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Una sensación de frío y acero

Lázaro es uno de los pocos amigos cercanos que todavía viste el uniforme verde olivo. La mayoría pidió la baja antes de graduarse; dos murieron reventados, en momentos diferentes, por una explosión neumática; cuatro se fueron del país; otro fue expulsado por tráfico de influencias.

Hace unos días me encontré a Lázaro. Su vida es poco menos interesante que sus canas prematuras, que asumo como un principio merecido de des-coloración, de caída gradual en la completa invisibilidad. 

Como siempre Lázaro saltó a hablar de Alejandro, de quien ha sido, desde tiempos inmemoriales, una especie de sombra. Me contó con orgullo que aquel se hizo ciudadano español y emigró a España hace unos cuatro años, donde ejerció como ingeniero y le fue bien, hasta que decidió regresar a conocer a su primer hijo. Se demoró aquí algo más de lo prudente, y su puesto laboral allá fue ocupado por otra persona.

Al retornar a España, Alejandro debió sobrevivir en paro, vendiendo postales, almanaques y predicciones zodiacales.

Un hermano suyo asentado en Ecuador lo invitó a recuperarse allí, y le costeó el pasaje. Bregó un tiempo como mecánico de autos hasta abrir un pequeño negocio de redes de comunicaciones. Visitó Cuba un par de veces hasta que, por fin, logró sacar a su joven familia.

En su última estancia en Santiago Alejandro organizó una fiesta con quienes recordaba. Tras hacer un aparte con Lázaro –único de nosotros que conservaba aquel halo santo de los “camilitos”, y que peor parecía estar– le regaló 20 CUC. A la semana siguiente no regresó a Ecuador, como todos creían, sino que subió con su joven familia a los Estados Unidos.

Creo que esa fiesta fue un enterramiento, pero hacia arriba: un pedestal. Todos habíamos nacido en el 79, todos vivimos juntos épocas de auge, fervor y descalabro. Habíamos sido militantes y militares por voluntad. Habíamos tenido que suministrarnos nuestras dosis personalizadas de honor, resistencia y épica, esas que a la larga mantienen en pie a tantos militantes y militares ante las arbitrariedades y miserias de sus superiores.

Más que fiesta, fue la botadura con honores de un buque inservible y sin tripulación en ese mar muerto de tormentas fantasmáticas del pasado.

En un primer momento me costó imaginar a Alejandro bajo el sol, escondiendo a sus hijos en una camioneta, o sobrevolando en un Cezna la selva centroamericana. Pero recordé otro gesto suyo a finales de nuestro primer año de cadetes, que incubaba quizá una especie de destino en clave. Víctor, otro del piquete, consiguió saber que todos, o casi todos los “camilitos” de Santiago de Cuba, teníamos una deformación por desgaste en las rótulas de cada rodilla. Lo cierto es que nos obligaban a marchar mucho, como sonámbulos, y por consiguiente estudiábamos poco, como burros. Al menos en Santiago lo tenían claro: formaban hombres de guerra.

Alejandro y Víctor se hicieron radiografías, que dieron positivo, aun cuando no sentían nada en las rodillas. Se operaron, recibieron la baja FAR y un boleto de continuidad de estudios en la Universidad de Oriente, sin pasar el Servicio Militar. Un día Alejandro, con ambas piernas enyesadas, me sugirió que no me fuera de la Escuela de Cadetes, él y Víctor tenían hogares solventes, pero yo era muy pobre para regresar a Santiago.

Elegí la ruta larga, pedí la baja sin operarme, me zampé completos los dos años de Servicio Militar y luego hice oposiciones para la carrera de Periodismo. Ese fue nuestro parte aguas.

Lázaro me dice que nadie tuvo mi teléfono para avisarme de aquella fiesta. Creo que en verdad se olvidaron de mí, y doy gracias por ello. Hace poco mi hija, jugando, comenzó a darme voces de mando. Una sensación remota de quirófano acerado partió de mis  testículos y subió por la espina dorsal hasta la base del cráneo. No soy tan memorioso como sensible ante sensaciones de prevención y peligro. 

Al final de la conversación, Lázaro se me queda mirando y me pregunta qué estoy esperando yo también para irme. Le digo que nunca se me ha metido en la cabeza, pero me distraigo en otra pregunta que es acaso la verdadera respuesta a la suya: ¿si algún día decido hacerlo –de una manera menos brutal que Alejandro–, me producirá igual sensación la referencia a Cuba?

