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Carta abierta a mi amigo B

Querido B, ayer me preguntaste cómo me sentía o algo parecido y siento que no fui lo suficientemente claro. Me siento muy mal, pero no he podido decirlo completamente. No quiero que ningún Medio Alternativo sufra las consecuencias de cargar con la angustia que siento yo ahora, porque estos tienen un papel mucho más abarcador, y una misión a largo plazo. Me gustaría describirte todas las fuerzas encontradas que chocan en mi alma. Me siento realmente afiebrado, como muy pocas veces me he sentido en mi vida. No me hace sufrir la muerte de Fidel. Me hace sufrir cómo sobrevive precisamente a esa muerte, como si estuviese más vivo ahora. Y temo que sea lo peor de su legado lo que quede, como a veces ocurre.
Como otro hijo de familia pobre, Fidel significó la oportunidad de vindicarnos. Gracias a la Revolución que el lideró con mucha astucia y voluntad (un rubro intangible, inmedible) mi madre, por ejemplo, pudo sobrevivir a dos eventos cancerígenos. Gracias a su obra yo estudié como estudiaron mis otros seis hermanos. Estoy seguro que gracias a él tenemos casa, techo y un patio, ahora. Creo mucho en el aporte de un solo hombre, en su capacidad para insuflarle fe a una gran masa, que de otro modo permanecería dormida o hundida en el caos. Ningún burgués nos iba a regalar nada, como ninguno de los burgueses cubanos que hay ahora, que enarbolan un profundo buen gusto, me han regalado nada a mí, a Carlos Melián en persona, sino en el marco de concursos, con el carácter de retribución política, de capital político, que ese gesto genera para ellos. Ahí hay una fuerza que me empuja a llorarlo.
Pero hay otra fuerza que no está en paz con Fidel. Y que me envenena el alma. Justo ahora acaba de ser censurado el filme “Santa y Andrés” del realizador Carlos Lechuga. Como sabes, además de periodista soy realizador. Y además de periodista y realizador soy un ser humano, que defeca, llora y tiene hijos. Este acto de censura no fue solo a un colega con el cual he conversado poco menos que 20 minutos en toda mi vida. El bloqueo que le han hecho a su filme también me lo han hecho a mí, como si yo fuera él, como si su piel, sus vísceras, su corazón indignado, su dedicación al guion, su libertad de opinión fuera la mía.
Me calienta mucho el hecho de que una buena parte de Cuba llore ajena a que estas cosas pasen. Y que a esa parte de Cuba le sea imposible sentir por Lechuga y por mí. Una buena parte de los realizadores cubanos ahora mismo, en estos funerales colosales, están padeciendo este mismo dolor encontrado que siento yo. Lo padecen cada vez que escuchan una generalización de santo para Fidel. Minuto a minuto. En todos los canales de televisión. Todo parece un gran circo kafkiano. Que solo unos pocos comprendemos. Sinceramente los envidio, envidio que puedan llorarlo porque se fue. Yo lo lloro ahora mismo, con el dolor de mi alma, porque sigue vivo, porque no se ha ido, por esos obstáculos que todavía su legado coloca ante proyectos de compañeros míos, que son también mis proyectos.
En Cuba ahora mismo hay una gran insensibilidad hacia los proyectos y emprendimientos personales. No por mala fe -soy incapaz de pensar que alguien es malo malo- sino por ignorancia. Durante mucho tiempo todas las grandes iniciativas eran de Fidel, no precisamente porque fuera el más inteligente, sino porque acumulaba todo el poder para poder realizarlas. La Revolución Energética por ejemplo, con los grupos electrógenos aislados de la red eléctrica central, fue algo que se le ocurrió a él, pero ya esa solución existía desde hacía décadas en el mundo. Seguramente otro cubano con su poder, o con una pequeña porción de su poder y el derecho a ejercerlo, hubiese implementado esa idea mucha antes que él.
Y así una larga lista de aportaciones, y otra larga lista de fracasos colosales. Como visionariamente concentraba todo el poder, por supuesto eran enormes sus fracasos. La Zafra de los 10 millones, la Crisis de los misiles, donde más de 40 ojivas se plantaron en una islita como la nuestra… Da un poco de risa ver a un cubano con 40 misiles atómicos en el patio de su casa y luego declararse a favor del desarme. ¡Qué entusiasmo, cojolla!, y qué irresponsabilidad. Millones de cubanos vestidos de milicianos, atrincherados en hermosas y patrióticas trincheritas, sin saber que iban a morir, borrados, hechos cenizas en la primera explosión a nombre de una exhibición geopolítica soviética. Cuba no ganó nada con esa crisis. Pero Fidel, solo ante su pueblo, pudo convertir otro revés en victoria, lo cual, si nos fijamos bien, es un ejercicio magistral de retórica.
