Archivo de la etiqueta: Teófilo

La caída ajena

A propósito de las Olimpiadas… hace unos meses intenté escribir un post sobre el boxeo. Comenzaba indicando que Google me había sicoanalizado y me había enviado solo videos de boxeadores. Por problemas de espacio publiqué sólo el prólogo y no abordé el detonante, el plato fuerte. De pronto, entre el resto de los videos apareció uno titulado “Algo que no quieren que tú veas”. En ese video el protagonista es Teófilo Stevenson con treinta años, en la plenitud de su carrera.

El amigo que me acompañaba y yo nos pusimos a ver qué demonios le sucedía a Stevenson. Estaba sobre el ring a sala abarrotada, se enfrentaba a un contrario de piernas largas y corte afro. La reproducción era pésima, una transferencia de videotape a digital, un samizdat manoseado, un resto guerrafriísta revalorizado por nuestra propaganda oficial, triunfalista e intolerante al fracaso. Si este era un video que nadie quería que viéramos, era porque al gran ícono y aglutinante universal de la gran multitud cubana que fue Stevenson le tocaba caer, derrumbarse, sobre el encerado.

Nos comíamos la uñas de eufóricos, deseosos de ver al gran árbol caer. Fueron unos largos y absurdos quince minutos esperando que el árbol cayera. Dios, queríamos verlo caer, era en lo único que pensábamos en ese momento. Verlo caer. Cae Teófilo. Cae de una maldita vez. Pero ya casi se acababa el video y Teófilo no caía. Teófilo mayoreaba. Se extendía demasiado el desarrollo, pero sabíamos que quien sea que fuese el aficionado que había colocado el video solo intentaba acrecentar nuestra euforia al verlo caer. Sudábamos literalmente. Estábamos allí, solos, deseando con todos nuestro sistema nervioso que Teófilo cayera. Iba a caer, lo necesitábamos.

En los últimos once segundos uno de los contrincantes alarga una derecha limpia que cruza la noche, las lloviznas de sudor, los flujos vaginales, los besos de amor, las diarreas, las derrotas y las victorias, las cartografías estelares, y da en la quijada del contrario haciéndolo caer, como un gran árbol, en el encerado. Stevenson se agacha y recoge al caído como la Virgen María recoge a Jesús, y se lo entrega a los paramédicos. Mi amigo y yo nos quedamos fríos.

“Algo que no quieren que tú veas” ¿Qué era lo que no querían que viéramos? ¿Quién había colgado este video en YouTube? Propongo dos variantes. Podemos creer que lo colgó un funcionario del INDER ultraizquierdista o un informático instrumentado por su comité de base o un emigrado cuyo corazón se quedó para siempre en Cuba y en el socialismo, y la lejanía y la impotencia ante la lejanía, lo ponen en situación de querer hacer algo. Algo. Lo que sea. Su modesto granito de arena. Lo que le toca a cada quien con lo poco que dispone.

O podemos creer que lo colocó un nihilista. Un provocador, un incendiario, un discípulo tardío de Nietzsche que  quiere decirnos algo muy especial sobre nosotros mismos. Sobre nuestra deriva. Sobre el producto seriado que hemos venido siendo a lo largo de una larga y pobre guerra fría instrumentada por un grupo de ideólogos con exitosas carreras profesionales que ya murieron o que están a punto y en cuyas lápidas podría aparecer con razón algo así como aquella frase de Neruda: “Confieso que he vivido”. Que es lo mismo a decir “confeso que les he cogido el culo”. Qué tal si este nihilista sólo nos ha aplicado un test de conductismo en cuyo lecho observa una vieja figura, un viejo patrón de autocomplacencia: que en el fracaso ajeno el ser humano confirma el fracaso propio.

Mi amigo y yo nos separamos de la mesa, decepcionados, hicimos un par de breves comentarios estúpidos, cerramos la oficina, y nos fuimos a comer una pizza sintiéndonos tremendamente pequeños.

Tomado de http://eltoque.com/blog/la-caida-ajena

Caer de espaldas

Pocos episodios son tan significativos como viajar en ómnibus desde Santiago de Cuba hacia La Habana en medio de un Congreso del Partido Comunista de Cuba. Mucho más si vas en lista de espera, o si te toca el peor asiento. Comienzas a leer contrastes, símbolos, en todas partes.

