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Techos de vidrio

Mi hija de seis años lee a Mafalda acostada sobre dos colchones. Quino le habla de devaluación, socialismo, sopa, conformismo. Y aunque comprende menos de un 30 por ciento, insiste e insiste en que le expliquemos. Hemos evacuado la casa y estamos seguros en la sala de un vecino solidario. Amarramos hasta donde nos fue posible el techo, desarmamos un trozo de cubierta de fibrocemento, salvamos algunos equipos menos el refrigerador y la lavadora, y nos pusimos a salvo.
Mirándola trataba de recordar lo que sentí cuando en el 2012 un huracán hizo volar nuestro techo y la verdad es que logré muy poco. Solo ahora cuando escribo puedo evocarlo con más nitidez. Inmediatamente después de que el viento cesara solo hacía una cosa: dar gracias de estar vivo. No dejaba de repetírmelo como un idiota.
Se ha dicho tantas veces en boca de personas de tan poco crédito que no tiene fuerza. Si lo dice Padura, Harold Bloom, o el más reciente Nobel de literatura, es una cosa, pero si lo dice el borrachín chivatón, o el obrero honrado, o la rufianilla que vende calzoncillos de fibra plástica y tiene una pésima reputación o el bloguerito sentimental que en todo caso soy yo, que son los que tienen techo de zinc, entonces se vuelve casi una frase de viejo desdentado, ignorante y temeroso de dios, que exhibe su humildad al cielo para que el Señor, o el poder que moviliza la televisión lo aprovisione.
Pero no es una frase retórica. Uno se mira, y se lo repite: estoy vivo. Se necesita sobrevivir por un pelo al cáncer, a un descarrilamiento, a una banda de narcos, a un raid aéreo para comprenderlo. Habría que estar bajo tal despliegue de fuerzas.
O sea, toda mi familia, a última hora, sorprendida por las rachas violentas que se desencadenaban bajo un cielo claro y rugiente, atinó a meterse en el closet de mi cuarto. Era el único lugar techado de la casa que quedaba. Si salíamos a buscar otro, una teja nos cortaría en dos. Volaban, entraban y salían como locas lanzando chispas y juramentos, querían joder a alguien, al primerito.
Otra gente de mi barrio, -donde abunda ellleguipon entre la maleza-, se metió cual sabandijas en lugares incluso más ridículos, debajo de una cama, de un fregadero, de una mesa, agachados y en cuatro patas, como cachorros repentinamente inocentes, asustados y humildísimos.
Entreabríamos la puerta y ya sin el techo y bajo un cielo extrañamente gris, veíamos la silueta de nuestra mata de coco más próxima doblándose bajo violentos jalones a 30, 45 y 60 grados. La fuerza del viento intentaba hacerle besar el suelo, sobrepasaba en 50 fuerzas la escala humana. Era un asunto mayor, para semidioses como solo algunos árboles lo pueden ser.
Y nosotros, los humanos, éramos nada. Hormigas. No importaba que hubiésemos creado la aeronáutica, ni caminado sobre la luna, ni inventado el Heberprot-P. Éramos, y es una certeza que conservaré para toda la vida, unos trozos temerosos de carne con huesos.
Entonces uno da gracias. A dios, a la virgen, al azar, por estar vivo. El más cínico, el de más coraje, el más culto, el más enamorado, el más pendejo, el más enérgico, el triunfador y el autocompasivo dan gracias. 
Bajo el huracán, supe que no podría salvar la vida de mi hija si estábamos en el camino de un cuerpo lo suficientemente pesado para aplastarnos. Así que acepté que era apenas un soplo de vida.
Al otro día del destrozo, no sé si seguía dando gracias de estar vivo. Recuerdo que me puse autocompasivo. Trataba de atar los cabos de una metafísica: estamos agachados bajo grandes eventos naturales de la misma forma que bajo grandes eventos políticos y sociales, que derivan en fuerzas ciegas. Abrimos la puerta del closet y miramos temerosos esas fuerzas ciegas.
Creía que mi casa pudo haber tenido un techo seguro como el de mi vecino, pero ni mi padre, ni mi madre en cuarenta años de trabajo habían podido hacerlo. Unas fuerzas enormes, que redundan en sí mismas, y se cortan el paso unas a otras, y que ellos observaron siempre desde sus pequeños agujeros, lo impidieron.

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Casas desarmables para Santiago

