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Caer de espaldas

Pocos episodios son tan significativos como viajar en ómnibus desde Santiago de Cuba hacia La Habana en medio de un Congreso del Partido Comunista de Cuba. Mucho más si vas en lista de espera, o si te toca el peor asiento. Comienzas a leer contrastes, símbolos, en todas partes.

Los delegados al Congreso son imposibles de oír por el ruido del salón de espera de la Sénen Casas, así que sigues con más interés los gestos, su seguridad arquetípica ante el micrófono. Sea el que sea el discurso de éste o aquél, puedes imaginar de qué van. Cada delegado, sin sonido, encarna el drama de un hombre extremadamente solo. Comprendes que se nace ser delegado a congresos. Un delegado nace redondo. Un delegado rueda siempre con la misma gracia, lo mismo por una superficie pulida que accidentada.

El soporífero ambiente de la Terminal contradice el coraje redondo y climatizado de los oradores del Palacio de Convenciones. Los empleados de la Lista de Espera pasillean para que alguien los llame, y no hay tanto coraje en ellos como sí algo profundo y vital en aferrarse a la cosecha ilícita de la semana de receso. Los pasajes de última hora se consiguen como mínimo a cinco cuc, de esos, les tocarán dos con mucha suerte.

Unos sujetos merodeadores anuncian, a toda voz, una guagua estatal a La Habana con aire acondicionado por 12 CUC. En el TV la periodista que hace los pases al noticiero, entrevista a otro delegado muy seguro y confiado en el nuevo plan de perfeccionamiento de la sociedad. El corolario de la escena es un policía: a sabiendas que no le cobrarán, se lanza a la carrera con su pesado maletín rumbo a la guagua ilícita. Verlo sumergirse en la ilegalidad, así, frente a un congreso del PCC, equivale a uno de esos sueños en que por más que corres huyéndole al gato, no avanzas.

No sabría decir por qué no monto, si por caro, o porque siempre he creído que estas guaguas desaparecen en un punto de la ruta sin llegar jamás a su destino.

Doce horas después logro subir a un ómnibus. Cientos de veces he sobrellevado la tortuosa penúltima fila, pero esta vez mis piernas simplemente deciden no estar a la altura política de siempre, o sea, no entran. Las saco al pasillo, e intento dormir de lado. Me esfuerzo durante un par de horas; el señor de delante reclina su asiento y me coloca el espaldar a cinco centímetros del pecho, ok, me salgo y viajo de pié. Entonces me asalta una duda: ¿por qué?

Cuando regalas algo en exceso corres el riesgo de no ser apreciado. No podía regalarles estar 15 horas de viaje en estas condiciones, ¿quién lo apreciaría?

Me siento en el escalón inmediato al chofer, le digo a la tripulación que no entro en el asiento. El que descansa, un grandullón mezcla de Sydney Poitier y Mohamed Alí, me dice que qué cojones tenía él que ver con eso. Cuando se trata de trompadas yo puedo hacer dos o tres maniobras secretas para no quedar mal. Esta vez opto por la resistencia pacífica, y hacerme el que no oye.

Viajo allí un par de horas más. Sesiona el Congreso. Tomo nota: paran en donde les da la gana; caen por su propio peso en mi plan A. Pero no me intriga tanto preparar la carta a Granma, como saber en qué momento desistiré de hacerla.

En un pueblecito el grandullón baja y le da 50 pesos a una señora de 70 años. La besa en la frente. La anciana es una especie de arbolito seco y eterno. Es su madre, me dice el otro chofer. Más adelante, me piden que les baje un maletín del porta bolsos del pasajero, luego que les ayude a entrar al maletero unas costillas de vaca. Recesamos 10 minutos en Ciego de Ávila, el grandullón se me queda mirando mientras fuma. Al subir me muestra un asiento. El tipo había movido a una pasajera- una mulata bellísima-, para su puesto de descanso. Suena ridículo, pero de pronto me emociono, me parece un gesto que he merecido.

Para muchos, el socialismo es esa fila de penultimos asientos de la Yutong, demasiado estrechos, donde nunca entran tus rodillas. Ahora bien, por un toma y daca difícil de enlazar, no es exactamente así. Uno generalmente desea caer de espaldas sabiendo que alguien lo recibirá. El socialismo, la convivencia de dos realidades distintas, la oficial y la real, no es tanto una idea descabellada como sí una respuesta al eterno miedo de caer de espaldas.