Los delegados al Congreso son imposibles de oír por el ruido del salón de espera de la Sénen Casas, así que sigues con más interés los gestos, su seguridad arquetípica ante el micrófono. Sea el que sea el discurso de éste o aquél, puedes imaginar de qué van. Cada delegado, sin sonido, encarna el drama de un hombre extremadamente solo. Comprendes que se nace ser delegado a congresos. Un delegado nace redondo. Un delegado rueda siempre con la misma gracia, lo mismo por una superficie pulida que accidentada.

El soporífero ambiente de la Terminal contradice el coraje redondo y climatizado de los oradores del Palacio de Convenciones. Los empleados de la Lista de Espera pasillean para que alguien los llame, y no hay tanto coraje en ellos como sí algo profundo y vital en aferrarse a la cosecha ilícita de la semana de receso. Los pasajes de última hora se consiguen como mínimo a cinco cuc, de esos, les tocarán dos con mucha suerte.

Unos sujetos merodeadores anuncian, a toda voz, una guagua estatal a La Habana con aire acondicionado por 12 CUC. En el TV la periodista que hace los pases al noticiero, entrevista a otro delegado muy seguro y confiado en el nuevo plan de perfeccionamiento de la sociedad. El corolario de la escena es un policía: a sabiendas que no le cobrarán, se lanza a la carrera con su pesado maletín rumbo a la guagua ilícita. Verlo sumergirse en la ilegalidad, así, frente a un congreso del PCC, equivale a uno de esos sueños en que por más que corres huyéndole al gato, no avanzas.

No sabría decir por qué no monto, si por caro, o porque siempre he creído que estas guaguas desaparecen en un punto de la ruta sin llegar jamás a su destino.

Doce horas después logro subir a un ómnibus. Cientos de veces he sobrellevado la tortuosa penúltima fila, pero esta vez mis piernas simplemente deciden no estar a la altura política de siempre, o sea, no entran. Las saco al pasillo, e intento dormir de lado. Me esfuerzo durante un par de horas; el señor de delante reclina su asiento y me coloca el espaldar a cinco centímetros del pecho, ok, me salgo y viajo de pié. Entonces me asalta una duda: ¿por qué?

Cuando regalas algo en exceso corres el riesgo de no ser apreciado. No podía regalarles estar 15 horas de viaje en estas condiciones, ¿quién lo apreciaría?

Me siento en el escalón inmediato al chofer, le digo a la tripulación que no entro en el asiento. El que descansa, un grandullón mezcla de Sydney Poitier y Mohamed Alí, me dice que qué cojones tenía él que ver con eso. Cuando se trata de trompadas yo puedo hacer dos o tres maniobras secretas para no quedar mal. Esta vez opto por la resistencia pacífica, y hacerme el que no oye.

Viajo allí un par de horas más. Sesiona el Congreso. Tomo nota: paran en donde les da la gana; caen por su propio peso en mi plan A. Pero no me intriga tanto preparar la carta a Granma, como saber en qué momento desistiré de hacerla.

En un pueblecito el grandullón baja y le da 50 pesos a una señora de 70 años. La besa en la frente. La anciana es una especie de arbolito seco y eterno. Es su madre, me dice el otro chofer. Más adelante, me piden que les baje un maletín del porta bolsos del pasajero, luego que les ayude a entrar al maletero unas costillas de vaca. Recesamos 10 minutos en Ciego de Ávila, el grandullón se me queda mirando mientras fuma. Al subir me muestra un asiento. El tipo había movido a una pasajera- una mulata bellísima-, para su puesto de descanso. Suena ridículo, pero de pronto me emociono, me parece un gesto que he merecido.

Para muchos, el socialismo es esa fila de penultimos asientos de la Yutong, demasiado estrechos, donde nunca entran tus rodillas. Ahora bien, por un toma y daca difícil de enlazar, no es exactamente así. Uno generalmente desea caer de espaldas sabiendo que alguien lo recibirá. El socialismo, la convivencia de dos realidades distintas, la oficial y la real, no es tanto una idea descabellada como sí una respuesta al eterno miedo de caer de espaldas.

Tomado de https://eltoque.com/blog/caer-de-espaldas