La sala de Orestes Cedeño, donde pernocto, amaneció este martes con 7 huéspedes tendidos en colchones. Es la más indicada en un área de cuatro casas que tienen techo de zinc. Posee una sólida cubierta de hormigón y ningún árbol amenaza con aplastarnos. Entre la sala y el comedor se encuentran 4 colchones, tres televisores desconectados, dos balas de gas licuado, varios ventiladores.
Una de las evacuadas, la enfermera Mileidis, duerme sola, sin familiares. Estos decidieron irse a otra parte para no ser una carga demasiado pesada en lo de Orestes. Después de darle vueltas y vueltas a la idea, no le pareció demasiado loco a su hijo desarmar el techo de su casa de paredes de madera y resguardarlo en un lugar seguro. Se apareció la noche del lunes con una cuadrilla de amigos y en menos de dos horas lo lograron. Su vivienda ahora es una caja sin tapa al pie de la Carretera Central.
El techo podría volarse como está comprobado. Y al volarse podría desaparecer o quedar inservible por las cortaduras o los múltiples golpes que le ocasionará el choque contra objetos de todo tipo. Cada teja les costó casi mil pesos. Muchos de los afectados que deje Matthew arrastrarán la deuda financiera que todavía no pagan de Sandy.
La táctica “desarma antes de que te desarmen” es una jugada pragmática aprendida después de los destrozos del Sandy.
Tejas, vigas, puertas entre otros materiales, con precios subvencionados oscilan entre 300 y 700 pesos la pieza, cifras que superan la escala que cubriría el salario promedio de la provincia, menor de 600 pesos mensuales. Así que si los huracanes siguen golpeando a los santiagueros las deudas seguirán acumulándose.
Santiago de Cuba ofrece actualmente un cuadro complicado. Cuando en la provincia comenzó a manifestarse el enjambre de pequeños terremotos de hace meses atrás, se volvió casi una obsesión considerar qué tipología de casa podría ser la ideal para conseguir dormir a pierna suelta.
“No puedes,- decía una señora- comprar una de placa porque si tiembla te cae encima, ni de tejas, porque si viene un huracán te deja sin techo”. Bajo su vista se extendía el barrio de módulos de plástico, hormigón y teja de zinc donado por el gobierno bolivariano de Venezuela hace varios años.
¿La mejor variante era una de esas petrocasas, hechas sobre todo con ciertos estandares de calidad y acabado que no ofrecen las construidas por obreros nacionales en los últimos meses?
La prueba de que uno de estos módulos puede resistir violentas rachas de viento es más accidental que empírica. El testimonio de su resistencia llegó después de Sandy, sus ráfagas que no dejaron títere con cabeza en la ciudad, hicieron poquísimo en las cubiertas de zinc de esa comunidad.
Mas no fueron las únicas, casi a un kilómetro de allí una vecina con casa de madera y techo de zinc sorprendió a todos cuando su casa conservó la cubierta. Ambos casos, podrían ser muestras de experticia y solidez en la construcción pero también de estar sujetos a ciertas ventajas topográficas de elevaciones cercanas o estar situadas en una especie de agujero como es el caso del barrio Petrocasas.
Si se han estudiado normas constructivas para levantar o corregir viviendas en pos de hacerlas seguras y viables para el habitante promedio, estos estudios no se han sistematizado ni aplicado como sí se ha hecho popular el hábito de construir sólidas estructuras sísmicas de columna y alquitrabe en construcciones de techo de cemento.
Los que dormimos hoy en casa de Orestes pudiera ser que en unas horas no tengamos casa y acarrearemos nuevas deudas. Afuera ha comenzado a batir el viento.
El hecho de que dos huracanes intensos azoten la zona en  un lapso tan corto es tan accidental como la carencia de una base tecnológica que lleve al sector popular una respuesta cercana a su solución de vivienda.
Podrían ser casas con llaves, tuercas, engrampes y bisagras que permitrían, como a la familia de la enfermera Mileidis, desarmar, irse a un lugar seguro a esperar que pase el siniestro.
El inconveniente será que a la larga los santiagueros comenzarán a poblar el occidente o el centro con sus casas portables buscando reducir preocupaciones.