No me siento cómodo hablando de esto, ni de cuestionar cierta parte del legado de Fidel en este momento, pero hay muchas verdades dolorosas que he tenido que asumir en mi vida, justo en los peores momentos, en los momentos menos indicados. No me interesa echar por tierra su enorme obra, porque soy beneficiario de ella. Me interesa que sepas que en Cuba existe ese imaginario apenas desarrollado de lo que puede ser el gran aporte de un individuo a su sociedad. Se conoce del mínimo aporte, el de ese trabajador humilde que busca ingeniosamente la solución para una pieza de repuesto que el bloqueo americano no nos deja comprar en el exterior. Y que por eso recibe una paga que apenas le da para comprarse un par de zapatos, lo cual lo hace, a mi modo de ver, más hermoso. Para muchísimas personas el reconocimiento basta. Un poeta nunca reclamaría pago por convertirse en poeta. No se trata de percibir un pago, sino de canalizar una pulsión. Pongamos que no es una carrera, sino una enfermedad del espíritu, un padecimiento del alma similar al que lanzó a Fidel hacia la política.
Pero poco se conoce del aporte individual de personas como Lechuga y Claudia Calviño, su productora, que no desean específicamente tener un Instituto de Cine que monopolice la producción nacional, sino hacer una película. ¡Una película! Una película, donde afortunadamente puedan dar su pequeña opinión sobre algo. Porque sienten la necesidad de aportar algo. Gracias a ese legado que no comparto de Fidel, estas iniciativas no pueden ser posibles.
¿Se le quedaron en el tintero, no le alcanzó la vida? Mi opinión es que no, no se le quedaron en el tintero. Él las asumió. Asumió combatirlas, reprimirlas. En la película de Lechuga hay un ejercicio de la opinión que él bloqueó en sus opositores al principio de la Revolución, y que nunca restableció ni a ellos ni a la sociedad. Y los opositores son parte de esa sociedad, son personas honestas o deshonestas como cualquier honesto y deshonesto partidario de la censura y el control férreo sobre la libertad de opinión.
A muchos los encarceló solo por eso. Dispuso de la libertad de otro hombre no solo de opinar, sino de poder besar a sus hijos, verlos crecer y aprender. Separó a esos hijos de sus padres, y a esas esposas de sus maridos. Y a esos maridos de sus escritorios, sus libros y el aire puro de la libertad. Por opinar los envió a padecer el aislamiento y el hambre. A no poder hacerle el amor a sus parejas. Eso me parece terrible, porque no solo ha hecho padecer a unos pocos cientos de hombres cuyos gritos el pueblo -aislado- no oirá, sino que hizo padecer también a los ideales de izquierda. Como si a las ideas de izquierda, emancipadoras, les fuera inherente lo contrario, el germen de la falta de expresión y de libertad.
Ahora mismo muchos matices de su manera de proceder siguen en el sistema como actos reflejos: los cineastas cubanos están de acuerdo con que esa película se exhiba y por supuesto compita en el Festival de La Habana, pero el imaginario que construyó mi amado Fidel, mi Fidel paradójico, no permite que sus dirigentes acepten que esta historia salga a la luz. Ellos son los elegidos para pensar por el pueblo. Ellos saben lo que el pueblo desea ver, porque el pueblo no sabe en verdad lo que quiere ver. Es decir, el pueblo es incapaz de saber lo que es bueno para sí mismo. Solo la Vanguardia Dirigente tiene luz para eso. Son visionarios, personas especialmente dotadas que la visionaria capacidad de Fidel eligió.
El caso de Lechuga y Claudia Calviño no es el único. Está el caso de otra gran emprendedora como Elaine Díaz, que hizo su propio medio de prensa Periodismo de Barrio (aún en pie contra viento y marea), con lo básico que requiere un proyecto para hace sostenible el formato y el pago a sus colaboradores (este último un elemento que la gestión de Fidel satanizó). Una muchacha con un coraje del cual nunca se hablará en Medio Día en TV, o en la revista Mujeres, o en Cuando una mujer. Ni en Granma ni Juventud Rebelde.
El gran aporte del individuo, que levanta una idea desde cero y es capaz de hacer interactuar masivamente su pequeña idea con millones de otros individuos, fue borrado de nuestro mapa de opciones por ese imaginario que creó Fidel. Tuvo todo el poder para ahogarlo o estimularlo. Y se encargó personalmente de lo primero en la mayoría de los casos, principalmente si podían estar bajo control. Redujo a la Revolución cubana a una fórmula sanitaria, alimenticia y educativa.