Tomado de https://eltoque.com/blog/una-sensacion-de-frio-y-acero

Libros de viajes para cubanos

A caballo entre la industria editorial y la turística existe el libro de viajes, un subgénero que, como el periodismo, alimenta a miles de escritores malogrados o en ciernes. Estos, supongo, se la pasan tomando cafés irreales bajo carpas reales en cada ciudad del mundo, desdeñando prostitutas, reclutando nativos para que les muestren como se maduran y pudren la cosas, e incluso de vez en cuando se toman el digno trabajo de volarse la tapa de los sesos. Yo quiero imaginar ahora a un improbable escritor de eficientes libros de viaje… para cubanos.

Su principal premisa debería ser derrumbar la falsa idea de que el viaje es un engaño. Más bien debería asumir el viaje como la piedra de toque que probará hasta qué punto el viajante mismo es o no un engaño.

Ryszard Kapuscinski habló en algún lugar de su método de viajero-escritor. Defendía llegar a una aldea africana y despojarse de la mayor cantidad de vínculos y accesorios occidentales que le alejaran de una comprensión minuciosa del universo de estudio.

El gran periodista vivió tras el Telón de Acero el tiempo suficiente para  saber que existían capas de realidades; que tras los hermosos ojos de una aseada polaca se ocultaba una habitación obscura, despojada y sin ventilación, con olor a ropa musgosa y sudada a la que hubiese preferido no regresar jamás.

¿Cómo sería un libro de viajes escrito para un cubano atrapado en su archipiélago? El ejercicio del escritor sería arduo, no faltaría un diálogo difícil con su conciencia porque fue educado en un ideal de izquierdas. Sería propiamente un libro para anti-turistas, porque, además, no habría mucha demanda para uno de turistas.

Sería el libro para un viajante, llamémoslo así. Pero qué demonios es un viajante. Bueno, supongo que un hombre que viaja para regresar con algo de peso. He viajado solo una vez fuera de Cuba, y me sentía portador de una obligación. No sé decir exactamente cuál. Como si al regreso me esperara un consejo de ancianos que examinaría con miradas alertas hasta qué punto mi cerebro era resistente frente a las tentaciones de un pueblo fascinante y poderoso. Más que regalos, más que anécdotas, esperaban mi integridad.

Uno siente curiosidad por conocer qué hay del otro lado del mar como mismo de adulto sabe qué hay exactamente entre las piernas de una mujer en tacones, y aun así cree que ahí hay algo maravilloso. Hay una erótica del viaje pensando también en la ansiedad que embargaba a Colón cuando miraba al océano y suspiraba. Nuestro escritor ideal de libros de viajes para cubanos debe situarse en esa curiosidad.

Está por hacerse una colección de estos libros. Imagino textos llenos de tiernas y asombradas apreciaciones. Por ejemplo, si se trata de Berlín: el alivio frente la puntualidad del transporte masivo, el google maps, el descubrir la existencia todavía de zapateros remendones, ver maravillado como un enorme operario, bajo la lluvia, moldea a puro brazo el asfalto caliente de una calle valiéndose de un rodillo. O el indiscreto timbre de alarma que suele activarse en las sex-shops cada vez que entra un usuario. Y que en esas sex-shops se muere gradualmente un empleado. Y que las sex shops tienen algo de provincianas, porque son algo menos y algo más que una tienda. Y que al entrar en ellas uno se siente algo menos -y nunca algo más- que un hombre.

Por ejemplo, en plan de compras, ir a Primark en Alexanderplatz. Allí buscar pulóveres color entero de 2,50 euros y paquetes de medias -para regalar- de ocho pares por apenas 3 euros. Nunca comentar con un alemán que compraste en Primark, te dirá, entre otras cosas terribles, que esos pulóveres son hechos por niños analfabetos de Bangladesh, sin derechos, lanzados a la calle por sus familiares. Los silenciosos y resentidos turcos vestidos de negro, como sombras, que doblan las piezas que la gente deja tirada, te inclinan a darles algo de razón.

No arrojarás tus compras al canal, sólo te preguntarás deteniendo el gesto de llevarte una taza de té a la boca, si la prosperidad se debe sostener necesariamente sobre millones de cuerpos, luego sorberás la infusión y lo olvidarás. ¿Cada loza que pisa tu amigo alemán, cada horrible puerta de metal que abre, es un cadáver que cae? Hace poco un amigo extranjero me dijo que el problema de las islas, era que estaban condenadas a comerse su propia mierda.

Sería un best-seller diarreico el libro de viaje para el emigrante cubano que atraviesa la ruta centroamericana hacia USA, o la fascinante y terrible vía rusa hacia Alaska por el estrecho de Bering. ¡Cómo no se le ha ocurrido a nadie antes!

Tomado de https://eltoque.com/blog/libros-de-viajes-para-cubanos