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Esperando a Matthew

Lo más pesado de evacuar son los libros. Debe haber más de una tonelada de pulpa seca fijada contra las paredes de mi cuarto. Cuando Sandy pude deshacerme de ellos de una vez, pero no llovió.
Ha sido absurdo acumular tal cantidad. Más de la mitad no la leeré nunca. Luego habrá que clasificarlos por cuento, novela, poesía, ensayo. Estoy por venderlos, pero casi la mitad está partida, sin portada, comida de polillas o deformada por la humedad. Quiero deshacerme de ellos… pero no puedo dejarlos sin más bajo un huracán.
Haciendo espacio en el closet para meter más libros descubro bolsas con cientos de tarecos que mi hija ha ido acumulando. Desodorantes, pomos de champú, cuquitas, dibujos, piezas de legos, una pierna de muñeca, una cabeza de elefante, cordones. El premio gordo es un saco con más de treinta zapatos. Todos aptos para el uso, pero remendados hasta la garganta de la garganta.
Los reconozco y ellos me reconocen por supuesto. Soy quien los ha devuelto a la vida útil. Hay años de zapatos ahí, algunos de cuando vivía en Holguín. Son inmortales. O sea cuando los coso se vuelven inmortales. Perderán un pedazo, una o varias costuras, se rajarán, pero no perderán  lo que necesita perder un zapato para morir definitivamente: la suela. Los curo, pero en una nueva enfermedad que consiste en no morirse del todo. Por eso es recomendable morirse.
¿Me compro o no el power bank? Llevo dos semanas dándole vueltas al asunto. Llamo a un amigo buscando consejo, y me dice que está muy caro. Le explico que debo tener cobertura de baterías en mi móvil porque soy periodista. Y él me dice que igual está caro. Voy a la tienda, señalo el accesorio. Le pregunto al dependiente si tiene garantía. Y me dice que no. ¿Sale bueno? Me dice que nadie lo ha devuelto.
Ya que podré recargar mi e-reader, me pregunto si podré leer antes, durante y después del huracán. Nuestro techo voló completamente la vez anterior con Sandy. Las tejas fueron a dar a 50 metros, y a uno de profundidad bajo lomas de gajos de árboles y lodo. Por momentos me pregunto –sabiendo la respuesta- que si cuando llegue el juicio, que llegará, como la muerte, como este huracán, podré decir: “¡eh, tengan en cuenta que mi techo siempre fue de zinc, fui un siniestrado; toda mi puta vida lo he sido!”.
Los vendedores de piezas de la calle Santo Tomás están de fiesta. Los tornillos que estaban a dos suben a tres, los de tres a cuatro. Una rebaja consiste en el doble al que llevarían sin la amenaza de un huracán. Una arandela cuesta 1 peso, pero ellos te la dejan a 50 centavos. Según mi mamá las arandelas debieron venir con el tornillo que compré, y tiene toda la razón.
Mientras cortaba las platinas a segueta mi papá se estrena con algo que nunca ha dicho: “cómo hemos comido mierda”. “Ujum”, respondo sin hacerle mayor caso. ¿Si ayer terminé molido, cómo terminó mi papá con 82 años, que soldó todas las piezas, se encaramó al techo, y me ayudó a atornillarlas hasta entrada la noche?
Esta vez soldamos mal las platinas y tuvimos que empezar de cero. Pedimos permiso en un centro laboral y no pudimos concluir antes de que se fueran los trabajadores. Le dije a mi papá que en ese caso debíamos intervenirlo, intervenir esa máquina de soldar, y más o menos eso fue lo que hicimos.
Si  no hay imprevistos, hoy en la mañana terminaremos de asegurar toda la cubierta, pero aun no sabemos si resistirá. Por el momento descubrimos algo clave: el aire entrará entre las tejas y el final de la pared. Hay ahí una ranura de unos veinte centímetros que circula toda la casa por donde comenzará a entrar el aire a golpes de rachas. ¿Has visto como Rigondeaux trabajaba al contrario hasta hacerlo caer? Así también se hace volar a un techo si el aire tiene por dónde entrar.
Quien visita mi casa quizá le despierte cierta aprensión el patio de gitanos que tenemos. Está lleno de hierros, piezas inservibles, latones. Mi papá y yo vivimos recogiéndolas por ahí por pura compulsión de remendones y gracias a eso hemos podido resolver hasta hoy. Es nuestro techo, he colocado cada tornillo, he domado a golpes de mandarria cada latón, hay un orgullo inútil en todo ello. Es rojo, y es parte de mí. Es como un viejo perro pulgoso al que acaricio. Está hecho a remiendos como esos zapatos y libros que llevo años resguardando y que quizá –para suerte nuestra- la inundación y este huracán se llevará para siempre.

