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Techos de vidrio

Mi hija de seis años lee a Mafalda acostada sobre dos colchones. Quino le habla de devaluación, socialismo, sopa, conformismo. Y aunque comprende menos de un 30 por ciento, insiste e insiste en que le expliquemos. Hemos evacuado la casa y estamos seguros en la sala de un vecino solidario. Amarramos hasta donde nos fue posible el techo, desarmamos un trozo de cubierta de fibrocemento, salvamos algunos equipos menos el refrigerador y la lavadora, y nos pusimos a salvo.
Mirándola trataba de recordar lo que sentí cuando en el 2012 un huracán hizo volar nuestro techo y la verdad es que logré muy poco. Solo ahora cuando escribo puedo evocarlo con más nitidez. Inmediatamente después de que el viento cesara solo hacía una cosa: dar gracias de estar vivo. No dejaba de repetírmelo como un idiota.
Se ha dicho tantas veces en boca de personas de tan poco crédito que no tiene fuerza. Si lo dice Padura, Harold Bloom, o el más reciente Nobel de literatura, es una cosa, pero si lo dice el borrachín chivatón, o el obrero honrado, o la rufianilla que vende calzoncillos de fibra plástica y tiene una pésima reputación o el bloguerito sentimental que en todo caso soy yo, que son los que tienen techo de zinc, entonces se vuelve casi una frase de viejo desdentado, ignorante y temeroso de dios, que exhibe su humildad al cielo para que el Señor, o el poder que moviliza la televisión lo aprovisione.
Pero no es una frase retórica. Uno se mira, y se lo repite: estoy vivo. Se necesita sobrevivir por un pelo al cáncer, a un descarrilamiento, a una banda de narcos, a un raid aéreo para comprenderlo. Habría que estar bajo tal despliegue de fuerzas.
O sea, toda mi familia, a última hora, sorprendida por las rachas violentas que se desencadenaban bajo un cielo claro y rugiente, atinó a meterse en el closet de mi cuarto. Era el único lugar techado de la casa que quedaba. Si salíamos a buscar otro, una teja nos cortaría en dos. Volaban, entraban y salían como locas lanzando chispas y juramentos, querían joder a alguien, al primerito.
Otra gente de mi barrio, -donde abunda ellleguipon entre la maleza-, se metió cual sabandijas en lugares incluso más ridículos, debajo de una cama, de un fregadero, de una mesa, agachados y en cuatro patas, como cachorros repentinamente inocentes, asustados y humildísimos.
Entreabríamos la puerta y ya sin el techo y bajo un cielo extrañamente gris, veíamos la silueta de nuestra mata de coco más próxima doblándose bajo violentos jalones a 30, 45 y 60 grados. La fuerza del viento intentaba hacerle besar el suelo, sobrepasaba en 50 fuerzas la escala humana. Era un asunto mayor, para semidioses como solo algunos árboles lo pueden ser.
Y nosotros, los humanos, éramos nada. Hormigas. No importaba que hubiésemos creado la aeronáutica, ni caminado sobre la luna, ni inventado el Heberprot-P. Éramos, y es una certeza que conservaré para toda la vida, unos trozos temerosos de carne con huesos.
Entonces uno da gracias. A dios, a la virgen, al azar, por estar vivo. El más cínico, el de más coraje, el más culto, el más enamorado, el más pendejo, el más enérgico, el triunfador y el autocompasivo dan gracias. 
Bajo el huracán, supe que no podría salvar la vida de mi hija si estábamos en el camino de un cuerpo lo suficientemente pesado para aplastarnos. Así que acepté que era apenas un soplo de vida.
Al otro día del destrozo, no sé si seguía dando gracias de estar vivo. Recuerdo que me puse autocompasivo. Trataba de atar los cabos de una metafísica: estamos agachados bajo grandes eventos naturales de la misma forma que bajo grandes eventos políticos y sociales, que derivan en fuerzas ciegas. Abrimos la puerta del closet y miramos temerosos esas fuerzas ciegas.
Creía que mi casa pudo haber tenido un techo seguro como el de mi vecino, pero ni mi padre, ni mi madre en cuarenta años de trabajo habían podido hacerlo. Unas fuerzas enormes, que redundan en sí mismas, y se cortan el paso unas a otras, y que ellos observaron siempre desde sus pequeños agujeros, lo impidieron.

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