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Una garza de azufre

En una secuencia de Cementerio de Esplendor, de Apichatpong Weerasethakul, dos diosas acompañan a la protagonista mientras almuerza en una especie de merendero al aire libre. La conversación comienza -apelo a mi memoria- cuando una de las interlocutoras llega y le ofrece prendas de vestir a la señora. Blusas de diferentes colores, prendas femeninas de ventorrillo chino, nada especial.
La protagonista celebra la mercancía por ser cortés, pero no está interesada en comprar. Es un mediodía luminoso, la brisa zarandea la yerba y hace sacudir las vainas secas de los árboles. El tiempo del plano, el ciclo en que cada personaje escucha y se detiene a armar la frase en su cabeza antes de decirla coincide con el tema banal de conversación. Lo ordinario se hace delicioso, arte refinado.   
Cuando la vendedora informa que ella y su amiga son diosas la protagonista se sobrecoge unos segundos, pero la conversación sigue. La vendedora le recuerda que son precisamente las dos diosas sensuales de yeso que ella -la protagonista- acaba de reverenciar hace unos minutos en un altar.
Con esta facilidad Weerasethakul se salta habitualmente las leyes de la realidad real y uno se maravilla -y hace culto- de tal desparpajo.
Hace poco un amigo me hacía notar cómo los dioses, las princesas y los militares, eran tópicos exportables de la cultura tailandesa. Actualmente este país conserva una monarquía parlamentaria (salió del absolutismo apenas en la década del 30 del XX), y en los últimos años ha tenido una convulsa historia de golpes militares, sangrientas purgas anticomunistas y bajas civiles. Todo eso, que es y no es precisamente Tailandia, -como mismo Cuba no es un país de balseros y anticomunistas-,  permanece como una constante tangencial en cada filme de Weerasethakul. De pronto –asumo mi paranoia- el tailandés se me configura como un explotador de una sensibilidad bastante común.
Hace unos años encontré a un cineasta chileno que echaba pestes de Pablo Larraín. Según mi colega con “Post Mortem” y “Tony Manero”, -ambos excelentes filmes sobre cómo la dictadura militar no fue una entelequia sino el fruto de miserias humanas universales, enraizadas en el pueblo que traicionó el proyecto de Unidad Popular-, su compatriota nos había pasado gato por liebre. O sea, nos había ofrecido un par de historias que eran agua pasada en Chile. Una especie de oportunismo o kitsch local.
Algo similar siento con algunas películas nuestras. El caso más interesante –aunque acaso no el más tremendo- es La vida es silbar de Fernando Pérez. Se me hace difícil tolerar que la madre de uno de los protagonistas se llame Cuba, y otro Elpidio. Y que luego, al final estos corran nada más y nada menos que a la Plaza de la Revolución José Martí… Todos respetamos mucho a Fernando Pérez –acaso otro lugar común- pero el uso de tantos tópicos de fácil lectura en tan corto espacio, como apretujados en una habitación pequeña, me sonrojan.
Concediéndole el beneficio de la duda a mi amigo chileno, podría admitir que aquellos dos filmes que él anatemizaba venían siendo lo que esperábamos oír de su país. No tenemos tanto a Chile entre nosotros, como sí películas bien sonadas sobre la dictadura argentina de la cual estamos igual de hartos. Aunque sigan siendo necesarias, el criterio estético más para mal que para bien, no acompaña siempre al político. Y por cuenta de estos excelentes filmes de Larraín ahora se nos comienza agotar el capítulo dictadura-en-Chile.
¿Qué me interesa de todo esto? Yo creo en la relatividad. No estoy dispuesto a admitir que el bando que represento tiene la absoluta razón, ni tampoco su contrario. Estoy dispuesto a admitir que ambos se mueven en imaginarios diferentes. Y lo que podría darle la razón a cada bando es el número de acólitos que lo acompaña y su modelo (o acumulación) de prosperidad. La gran pregunta que destila este problema, por supuesto, trasciende al cine mundial, y atraviesa todos los campos en que se desenvuelve nuestro sistema de certezas.
Por momentos somos una multitud que asume patrones universales y generalizantes, por otro lado, actuamos a golpe de patrones locales muy específicos. En tal marco buena parte de nuestro periodismo, incluso nuestro mejor periodismo alternativo es harto predecible. Si lo despojáramos de cierta artesanía prosódica y estilística, se notaría una misma estrategia y una misma tesis. Escribimos de forma autista lo que cierto imaginario espera de nosotros. Bueno, creo que esto debería quitarnos el sueño si nos empleamos en quitarle el sueño a otra gente. Porque lo que sí nadie nos puede quitar, en definitiva, es que estamos solos, y seguiremos solos y nos moriremos solos. Y nadie nos concederá clemencia.

Escrito para https://eltoque.com/blog/una-garza-de-azufre

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