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Carta abierta a mi amigo B

Querido B, ayer me preguntaste cómo me sentía o algo parecido y siento que no fui lo suficientemente claro. Me siento muy mal, pero no he podido decirlo completamente. No quiero que ningún Medio Alternativo sufra las consecuencias de cargar con la angustia que siento yo ahora, porque estos tienen un papel mucho más abarcador, y una misión a largo plazo. Me gustaría describirte todas las fuerzas encontradas que chocan en mi alma. Me siento realmente afiebrado, como muy pocas veces me he sentido en mi vida. No me hace sufrir la muerte de Fidel. Me hace sufrir cómo sobrevive precisamente a esa muerte, como si estuviese más vivo ahora. Y temo que sea lo peor de su legado lo que quede, como a veces ocurre.
Como otro hijo de familia pobre, Fidel significó la oportunidad de vindicarnos. Gracias a la Revolución que el lideró con mucha astucia y voluntad (un rubro intangible, inmedible) mi madre, por ejemplo, pudo sobrevivir a dos eventos cancerígenos. Gracias a su obra yo estudié como estudiaron mis otros seis hermanos. Estoy seguro que gracias a él tenemos casa, techo y un patio, ahora. Creo mucho en el aporte de un solo hombre, en su capacidad para insuflarle fe a una gran masa, que de otro modo permanecería dormida o hundida en el caos. Ningún burgués nos iba a regalar nada, como ninguno de los burgueses cubanos que hay ahora, que enarbolan un profundo buen gusto, me han regalado nada a mí, a Carlos Melián en persona, sino en el marco de concursos, con el carácter de retribución política, de capital político, que ese gesto genera para ellos. Ahí hay una fuerza que me empuja a llorarlo.
Pero hay otra fuerza que no está en paz con Fidel. Y que me envenena el alma. Justo ahora acaba de ser censurado el filme “Santa y Andrés” del realizador Carlos Lechuga. Como sabes, además de periodista soy realizador. Y además de periodista y realizador soy un ser humano, que defeca, llora y tiene hijos. Este acto de censura no fue solo a un colega con el cual he conversado poco menos que 20 minutos en toda mi vida. El bloqueo que le han hecho a su filme también me lo han hecho a mí, como si yo fuera él, como si su piel, sus vísceras, su corazón indignado, su dedicación al guion, su libertad de opinión fuera la mía.
Me calienta mucho el hecho de que una buena parte de Cuba llore ajena a que estas cosas pasen. Y que a esa parte de Cuba le sea imposible sentir por Lechuga y por mí. Una buena parte de los realizadores cubanos ahora mismo, en estos funerales colosales, están padeciendo este mismo dolor encontrado que siento yo. Lo padecen cada vez que escuchan una generalización de santo para Fidel. Minuto a minuto. En todos los canales de televisión. Todo parece un gran circo kafkiano. Que solo unos pocos comprendemos. Sinceramente los envidio, envidio que puedan llorarlo porque se fue. Yo lo lloro ahora mismo, con el dolor de mi alma, porque sigue vivo, porque no se ha ido, por esos obstáculos que todavía su legado coloca ante proyectos de compañeros míos, que son también mis proyectos.
En Cuba ahora mismo hay una gran insensibilidad hacia los proyectos y emprendimientos personales. No por mala fe -soy incapaz de pensar que alguien es malo malo- sino por ignorancia. Durante mucho tiempo todas las grandes iniciativas eran de Fidel, no precisamente porque fuera el más inteligente, sino porque acumulaba todo el poder para poder realizarlas. La Revolución Energética por ejemplo, con los grupos electrógenos aislados de la red eléctrica central, fue algo que se le ocurrió a él, pero ya esa solución existía desde hacía décadas en el mundo. Seguramente otro cubano con su poder, o con una pequeña porción de su poder y el derecho a ejercerlo, hubiese implementado esa idea mucha antes que él.
Y así una larga lista de aportaciones, y otra larga lista de fracasos colosales. Como visionariamente concentraba todo el poder, por supuesto eran enormes sus fracasos. La Zafra de los 10 millones, la Crisis de los misiles, donde más de 40 ojivas se plantaron en una islita como la nuestra… Da un poco de risa ver a un cubano con 40 misiles atómicos en el patio de su casa y luego declararse a favor del desarme. ¡Qué entusiasmo, cojolla!, y qué irresponsabilidad. Millones de cubanos vestidos de milicianos, atrincherados en hermosas y patrióticas trincheritas, sin saber que iban a morir, borrados, hechos cenizas en la primera explosión a nombre de una exhibición geopolítica soviética. Cuba no ganó nada con esa crisis. Pero Fidel, solo ante su pueblo, pudo convertir otro revés en victoria, lo cual, si nos fijamos bien, es un ejercicio magistral de retórica.
No me siento cómodo hablando de esto, ni de cuestionar cierta parte del legado de Fidel en este momento, pero hay muchas verdades dolorosas que he tenido que asumir en mi vida, justo en los peores momentos, en los momentos menos indicados. No me interesa echar por tierra su enorme obra, porque soy beneficiario de ella. Me interesa que sepas que en Cuba existe ese imaginario apenas desarrollado de lo que puede ser el gran aporte de un individuo a su sociedad. Se conoce del mínimo aporte, el de ese trabajador humilde que busca ingeniosamente la solución para una pieza de repuesto que el bloqueo americano no nos deja comprar en el exterior. Y que por eso recibe una paga que apenas le da para comprarse un par de zapatos, lo cual lo hace, a mi modo de ver, más hermoso. Para muchísimas personas el reconocimiento basta. Un poeta nunca reclamaría pago por convertirse en poeta. No se trata de percibir un pago, sino de canalizar una pulsión. Pongamos que no es una carrera, sino una enfermedad del espíritu, un padecimiento del alma similar al que lanzó a Fidel hacia la política.
Pero poco se conoce del aporte individual de personas como Lechuga y Claudia Calviño, su productora, que no desean específicamente tener un Instituto de Cine que monopolice la producción nacional, sino hacer una película. ¡Una película! Una película, donde afortunadamente puedan dar su pequeña opinión sobre algo. Porque sienten la necesidad de aportar algo. Gracias a ese legado que no comparto de Fidel, estas iniciativas no pueden ser posibles.
¿Se le quedaron en el tintero, no le alcanzó la vida? Mi opinión es que no, no se le quedaron en el tintero. Él las asumió. Asumió combatirlas, reprimirlas. En la película de Lechuga hay un ejercicio de la opinión que él bloqueó en sus opositores al principio de la Revolución, y que nunca restableció ni a ellos ni a la sociedad. Y los opositores son parte de esa sociedad, son personas honestas o deshonestas como cualquier honesto y deshonesto partidario de la censura y el control férreo sobre la libertad de opinión.
