cuando sea el presunto Poder de los obreros, o el Poder de los campesinos ha comenzado a contraer compromisos estructurales que le impiden ser izquierda.

El Poder termina, pues, desencantando a su motor impulsor, y de hito en hito  mira con envidia, con nostalgia, a esa izquierda que otrora fue, dando sombrerazos y  muestras de coraje, inteligencia y juego limpio.

Ah, cuanto daría el Poder por volver al camino. Cualquier cosa: tropas, por ejemplo, ejércitos, a sus mejores hijos. Lo daría todo. Menos el Poder.

Un patrón común de los gobiernos de plataforma izquierdista convertidos en Poder es su dificultad para concebir relevos generacionales. En consecuencia surge su desesperada decisión de convocar a referendos -que pierden- para mantenerse por más años en el Poder.   

Joven y lozana, entonces, la izquierda es esa otra corriente que transita sin detenerse, paralela  a un Poder que se consuela dándose con el canto en el pecho de decir que en definitiva él agarró al toro por los cuernos, él hace, no dice.

La izquierda a veces le presta oídos e intenta consensuarse pero deserta al convertirse en bloque, en satélite obediente. La izquierda no debería ser teniendo a la derecha como referente, sino al ser humano. Esa debería ser su unidad sumergida, en vez de programática. Está ahí para devolverle carne, tripas y fragilidad al hombre y por supuesto, para seguir intentando ese hermoso Poder donde no se debería temer ante las credenciales de deseo de nadie.

Volviendo al poemario de Perlongher, en la primera página, en la esquina superior derecha donde suele venir garabateado el precio, se lee la descomercialización sufrida por el libro: la cifra inicial fijada fue de 12 $, bajó luego a 5 $, luego a 3 $, luego a 1,50 $.

El poeta de izquierda que fue Perlongher (y Lemebel), no se redime, cava su propia tumba temprana en recorrido inverso al del Poder, que suele cavar su inmortalidad.

Tomado de https://eltoque.com/blog/cavar-tu-entierro