Honestamente me siento muy orgulloso de los cubanos que hacen cosas como estas quedándose en su país y enfrentando todo lo que se les viene encima. Mi solidaridad con Elaine, Claudia y Lechuga, y con otros cineastas y emprendedores bloqueados por los cuales mi corazón tiene la suerte de sentir. No la deben estar pasando bien ahora. No solo por no ver una mirada objetiva del ser humano que fue Fidel en tantos reportajes televisivos, sino por no verse representados en ninguna opinión, porque tal andanada ideológica les hace temer por su futuro en la isla, por sentirse cero, despreciados.
Muchos de ellos, como yo, no quieren ser lanzados al frío exilio con sus familias, a un país desconocido entre gente, lenguas y hábitos extraños, a ejecutar trabajos que no tienen que ver con lo que eligieron estudiar gracias –por lo menos en mi caso- a la propia obra de Fidel. Muchos de ellos, como yo ahora mismo, temen por esa posibilidad, porque el emprendimiento en sus espíritus es como una enfermedad, vinieron al mundo a sufrir esa enfermedad.
La idea de que la emigración cubana es meramente económica, o en su mayoría económica, es una reducción retórica. Un acto de presdigitación política. Nada es simplemente económico. Si Marx lo dijo estaba equivocado. Hay un empeño espiritual en todo emprendimiento que por nada del mundo es solo económico, sino una necesidad de expresión. Se expresa un cineasta como se expresa un ingeniero informático, como se expresa un emprendedor de las aplicaciones para móviles. Todas son formas de expresión y de canalización de pulsiones humanas creativas. Pero la creación, ay, principalmente la creación a gran escala, es un estado del espíritu que solo una minoría de los cubanos conoce.
Como dije en un artículo, y como le he dicho a muchos amigos, yo me siento orgulloso de ser testigo de esta revolución que ahora mismo está aconteciendo en Cuba. He visto cómo por primera vez se autorizó a los ciudadanos a tener computadoras personales sin que mediara la autorización de un ministro; a que se les vendieran equipos de reproducción de audiovisuales sin tener que obtenerlos por contrabando; o al uso de la propia internet, aunque a precios enormes, donde circula la opinión libre. (La) Mi opinión libre, y pequeña, como esta que ofrezco en mi blog.
Todas estas son conquistas enormes de la libertad de expresión, aunque no las notemos, por aparentemente normales o por risibles. Sumaría la posibilidad ahora mismo de estar yo en libertad luego de publicar en medios que no son controlados (o no totalmente controlados) por el Estado. No sé si Fidel en el poder lo hubiese permitido. No lo permitió nunca. Nunca se vendió una videocasetera en las tiendas de recaudación de divisas. No se vendió nada que discutiera la hegemonía de la televisión, los otros medios de información y el cine nacionales. Él acaso nos hubiese hecho felices de otra manera, aislándonos más. Una idea razonable, pero inaceptable después de haber mordido la manzana. Fidel nunca confió en los jóvenes, ni en los universitarios, quizá porque vio el reflejo de lo que él fue cuando universitario. Fue el padre que nunca nos escuchó, pero que aun así amamos.
Estoy orgulloso de vivir en un país donde mi hija podrá ir a la universidad y atenderse gratuitamente en sus hospitales, dos conquistas también enormes que van en retroceso (por falta de estímulos materiales y acaso morales, soluciones creativas que Fidel no pudo crear y hacer sostenibles para que le sobrevivieran). Pero sobre todo estoy orgulloso de ser testigo del fin de ese lado indefendible del legado de Fidel. Y de poder construir un país más tolerante -no solo por la tolerancia en sí, una entelequia que nada aporta- hacia el emprendimiento, esa expresión personal ingeniosa que multiplicará por cien la calidad de vida de los cubanos, con ideas ambiciosas que los impulsen a mejores condiciones de trabajo, de paga, de vida, haciéndolos menos dependientes de la humillante ayuda de familiares y amigos en el exterior.
Para un individuo como yo, que no puede concebir siquiera esa magnitud de santo que se le otorga a Fidel (juro que querría tenerla y vivir en inocencia), el Comandante es un emprendedor que me inspira tanto como Elaine y Claudia Calviño. Veo lo que pudo hacer con su lado creativo y sobre todo con su voluntad olímpica, como veo lo que pudo hacer con sus limitaciones humanas e intelectuales. Las mismas que dos mujeres como Claudia y Elaine, si concentrasen todo el poder, las conducirían a errores similares. Me pregunto si habrá espacio para ellas y para mí en esta nueva sociedad que desarrollaremos. Creo que sí. Creo que lo lograremos gracias a esa voluntad olímpica que el Comandante tuvo y que nosotros deberemos hacer nuestra.
Bueno, B, me ha hecho mucho bien escribirte esto. Ahora me siento optimista, aun cuando mi proyecto inicial, en esta carta, fue demostrarte por qué sentía ayer tanto miedo y angustia.