A muchos los encarceló solo por eso. Dispuso de la libertad de otro hombre no solo de opinar, sino de poder besar a sus hijos, verlos crecer y aprender. Separó a esos hijos de sus padres, y a esas esposas de sus maridos. Y a esos maridos de sus escritorios, sus libros y el aire puro de la libertad. Por opinar los envió a padecer el aislamiento y el hambre. A no poder hacerle el amor a sus parejas. Eso me parece terrible, porque no solo ha hecho padecer a unos pocos cientos de hombres cuyos gritos el pueblo -aislado- no oirá, sino que hizo padecer también a los ideales de izquierda. Como si a las ideas de izquierda, emancipadoras, les fuera inherente lo contrario, el germen de la falta de expresión y de libertad.
Ahora mismo muchos matices de su manera de proceder siguen en el sistema como actos reflejos: los cineastas cubanos están de acuerdo con que esa película se exhiba y por supuesto compita en el Festival de La Habana, pero el imaginario que construyó mi amado Fidel, mi Fidel paradójico, no permite que sus dirigentes acepten que esta historia salga a la luz. Ellos son los elegidos para pensar por el pueblo. Ellos saben lo que el pueblo desea ver, porque el pueblo no sabe en verdad lo que quiere ver. Es decir, el pueblo es incapaz de saber lo que es bueno para sí mismo. Solo la Vanguardia Dirigente tiene luz para eso. Son visionarios, personas especialmente dotadas que la visionaria capacidad de Fidel eligió.
El caso de Lechuga y Claudia Calviño no es el único. Está el caso de otra gran emprendedora como Elaine Díaz, que hizo su propio medio de prensa Periodismo de Barrio (aún en pie contra viento y marea), con lo básico que requiere un proyecto para hace sostenible el formato y el pago a sus colaboradores (este último un elemento que la gestión de Fidel satanizó). Una muchacha con un coraje del cual nunca se hablará en Medio Día en TV, o en la revista Mujeres, o en Cuando una mujer. Ni en Granma ni Juventud Rebelde.
El gran aporte del individuo, que levanta una idea desde cero y es capaz de hacer interactuar masivamente su pequeña idea con millones de otros individuos, fue borrado de nuestro mapa de opciones por ese imaginario que creó Fidel. Tuvo todo el poder para ahogarlo o estimularlo. Y se encargó personalmente de lo primero en la mayoría de los casos, principalmente si podían estar bajo control. Redujo a la Revolución cubana a una fórmula sanitaria, alimenticia y educativa.
Honestamente me siento muy orgulloso de los cubanos que hacen cosas como estas quedándose en su país y enfrentando todo lo que se les viene encima. Mi solidaridad con Elaine, Claudia y Lechuga, y con otros cineastas y emprendedores bloqueados por los cuales mi corazón tiene la suerte de sentir. No la deben estar pasando bien ahora. No solo por no ver una mirada objetiva del ser humano que fue Fidel en tantos reportajes televisivos, sino por no verse representados en ninguna opinión, porque tal andanada ideológica les hace temer por su futuro en la isla, por sentirse cero, despreciados.
Muchos de ellos, como yo, no quieren ser lanzados al frío exilio con sus familias, a un país desconocido entre gente, lenguas y hábitos extraños, a ejecutar trabajos que no tienen que ver con lo que eligieron estudiar gracias –por lo menos en mi caso- a la propia obra de Fidel. Muchos de ellos, como yo ahora mismo, temen por esa posibilidad, porque el emprendimiento en sus espíritus es como una enfermedad, vinieron al mundo a sufrir esa enfermedad.
La idea de que la emigración cubana es meramente económica, o en su mayoría económica, es una reducción retórica. Un acto de presdigitación política. Nada es simplemente económico. Si Marx lo dijo estaba equivocado. Hay un empeño espiritual en todo emprendimiento que por nada del mundo es solo económico, sino una necesidad de expresión. Se expresa un cineasta como se expresa un ingeniero informático, como se expresa un emprendedor de las aplicaciones para móviles. Todas son formas de expresión y de canalización de pulsiones humanas creativas. Pero la creación, ay, principalmente la creación a gran escala, es un estado del espíritu que solo una minoría de los cubanos conoce.
Como dije en un artículo, y como le he dicho a muchos amigos, yo me siento orgulloso de ser testigo de esta revolución que ahora mismo está aconteciendo en Cuba. He visto cómo por primera vez se autorizó a los ciudadanos a tener computadoras personales sin que mediara la autorización de un ministro; a que se les vendieran equipos de reproducción de audiovisuales sin tener que obtenerlos por contrabando; o al uso de la propia internet, aunque a precios enormes, donde circula la opinión libre. (La) Mi opinión libre, y pequeña, como esta que ofrezco en mi blog.
Todas estas son conquistas enormes de la libertad de expresión, aunque no las notemos, por aparentemente normales o por risibles. Sumaría la posibilidad ahora mismo de estar yo en libertad luego de publicar en medios que no son controlados (o no totalmente controlados) por el Estado. No sé si Fidel en el poder lo hubiese permitido. No lo permitió nunca. Nunca se vendió una videocasetera en las tiendas de recaudación de divisas. No se vendió nada que discutiera la hegemonía de la televisión, los otros medios de información y el cine nacionales. Él acaso nos hubiese hecho felices de otra manera, aislándonos más. Una idea razonable, pero inaceptable después de haber mordido la manzana. Fidel nunca confió en los jóvenes, ni en los universitarios, quizá porque vio el reflejo de lo que él fue cuando universitario. Fue el padre que nunca nos escuchó, pero que aun así amamos.
Estoy orgulloso de vivir en un país donde mi hija podrá ir a la universidad y atenderse gratuitamente en sus hospitales, dos conquistas también enormes que van en retroceso (por falta de estímulos materiales y acaso morales, soluciones creativas que Fidel no pudo crear y hacer sostenibles para que le sobrevivieran). Pero sobre todo estoy orgulloso de ser testigo del fin de ese lado indefendible del legado de Fidel. Y de poder construir un país más tolerante -no solo por la tolerancia en sí, una entelequia que nada aporta- hacia el emprendimiento, esa expresión personal ingeniosa que multiplicará por cien la calidad de vida de los cubanos, con ideas ambiciosas que los impulsen a mejores condiciones de trabajo, de paga, de vida, haciéndolos menos dependientes de la humillante ayuda de familiares y amigos en el exterior.
Para un individuo como yo, que no puede concebir siquiera esa magnitud de santo que se le otorga a Fidel (juro que querría tenerla y vivir en inocencia), el Comandante es un emprendedor que me inspira tanto como Elaine y Claudia Calviño. Veo lo que pudo hacer con su lado creativo y sobre todo con su voluntad olímpica, como veo lo que pudo hacer con sus limitaciones humanas e intelectuales. Las mismas que dos mujeres como Claudia y Elaine, si concentrasen todo el poder, las conducirían a errores similares. Me pregunto si habrá espacio para ellas y para mí en esta nueva sociedad que desarrollaremos. Creo que sí. Creo que lo lograremos gracias a esa voluntad olímpica que el Comandante tuvo y que nosotros deberemos hacer nuestra.
Bueno, B, me ha hecho mucho bien escribirte esto. Ahora me siento optimista, aun cuando mi proyecto inicial, en esta carta, fue demostrarte por qué sentía ayer tanto miedo y angustia.