Tomado de https://eltoque.com/blog/caer-de-espaldas

Boxeadores

Dicen que Google te sicoanaliza. Lee entre líneas lo que escribes, lo que buscas, e identifica una pequeña fracción probabilística de tu deriva. De repente un algoritmo de esos envió a mi navegador un enjambre de videos, todos de un mismo tema: proezas de boxeadores cubanos quedados fuera.

A algunos los recordaba más o menos, a otros los tenía olvidados. Todos, en general, me parecieron cadáveres acicalados después de la golpiza definitiva; mártires de un foro de luces, del cual llegaban voces que sus ojillos empequeñecidos -y carentes de afecto- por la zurra, apenas podían localizar.

Digamos que sin esos golpes de puño no hay mareas, sin esas mareas se apagaría el bombillo permanente del progreso. Todos los ministros de Economía luchan por mantener la pegada, y porque su moneda se mantenga en erección constante, pero detrás de cada ministro hay un boxeador nacido en provincias que pega, esquiva y envejece.

Siempre he querido tener la nariz de un boxeador. No hay nada más merecido. Así que allí estoy yo, frente a Google, viendo los videos sin darles play.

No puedo evitar sentir que esa gente es parte de mí, hay algo obsceno en observarlos, incluso, ganar.

En Cuba también los maduraban a golpes, pero hay golpes y golpes. Cada boxeador cubano se iba a batir con algo más que un contrario de carne, hueso y tripas; cada puñetazo, cada finta o golpe efectivo de la escuela cubana de boxeo, reafirmaba que no estábamos equivocados como nación, que íbamos bien Camilo.

Y esa ha sido, de lejos, la mejor cosecha de la politización extrema. Que el boxeador sepa que pelea por la Patria, lo mismo que el cardiólogo cura por la Patria. Que ambos se fumen un cigarro juntos hablando de la Patria. Nunca un púgil cubano, después de 1959, fue sin esto al ring.

Pero que millones de mandíbulas muerdan simultáneamente el protector bucal no quita que haya un momento de soledad absoluta para el boxeador. Es cuando un golpe lo saca de este mundo y lo coloca en el otro. En ese momento no hay ideología, ni 12 millones de cubanos.

Lo descubrí en una pelea de Odlanier Solís, Olimpiada de no sé cuándo, un inglés en el primer round encuentra una brecha para uppercut que entra como un rayo de sol en el mentón de nuestro héroe. Odlanier ataca, pero en cada vuelta de esquina, por la misma brecha milagrosa, le espera, idéntico, el uppercut. 

El inglés lo ha pillado, no hay quien resista por mucho tiempo uno de esos ataques limpios al mentón. Un par de minutos después sabe que está listo para despacharlo. Lanza un golpe de remate, la barbilla del cubano se eleva al cosmos, y flota en esa otra playa, silenciosa, durante un par de segundos. Entonces suceden dos milagros, el primero es que su cuerpo no cae, el segundo es que tocan la campana. En la esquina roja, Sarvelio o quien sea, le dice un racimo de cosas que redundan en una: cuídate del uppercut, que te llega siempre por tal coordenada.

Odlanier localiza la coordenada y aplica la escuela cubana. Esquiva. Esquiva ese uppercut. Cada movimiento del inglés es bloqueado o empobrecido antes de nacer. Puro ajedrez, que deja sin repertorio al inglés, y lo desespera. En el segundo round Odlanier lo supera a puntos, en el tercero casi lo noquea.

Ha dado una disertación de creatividad e ingeniería, ha tomado al toro por los cuernos.

Pero en aquel par de segundos Odlanier comprende que aun cuando una olimpiada supone 12 millones de mandíbulas hinchadas de trascendencia mordiendo el protector con él, se siente incurablemente solo. Y esa bola le crece por dentro. Más adelante abandonará el amateurismo cubano, y saltará al profesionalismo. 

Mi criterio es que se lo tomó demasiado al pie. Siempre he creído que deportista y poeta son una misma cosa, ambos son célibes; ambos, sobre toda tentación mundana, persiguen marcas imposibles. La nariz de un boxeador es la nariz interna de un poeta, por ejemplo, como Baudelaire, (donde lo hermoso existía – por rebeldía- en su contrario).

El hombre persigue lo hermoso aun cuando eso suponga su propia ruina. Suponer que no se está solo, suponer que ninguna meta es prosaica, es una hermosa manera de engañarse, de posicionarse ante la trivialidad de la vida y la muerte. La política suele ser un buen esteroide para este hábito entrañable.

Tomado de https://eltoque.com/blog/boxeadores