La pregunta de Rosa Elena*

Por Carlos Melián Moreno

Será fácil señalarle defectos a Vestido de novia, de Marilyn Solaya: el maniqueísmo de Lázaro, el inversionista ladrón y homofóbo, que además –vaya ley de gravedad- es bugarrón, dos lugares comunes en uno: detrás de todo extremista-homofóbico sistemático se agazapa un oportunista. Será fácil señalarle ciertos énfasis de queja
generacional en la dirección de arte –como la mayoría de nuestras películas, una plaga-, o un exceso de exposición, y una estrechez imaginativa en el despliegue de los diálogos, etc.
Sin embargo, a nuestro modo de ver, no deja de ser esta una película estimulante e inteligente. Por momentos frente a las cuestiones que plantea, estos defectos formales, que reclaman un coste caro, parecen mezquindades.
Lo más interesante de esta película no es la historia –acaso no tan creíble- de un transexual que ocultó su identidad, y el precio que eso tiene socialmente, sino ir más allá. O sea, -sé que suena desmesurado- lo más interesante es su naturaleza goethiana.
Cuando su protagonista pregunta si ha valido la pena convertirse en mujer, traspasa, por llamarlo de alguna manera, el tema gay, y aporta una reflexión que en su viaje ilumina -solo de paso – el problema de la discriminación y la violencia hacia la mujer, -pero tampoco se queda ahí- y sus luces consciente o inconscientemente viajan hacia lo imposible. Por lo que no son luces precisamente de éxito, no alumbran hacia el éxito, ni hacía ningún objetivo, sino hacia la nada. Considero que esto, por momentos anuncia que a diferencia de otros realizadores con más suerte en lo formal, en lo creíble o no, Marilyn Solaya parece tener algo que decir, que brota acaso de una neurosis propia. Así que fundo mi tesis en una sospecha, lo cual lo hace más interesante. No es cualquier cosa lo que Solaya tiene que decir, sino algo ambicioso, una intuición, una pulsión, precisa, que -de hecho- la supera y la agota en su propio fuego.
El espíritu de Rosa Elena resuelve el problema del cuerpo, se cambia de sexo, pero esto no basta – y es la tesis más interesante de la película-, pues ella parece comprender que esto resulta ser un mero parche en su búsqueda de la felicidad.
En la enjundia social –digamos- la maldad es ardua, profunda y amplia, y la persona ya restablecida en el cuerpo que deseó, comienza a sentirse nuevamente enclaustrada en los muros y en los estereotipos del nuevo y férreo género que esa enjundia social construye. Esta figura de transmigración de un alma ingenua e idealista buscando el sitio ideal, el remanso deseado, que va descubriendo, en su viaje, las mezquindades que la rodean, es antigua, arcaica y está a su modo contenida en el idealismo contrastado del Quijote, Madame Bovary, Lucién de Rubempré, y por supuesto en el joven Werther, y en el Fausto. Es una pulsión arcaica pero poderosamente universal, y crea un efecto poético cuya naturaleza traspasa las marcas circunstanciales de lo que es viejo o nuevo, correcto, chic o kitsch.
O sea, no importa si es Cuba, si son los noventa ni importan los lugares comunes, la pregunta que grita Rosa Elena, no es exactamente la pregunta que se haría una mujer o una transexual. Son las mismas preguntas que nos hacen todavía hoy las mujeres de Ibsen atravesando el tiempo, atravesando la cárcel de los cuerpos, o la cuestión de los sexos.
Pongamos que Vestida de novia trae nuevamente la metáfora del pájaro que en su canto expresa las ansias de libertad. Esto podría ser un lugar común, de hecho lo es, pero acaso la realidad, en su no estar sujeta a formas, no reconoce tal prejuicio y se muestra mucho más generosa expresando, de paso, un cierto desdén hacia nosotros y nuestros criterios estéticos.
La figura de un espíritu que canta proyectando su alma en libertad sin las mezquindades a las que la somete el cuerpo, se repite ya no ahora en la creación de un guionista que está socialmente impelido a hacerlo de forma original, utilizando palabras e imágenes ingeniosas, sino en la realidad real. La expresión de libertad ganada -o perdida- a través del canto o la música a pesar de estar manida es eterna, es tan exacta que se repite el ciclo en que el primer poeta lo descubre, su verdad traspasa la caducidad de la forma, el historicismo de la forma. La pulsión de libertad intenta desplegarse: he aquí un muerto insepulto, un problema, socialmente, no resuelto y posiblemente insoluble, o soluble solo en una forma específica de locura. Esta película está hecha en una cuerda estética similar a la de aquel agricultor que un día escuché cantar mientras viajaba en una guagua. Su canto era diáfano y triste. Cantaba con la mirada perdida en el paisaje, mirando la tarde caer, las parcelas descuidadas o sembradas, el color naranja intenso que teñía las nubes. Media guagua viajaba en silencio escuchando su canto.
Que este agricultor hubiese tenido a bien volverse y decirnos algo similar a lo que dice Marilyn Solaya en su película, revelaría en él una sabiduría profunda. De alguna manera la pregunta de Rosa Elena ya estaba contenida en su canto, y el propio canto –como sabemos- responde.
La pregunta de Rosa Elena no caduca. Es un grito de libertad para hombres, mujeres, niños y ancianos, que se pierde en el firmamento en un disparo, que por inútil y lúcido es más hermoso. Se hizo desde el fondo de un espíritu cuya diana no es su sexualidad restablecida sino la felicidad, el derecho a vivir totalmente desplegado.
Es una pregunta ambiciosa, y hay falta de ambición en las películas cubanas. Digamos que nuestro panorama cinematográfico a veces, salvo alguna excepción, como la obra autista de Molina, parece una tropa atrincherada, alimentada, dada la inoperancia de la red interna, por envíos exteriores. Esos envíos exigen unas pautas que no hemos sabido superar. Incluso esta película no deja de estar enferma de esos tics, pero aun así, los supera.
Lo importante no es lo que yo creo de Mafalda –dijo Cortázar una vez- sino lo que Mafalda cree de mí. Mi experiencia con Rosa Elena ha sido parecida, ante ella estaría tentado a preguntarle ¿qué cree de mí? Ciertos personajes –no todos- de la ficción o de la historia se ganan esta condición de censor moral.
Ajena a las disquisiciones estéticas, Rosa Elena analiza sin sorprenderse que la directora del filme estuvo unos 10 años tratando de contar su historia, y que al parecer no logró hacer un filme perfecto, porque la gente suele mirar más la forma que el contenido, o dicho de otro modo: que la gente es capaz de olvidarse del contenido si la forma la decepciona.
Vestida de novia es una película bastante imperfecta, pero por momentos esto parece un mérito, porque es asumirse, asimilarse, salir del atrincheramiento. Marilyn Solaya -es una corazonada-, debería traernos nuevos proyectos como este, con defectos como este, que tengan algo que decir incluso recayendo en el color local. El pobre soldado suicida, poco dotado por cierto, salió de la trinchera, lo alcanzó una llamarada, y avanza ahora envuelto en llamas, sin futuro.