Coro vacío

En Santiago de Cuba, la mayor parte de la transportación urbana se da en camiones y camionetas privadas. Los muelles no amortiguan. Se suda copiosamente. Cuando el vehículo frena la gente se lanza hacia adelante, y cuando acelera se lanza hacia atrás. La vista hacia el exterior trascurre a través de un estrecho rectángulo entre el techo y la pared de la caseta, y por las bocinas casi nunca se escucha otra cosa que reguetones estridentes y taladradores. El viajante no convive, se repliega. Se limita a tratar de sujetarse bien hasta que llegue su parada. Rara vez sucede algo digno de contar salvo que el chofer fue un hijo de puta, y tal.

Pero hace unos días, presencié algo conmovedor. Subí a un camión en la Plaza de la Revolución rumbo a Ferreiro, y aparecieron dos muchachas de la nada, sudorosas, descompuestas. Una de las dos, la jabaíta, exclamó: “¡ñoj! caballero, ¡la Mendive…! la Mendive va a ser el último lugar, ¡qué vergüenza!” La muchacha se plantó a mis espaldas y comenzó a rogar a toda garganta: “profe Socorro, por favor, disculpenos, disculpenos profe Socorro.”

La jabaíta me parecía grande, un pequeño milagro, una conquista humana. La Mendive es el preuniversitario rival del Cuqui Bosch. No se sabe cuál de los dos Centros tiene el cuerpo más guapo o inteligente de muchachas y muchachos, y la emulación ha sido eterna, permanente y absurda.

Socorro – justo a mi lado- no se inmutaba, a su edad, unos 45 años, ya no se estalla, ya no se cree en arengas de arrepentimiento. Parecía promotor cultural o profesor de cultura física. Pero por la pinta, por la clase de actividad que les impartía allí, una tabla gimnástica, yo diría que profesor de cultura física: zapatos Adidas, pulóver y pantalones deportivos Puma de tejido sintético, cadena de oro y mochila. Un luchador. Profesor aún, pero sobre todas las cosas un luchador.

Si algo aprenden los profesores de educación física que salen del Fajardo es que con el salario que recibirán no les alcanzará ni para mantener la pinta deportiva. Que es, de hecho, una buena pinta: el deporte es tecnología en tejidos, pero también voluntad; el deporte es lucha, virilidad; es levantarse cada mañana a trabajar por conseguir la mejor marca. Eso, disciplina, aprenden los graduados del Fajardo, tanto hombres como mujeres, y está bien que así sea, pero esto no es lo que aprenden los pichones de Mendive.

Ay, todo está perdido, se reirán de nosotros. Y probablemente Socorro estaba pensando en ello, en la falta de entraña, cuando les plantó el “terminé con ustedes”.

La jabaíta, en general, parecía la única verdaderamente afectada. La mulatica que la acompañaba demostraba más esfuerzo por creerse el drama que firmeza. Cuando aquella dijo que sentía “vergüenza” –una palabra digamos de “alta cultura”- se ganó toda mi simpatía, aun sabiendo yo, porque tuve esa edad, que probablemente ninguno de esos muchachos se merecía ni el esfuerzo del profe Socorro ni el radio moral que despliega la palabra vergüenza.

Miré hacia la explanada de la Plaza y venían corriendo casi medio millar de muchachos hacia el camión. Lo rodearon y no lo dejaron avanzar hasta que no bajara el profe: ¡So-co-rro, So-co-rro! Gritaban. Y Socorro parecía de piedra. La jabaíta desfalleció y dijo algo demasiado literario como: “Ay, todo está perdido, se reirán de nosotros”. Subieron cuatro muchachos, y las hembras bajaron. Los muchachos lo trataban de persuadir con el lenguaje de cómplices de la calle: “asere qué bolá, te vas a poner en esa; asere Socorro, que bolá”. Pero Socorro se mantuvo firme, incluso mandó arrancar el camión, y que les pasara por encima si era necesario: “yo terminé con ellos”.