*Pongo esto que escribí para la para web de la AHS porque sigo orgulloso de esta peli. He reescrito, he tratado de explicarme mejor de lo que pude cuando salió este artículo, pido disculpas a la editora que tuvo que meter esto en cintura.

La Habana siempre de ida y vuelta*

Carlos Melián Moreno

El avión se retrasó la penúltima vez que viajé a la Habana y llegué al barrio del amigo que me daría albergue a una hora avanzada de la noche. En algún lugar que no recuerdo agarré un taxi con dos tripulantes, -el chofer tenía un cuello de toro y el copiloto era una especie de fisiculturista- que hablaron todo el tiempo de apuestas de gallos y los escuché con tanta curiosidad que olvidé preguntar a tiempo por la dirección que llevaba, y cuando lo hice el
fisiculturista me miró de arriba a abajo con cierta aprehensión y me dijo que se me había pasado hace un rato, y que mejor cogiera otra máquina de vuelta.

Me bajé en Tropicana, y no cogí otra máquina de vuelta ni un carajo por otros 20 pesos que es lo que cuesta de madrugada y comencé a caminar. Y a caminar. Y puse el reproductor del móvil. Y de pronto la avenida 41 que es grande y espaciosa, y no está mal iluminada, comenzó a crecer, y a crecer con Cerati, y luego con Spinetta, y luego con el son oscuro del Adalberto Álvarez de aquel Son 14 de los ochenta. Y fui levemente feliz y de alguna manera el propietario de todo lo que me rodeaba.

A la altura de una esquina donde había un teléfono pasó por la senda contraria un patrullero de policía y los tripulantes me miraron, y casi los saludo, y el patrullero pasó, y yo me saqué la billetera del bolsillo. El patrullero rechinó las ruedas a mis espaldas y cuando me bloqueó el paso espectacularmente ya yo los esperaba con mi carnet en la mano y los audífonos quitados.

Uno de ellos, más joven que yo, puso una bota lustrada en el asfalto, se bajó, se acomodó el cinturón, y se me acercó. Que para dónde iba y qué llevaba en el maletín, le dije que estaba medio perdido y que en el maletín había dos aguacates y un par de botas. El policía se extrañó, miró a su compañero. Se inclinó, metió la mano y en efecto, adentro había dos aguacates con un par de botas. Se incorporó, le hizo un tacto a la mochila que yo llevaba a la espalda, y a la otra que llevaba colgando al pecho y me dijo que qué llevaba ahí, le dije que una computadora porque era periodista.

Me pidió el carnet y leyéndolo me preguntó que si yo era de Santiago, le dije que sí, lo llevó a su compañero, que lo examinó en la oscuridad sin prender la luz de la cabina y lo devolvió, el agente se me acercó nuevamente y me lo entregó. Entonces, mientras le daba la vuelta al auto, le pregunté dónde estaba la dirección que yo buscaba. Balbució algo que ya yo sabía. Y se alejaron.

Cerré el zíper, dejé la avenida y me interné en una selva oscura y erótica, de casas bajas, gatos, maricas y putas sobremaquilladas que me observaban pasar trepadas en los árboles y en el tendido eléctrico. Más adelante, barrio adentro, otro patrullero se atravesó
espectacularmente.

El socio mío salió a buscarme un rato después porque yo no daba con la dirección. Los aguacates eran para su mamá, las botas para otro socio que no tenía zapatos. La madre y mi amigo me observaron comer, y yo hice algunos comentarios sobre Oriente porque me preguntaron cómo estaba Oriente, y les dije que hacía unos meses, cuando tenía trabajo, me habían encargado hacer un reportaje sobre Servicios Comunales en Santiago, y que yo había salido para la calle para hacerlos trizas y caminé y caminé, y me di cuenta que todas las calles estaban limpias, y que eso –los miré sonriendo con la boca llena- me había decepcionado un poco.

Al otro día salí a lo que iba: dos horas de asesoría de guión. Luego recogí mis cosas y me fui para Villanueva, que es ahora la nueva terminal de lista de espera de Ómnibus. Estaba repleta. Solo para anotarme estuve una hora y media. Fui a la AHS a que me reintegraran el dinero del pasaje del mes pasado, y allí me dijeron que me habían conseguido un boleto en avión. Hice añicos el papelito de la lista de espera y esperé mi vuelo un par de días en los que visité a amigos que me habían tirado el salve en otras ocasiones y gasté 50 pesos, que era buena parte de lo que tenía.

Entonces pasó aquél huracán justo el día en que me iba y cuando llegué al aeropuerto me dijeron que se había cancelado el vuelo por razones “de causa mayor”, y cuando sucede esto –causa mayor- no reponen el vuelo. Me dijeron que podría reembolsar pero mi pasaje era
institucional, devolví el billete a la AHS y regresé a Villanueva, coloqué los bultos en el suelo menos la mochila de la computadora, me senté, me amarré el asa de la mochila grande en un tobillo por si me quedaba dormido y me puse a mirar a la gente.

Entonces se me acercó un policía de allí vestido de civil. Me dijo que si no me acordaba de él y le dije que sí, claro. Hicimos algunos comentarios amables y se alejó.

El mes anterior yo le había preguntado por qué me había pedido el carnet. Me dijo que lo hacía porque yo era sospechoso. Entonces las manos me habían comenzado a temblar, las miró y dijo: “¿ves?” Y me condujo.

Yo andaba en camiseta porque hacia un perro calor y en aquella oficina estaba puesta la consola creo que a menos de 15 grados. Y yo temblaba de frío. Y realmente tenía mucha curiosidad. Me preguntaron que quien yo era, saqué mi carnet de identidad y dije que periodista. Y me preguntaron que si podría probarlo. Entonces recordé que el día anterior había salido una entrevista a mi persona en el Granma. La saqué estrujada y sucia del fondo de la mochila y se las mostré. Vieron la foto, vieron mi rostro. Y después de hablar del concepto de represión y de fuerzas represivas, me dejaron ir.

Doce horas después amanecí acostado en un sillón y conversé con un hombre barbudo y sudado con rayas de sal en la camisa que iba para Bayamo. Me contó que la noche anterior un policía vestido de civil lo había levantado del sillón por dormir como yo había dormido, y se lo había llevado para una estación, y que lo sacaron al día siguiente y que en ese tiempo se le había pasado la lista de espera. Le pregunté que si se le había fresqueado al tipo, y me dijo secamente que no. Entonces suspiró y dijo: la Habana está mala.

Y nos pusimos a hablar de la basura que había por donde quiera, y le dije que Santiago estaba limpio, y él que Bayamo también. Y él asintió. Y yo le dije que era mejor vivir en un lugar limpio, e hice un énfasis para que la palabra limpio trascendiera, y que quizá por eso un socio mío de San Miguel del Padrón pensaba que se acercaba algo así como el fin de Cuba y había decidido irse. Luego me paré, me dolían los glúteos, desayuné un huevo hervido y me puse a caminar.

Un par de horas después, regresaba a bordo de una Yutong, y durante un rato, mirando la llanura de Matanzas y vacas flacas que pasaban, recordé la hermosa madrugada caminando por 41 con la Habana para mí, escuchando, como si de mí se tratara “yo seguí a la estrella más voraz/ nunca me llevó tan lejos/ para qué creer en el azar/ yo nací/ para esto/ yo nací para esto-o…” de Cerati.

*Tomado de http://www.progresosemanal.us

Una profesora de Historia*

Carlos Melián Moreno

Por pura casualidad encontré en mi librero un tomo de Patrick Modiano, recientemente condecorado con el premio Nobel de Literatura. No sabía de la existencia de este escritor hasta que escuche la noticia, busqué y encontré Calle de las tiendas oscuras (Anagrama), un título que además ganó el Goncourt de 1978.

Un hombre pierde la memoria, vive como Guy Roland, identidad que él asume como provisional y se enfrasca en encontrar su origen, es decir, su pasado, extraviado en algún momento en la Francia de Vichy, durante la segunda guerra mundial. La pesquisa va obteniendo frutos hasta que conoce que tuvo una novia, un padre, unos amigos, y que en un cruce furtivo de la frontera francesa hacia Suiza, es timado por sus guías que los separan, y lo dejan a él en medio de la nieve. En este punto la novela, un tanto fría, sobria, se vuelve conmovedora. En ese punto él y su hermosa acompañante se dejarán de ver para siempre, se perderán las pistas. El pasado luego se hará jirones, una especie de rompecabezas chamuscado.

Aparentemente se habla de la ocupación nazi en Francia, de la persecución que sufrieron los extranjeros en aquel país. Pero el sedimento es la importancia de la memoria, y el pasado. Conocerlo, volver a él, dice quiénes somos, de qué somos capaces, qué clase de criatura duerme en nosotros y en nuestros semejantes, y nos salva de cometer esos errores a los que sin embargo volvemos, cíclicamente, como vacas idiotas.