La multitud coreaba, y yo, -ah que personajillo melodramático-, me emocioné. Era fácil ver que la mayoría se divertía de lo lindo, y que a muy pocos les importaba un bledo realmente el profe Socorro y la ridícula tabla gimnástica. Solo a tres o cuatro que podían concebir el mundo en términos de vergüenza les removía algo aquello. A mí me emocionaba que precisamente esos dos o tres no fueran más que dos o tres. La jabaíta me parecía grande, un pequeño milagro, una conquista humana. Pero, digamos, había  una figura superior, que me cosquilleaba por debajo, alegóricamente. La Cuba actual, digamos, se parece demasiado a esa escena. Somos esa multitud que corea a veces sin entraña, sin hígado, sin verdadera franqueza, por algo que pudo ser, que todavía es en esencia, y que nos supera con creces en términos morales.

El profesor Socorro se bajó dos paradas después y atravesó el parque de Ferreiro. Los pasajeros lo vimos alejarse como aleccionados. Yo, en particular, me sentí miserable, o sea, me sentí parte del alumnado bellaco.

Tomado de http:// https://eltoque.com/blog/coro-vacio

La invasión

Le pasa a todo el mundo: despertar de la inmortalidad, es decir, darse uno cuenta que es mortal, que puede morirse en cualquier momento y que no hay opción contra eso.

Yo desperté un día luminoso del Periodo Especial en que mis padres me enviaron por primera vez solo al médico. No recuerdo qué tendría, si fiebre o una cortada, pero me tuve que ir andando sin comprenderlo muy bien. No pasaba nada por la Carretera Central y permanecí allí un par de horas bien íntimas, escuchando moscas. Una carretera sin autos tiene ese enorme poder sugestionador: mi cerebro estaba fascinado con la idea de la muerte. De hecho, es lo único que recuerdo además de que parecía domingo, un domingo estático y sangrando sin sangre en una carretera sin autos, no sé si me entienden.

Antes jugaba a aterrorizar a mi hermano con la idea de la oscuridad total. De estar atrapado en esa nada negra para siempre. Y mi hermano lloraba. Puedo entender que sentía asfixia. Yo no, seguramente porque en el fondo nunca creí que la muerte fuera algo demasiado terrible.

Sentía angustia, pero creo que no tanto hacia la muerte como hacia el hecho de que no había poder alguno en contra de la muerte. La muerte en sí es un asunto menor. Al hombre le asustaría igualmente no poder morir, no poder descansar, podrirse en vida. Al hombre -como aquel cuento de Piñera sobre el tipo que quiere dormir y al levantarse la tapa de los sesos tampoco lo consigue-, le haría feliz poder salirse, porque sería una opción a su favor. Al hombre -y a mi hermano- le desespera la falta de opciones.

En mi casa, por ejemplo, teníamos un almendrón pero no gasolina. Si mis padres eran tan impotentes ante un hecho como la falta de combustible, que a la larga es un problema menor en la vida moderna, cómo no serlo ante el fenómeno de la muerte. Mis padres tenían justo el poder limitado de sus brazos, y lo que podrían hacer con esos brazos. Nada más. Ambos, raídos, flacos, preparaban el fogón de leña para hervir ropa, y el humo les irritaba los ojos hasta sacarles lágrimas. Apenas la crisis les dejaba espacio para asuntos tan inmediatos como qué hacer para comer esa tarde. Estábamos jodidos. Habíamos perdido la iniciativa. Me mandaron solo al médico. 

Luego el país remontó. Vendimos el almendrón. Algunos hermanos se fueron y comenzaron a enviar remesas. Olvidé el asunto, y volví a ser inmortal. Ser inmortal es tener opciones suficientes como para olvidar que se es mortal.

Supongo por experiencia propia, que no es hasta después de los 30 en que uno va sintiendo, literalmente, en carne propia, ser mortal. El cuerpo se hace latente: llega este cansancio después de comer, alguna enfermedad que aparece de pronto, no poder amarrarte los zapatos porque la barriga creció, sentir tu propio aliento inyectado de un vaho pantanoso y hernias estomacales. Derivas sistemáticamente en la cuenta de que te deterioras y que no puedes hacer nada contra eso. Tu mente sigue joven pero tu cuerpo no, no hay opción contra eso.  

Hace un par de semanas iba subiendo por la calle Enramadas y de pronto salió una conga. Cientos de mujeres y hombres iban tras esa conga. Comencé a filmarla como otros tantos imbéciles que lo filman todo con sus móviles para después borrarlo. Cada tambor cumplía una función específica y bien estudiada. Algunos tocadores parecían en trance, otros apenas trataban de seguir a esos que estaban en trance. El sol caía con toda su fuerza. La gente se tiraba una encima de la otra. Entré en esa multitud. Y comencé a emocionarme. Nunca había estado en el corazón de una conga y lloré sin saber dónde meter la cara. Este post nació con la intención de explicar por qué lloré. 

A menudo, después de los 30s, el hombre descubre que tiene muy poco tiempo para recuperar el control de la situación. Algunos les pegan a sus mujeres, otros escriben panfletos en contra del Poder, otros se tiran bajo el sol a arrollar con una conga. Una conga es un ser vivo provocado por personas que no pueden hacer nada contra lo que les usurpó la libertad de escoger. Una conga vive de esa asfixia. Una conga es una de sus últimas opciones. Me emociona esa deriva. O sea, la capacidad humana de crear opciones, cada una más ingeniosa o inútil que la otra. A otras especies les basta con comer, defecar y copular, a nosotros no. La conga es una opción grandiosa del santiaguero. Una vez al año todas las congas de Santiago y miles de arrolladores recorren la ciudad y se enlazan en lo que llaman: “La invasión”.

Tomado de http://eltoque.com/blog/la-invasion

Boxeadores

Dicen que Google te sicoanaliza. Lee entre líneas lo que escribes, lo que buscas, e identifica una pequeña fracción probabilística de tu deriva. De repente un algoritmo de esos envió a mi navegador un enjambre de videos, todos de un mismo tema: proezas de boxeadores cubanos quedados fuera.

A algunos los recordaba más o menos, a otros los tenía olvidados. Todos, en general, me parecieron cadáveres acicalados después de la golpiza definitiva; mártires de un foro de luces, del cual llegaban voces que sus ojillos empequeñecidos -y carentes de afecto- por la zurra, apenas podían localizar.

Digamos que sin esos golpes de puño no hay mareas, sin esas mareas se apagaría el bombillo permanente del progreso. Todos los ministros de Economía luchan por mantener la pegada, y porque su moneda se mantenga en erección constante, pero detrás de cada ministro hay un boxeador nacido en provincias que pega, esquiva y envejece.

Siempre he querido tener la nariz de un boxeador. No hay nada más merecido. Así que allí estoy yo, frente a Google, viendo los videos sin darles play.

No puedo evitar sentir que esa gente es parte de mí, hay algo obsceno en observarlos, incluso, ganar.

En Cuba también los maduraban a golpes, pero hay golpes y golpes. Cada boxeador cubano se iba a batir con algo más que un contrario de carne, hueso y tripas; cada puñetazo, cada finta o golpe efectivo de la escuela cubana de boxeo, reafirmaba que no estábamos equivocados como nación, que íbamos bien Camilo.

Y esa ha sido, de lejos, la mejor cosecha de la politización extrema. Que el boxeador sepa que pelea por la Patria, lo mismo que el cardiólogo cura por la Patria. Que ambos se fumen un cigarro juntos hablando de la Patria. Nunca un púgil cubano, después de 1959, fue sin esto al ring.

Pero que millones de mandíbulas muerdan simultáneamente el protector bucal no quita que haya un momento de soledad absoluta para el boxeador. Es cuando un golpe lo saca de este mundo y lo coloca en el otro. En ese momento no hay ideología, ni 12 millones de cubanos.

Lo descubrí en una pelea de Odlanier Solís, Olimpiada de no sé cuándo, un inglés en el primer round encuentra una brecha para uppercut que entra como un rayo de sol en el mentón de nuestro héroe. Odlanier ataca, pero en cada vuelta de esquina, por la misma brecha milagrosa, le espera, idéntico, el uppercut. 

El inglés lo ha pillado, no hay quien resista por mucho tiempo uno de esos ataques limpios al mentón. Un par de minutos después sabe que está listo para despacharlo. Lanza un golpe de remate, la barbilla del cubano se eleva al cosmos, y flota en esa otra playa, silenciosa, durante un par de segundos. Entonces suceden dos milagros, el primero es que su cuerpo no cae, el segundo es que tocan la campana. En la esquina roja, Sarvelio o quien sea, le dice un racimo de cosas que redundan en una: cuídate del uppercut, que te llega siempre por tal coordenada.

Odlanier localiza la coordenada y aplica la escuela cubana. Esquiva. Esquiva ese uppercut. Cada movimiento del inglés es bloqueado o empobrecido antes de nacer. Puro ajedrez, que deja sin repertorio al inglés, y lo desespera. En el segundo round Odlanier lo supera a puntos, en el tercero casi lo noquea.

Ha dado una disertación de creatividad e ingeniería, ha tomado al toro por los cuernos.

Pero en aquel par de segundos Odlanier comprende que aun cuando una olimpiada supone 12 millones de mandíbulas hinchadas de trascendencia mordiendo el protector con él, se siente incurablemente solo. Y esa bola le crece por dentro. Más adelante abandonará el amateurismo cubano, y saltará al profesionalismo. 

Mi criterio es que se lo tomó demasiado al pie. Siempre he creído que deportista y poeta son una misma cosa, ambos son célibes; ambos, sobre toda tentación mundana, persiguen marcas imposibles. La nariz de un boxeador es la nariz interna de un poeta, por ejemplo, como Baudelaire, (donde lo hermoso existía – por rebeldía- en su contrario).

El hombre persigue lo hermoso aun cuando eso suponga su propia ruina. Suponer que no se está solo, suponer que ninguna meta es prosaica, es una hermosa manera de engañarse, de posicionarse ante la trivialidad de la vida y la muerte. La política suele ser un buen esteroide para este hábito entrañable.

Tomado de https://eltoque.com/blog/boxeadores