Pero bien, lo curioso es que mientras leía la novela sucedió un episodio que pareció ser su continuidad. En una exposición de innovadores veo a una muchacha muy guapa, hay algo familiar en su rostro. Me doy cuenta que la recuerdo, la he visto muchas veces y no sé por qué, ni de dónde. Sigo en mi trabajo, hago algunas entrevistas, la olvido completamente y un rato después vuelvo a verla, pero solo a un metro de mí. Como le sucede al personaje de la novela de Modiano, comienzo a recordar con nitidez todo, por qué la conozco, por qué me es tan cercana.

Fue cursando estudios en la secundaria básica. Su madre, mi profesora de Historia Universal, será el eje de la historia. Paneábamos la segunda guerra mundial. Nos explicaba las consecuencias sociales, de la ocupación nazi en Europa, y en el clímax de la explicación, describiendo a detalle el holocausto, la situación de cada familia separada y humillada, comenzó a llorar.

Esta escena, naturalmente, quedó grabada en mi memoria, podría decir que no he vuelto a vivir algo parecido. Quise decirle eso a aquella muchacha, un pequeño homenaje, un acto de vindicación, -imaginé que su madre no la pasó bien, materialmente, siendo maestra toda su vida atrapada acaso en una vocación y en asumirlo o no con honor-. En fin. Me movía la fuerza de aquella escena escolar en los 90s.

Me decidí a hablarle. Para abrir le pregunté algo que ya sabía, si su madre era maestra, asintió, y luego qué estaba haciendo ahora. Había muerto hacía apenas unos meses, dijo. Y tuvo un pequeño estallido de llanto. Como tengo ese problema de emocionarme sin control, traté de alejarme lo más rápido posible y en la huida me preguntó si yo había sido su alumno. Escuché la palabra “alumno”, y sonó especial. Como si conociese a su madre, y me situara en ella, en escenas similares a aquella en que lloró en el aula, y a esta.

Y recordé aquel día en el aula, el rostro atribulado de la profesora, sus arrugas tempranas, su ropa zurcida, sus gafas de ver de cerca con una pata remendada. La habíamos hecho calentar por algo y nos burlábamos de ella, separada y con dos hijas, empequeñecida frente a los cortes prolongados de luz, la inflación horrible, la falta de alimentos.

Recordé el silencio en el aula mientras la profesora lloraba, sola, para sí misma, como un árbol que se quema porque sí, porque es combustible, olvidándonos. Y recordé que entre lo que fueron las familias cubanas antes y después de los 90s, había igualmente un campo de batalla y fracaso, con cuerpos esqueléticos, cenizas y ascuas humeantes. Familias separadas, y escombros. Silueta de barricadas justo después de una arremetida en el frente. Y cuerpos destrozados. Y olor, especialmente, olor a carne quemada.

Alejándome de la exposición, sin mirar hacia atrás, volví a Calle de las tiendas oscuras. El personaje perdió la memoria no se sabe por qué, no se explica el incidente. El golpe que lo separó de su vida y pasado, fue la guerra, pero una guerra nunca será definitiva, al menos mientras sigamos vivos. Él se enfrasca en retornar pero ¿por qué? Pues porque somos esa memoria, el barrio, la casa, los objetos, los amigos, una mancha en la pared que miramos durante años. Somos lo que regresa a nosotros, algo que, efectivamente, una bomba, un conflicto armado, un cataclismo natural, una distensión puede interrumpir, pero solo temporalmente.

*Este texto fue publicado en la Jiribilla, pero lo he revisado.

Respuesta a una encuesta sobre qué yo creo acerca de lo fino

Carlos Melián Moreno

Lo fino. Yo lo vinculo a la elegancia. La finura es femenina. Una mujer fina se sienta con la espalda estirada, y casi nunca parece cansada. Cuando parece cansada, agotada se vuelve muy atractiva, erótica. Estas mujeres se cuidan el pelo, no siempre usan tacones. Usan poco maquillaje y perfumes. Que una mujer se planche el pelo, al menos en Cuba, se sale ya de la línea de lo fino, y entra en la de “lo miki”. Poniéndome sincero, prefiero a las mikis. Las mujeres finas tienen un valor agregado secular, hay que saber apreciarlo. Las mujeres mikis pretenden lo fino de una manera inmediata y fallida, pero parecen menos problemáticas, parecen portar con menos exigencias. Lo cual es falso, y pura apariencia. Quizás las mujeres finas no les importe tanto el sexo como a las mujeres fiznas del universo miki, lo cual probablemente es otra generalización engañosa. Yo soy un hombre y la mayoría de las veces los hombres pensamos con el pene. Me disculpo por ello.

Ahora bien, lo fino en cuanto a arquitectura, a indumentaria, ¿qué significa para mí? Cuando viajo a la Habana siempre trato de quedarme en casas de mis amigos pobres. En esas casas todo es precario, uno puede encontrar a menudo equipos y objetos remendados. Esa
remendabilidad, o condición de remendados, los hace para mí objetos entrañables. Tengo muchos zapatos inservibles en mi casa porque me cuesta afectivamente botarlos a la basura. Casi todos han sido remedados por mí. También sé elaborar pantalones, y le tengo afecto a esos pantalones que he cosido. Así que esos espacios pobres, a medio hacer, remendados, me hacen estar en confianza, me son cálidos. En esas casas de gente pobre, por demás, me atienden mucho mejor que en las casas donde he visto, de un modo casi obsceno, lo fino. Lo fino de veras.

Pongo un ejemplo. Hace un tiempo visité la casa de un arquitecto bastante célebre en Cuba. Las paredes estaban llenas de cuadros de los mejores pintores de Cuba. Para ver a ese señor, al que conozco y me conoce desde que yo era un niño tuve que hacer una cita. Fue amable conmigo, pero era una amabilidad de azafata, de buenos modales. En esa casa me daba miedo sentarme, o estropear algo. Los que habitaban la casa me trataban de una forma nerviosa, yo estaba importunándoles, quitándole su preciado tiempo, alejándolos de sus responsabilidades (que les permitían poder adquirir a precios elevadísimos esas obras de arte de los mejores pintores cubanos del momento). En esa casa había una sirvienta, y esa sirvienta me miraba como si no tuviera una opinión sobre nada. Era una casa ideal, la que todos queremos tener, pero acaso es una casa tiránica. El tipo de casa que tipos como yo no quiere habitar.

Hace un tiempo en una cola vi a dos haitianas (vienen mucho a Santiago de Cuba a comercializar ropa) estaban mal vestidas, a una le nacían pelos encaracolados en la barbilla. Eran tan pobres o más pobres que las mujeres cubanas, sus cuerpos eran feos, gordos, toscos y hablaban en ese francés creole. En un primer momento percibí aprensión, una aprensión consciente, económica, nacionalista, fascista, en un segundo momento comencé a escuchar una segunda señal: cercanía. La señal de mi corazón era afectuosa.

Un amigo mío, muy culto, siente aprensión por los colores vivos conque pintan las calles de Santiago y de la Habana. En momentos de lucidez dice que pintan edificios que no deben ser pintados, pero sé que no es eso lo que en el fondo le molesta. Le molesta el color, pero tampoco es el color lo que en el fondo le molesta. Mi amigo se viste con colores fríos que escoge puntillosamente como toca a la gente fina. Mi amigo, si lo dejan, pintará de colores grises y europeos toda la Habana y todo Santiago; lo escucho a a menudo reprochar las fachadas recién pintadas de colores chillones, y la arquitectura precaria de las casas que la gente hace por esfuerzo propio. Veo en mi amigo el reflejo de lo que son nuestras personas finas. Si nuestras personas finas son las que al final determinan el alto gusto dominante, ¿qué seguiremos siendo nosotros en los próximos 100 años?

Para terminar esta encuesta, hice lo siguiente, leí desde el principio hasta el párrafo anterior, examiné todo eso como una patología, como una deriva, y estas son mis conclusiones: lo fino para mí expresa el individualismo más tremendo, un individualismo, por demás, fallido y patético por ajeno e importado (ya sé, ya sé que suena mal, lamento decepcionarte). Lo tosco y lo pobre, lo kitsch, expresan esa cultura de la pobreza de la que provengo, cultura popular: las taras económicas, culturales, y educacionales, etcétera, etcétera.

Esa -digamosle- “pobreza” expresa una zona oscura a la que no mira usualmente la gente que podría hacer algo edificante con ella. Este no es un mundo precizamente de valientes. Bueno, mi tesis -nada original por cierto- es que en esa zona obscura está totalmente virgen lo que podría ser nuestro verdadero destino americano, lo que podríamos sacar afuera para construír para bién. En esa zona esta la locura – que en definitiva es lo que nos mueve, ¿no?-, pero le tememos por supesto a la locura y a la pobreza. Nada de lo que tenemos es genuino, incluso nuestros Dioses son importados (ya se nos fue ese tren por cierto).

El resultado de todo esto es la solidaridad y calidez que en ciertos grados de precariedad surge entre las personas. El resultado de todo esto va a algunos buenos poemas, que se asumen luego como finos, como alta cultura. Yo defiendo sobre todo, porque es lo que nos va quedando acaso de la locura, esa solidaridad. Esta solidaridad es cálida para mí. Implica mucho más fidelidad que la que observo y percibo entre la gente fina, emprendedora, exitosa, enfocada. Incluso los nuevos ricos, con sus ventiladores de techo, con sus colores chillones, con sus columnas dóricas y paredes enchapadas de lajas, me caen bien, me despiertan ternura. Me generan cercanía.

Cuando me atrae una mujer fina sudada, orinando, o llorando, quizá me atrae verla en un estado de precariedad. Todos somos precarios. Quizá lo fino pretende hacernos creer que nada es precario. Que el ser humano venció sobre el caos, y la precariedad.

Un amigo mío dice que la mejor manera que existe de sacarse a una mujer, idealizada, de la cabeza. La mejor manera de comenzar a olvidarse de ella, y bajarla de un pedestal es imaginársela cagando. Pensémos bien en esto, creo que por ahí va la cosa. Hagamos algo con eso.

Ver proyecto http://www.finotype.org/blog/, de la investigadora Jacqueline Loss.